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Llantos, nostalgia y reclamos en el emotivo adiós

Más de 40.000 personas despidieron a Alfonsín en el Congreso; hubo pedidos por más diálogo
Juan pablo Morales
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2 de abril de 2009  

Los aplausos llegaban a la puerta del Congreso como un eco indeleble. Miles de personas, con claveles y banderas en las manos, esperaban en silencio su turno para entrar en el Salón Azul. La mayoría había esperado durante cuatro horas en una fila serpenteante que se veía interminable. La calma se sacudía cada tanto con un único grito: "Alfonsín, Alfonsín...".

Una paciente multitud despidió ayer durante todo el día los restos de Raúl Alfonsín. Una ceremonia que hermanó desde la madrugada llantos, nostalgias y el homenaje a la figura de un hombre que parecía agigantarse con cada minuto de espera.

"Desde hoy, Alfonsín es un prócer." Un grupo de señoras repetía la frase al amanecer, cada una con una rosa roja en la mano. Hablaban con los ojos vidriosos, pisando los pétalos blancos que un florista había dejado caer al suelo. Cientos de personas esperaban a las 7 el velatorio previsto para las 10.

Ese centenar de personas se transformó en varios miles en sólo unas horas. Un grupo de jóvenes miraba el cielo, rodeado de ofrendas. Gritaba "Viva Alfonsín". Otros pintaban en las calles "Gracias, Raúl". Una larga fila de personas se movía sin pausas desde la explanada del Congreso. En la avenida Callao, la fila se transformaba en una serpentina de hileras que ocupaban más de cuatro cuadras. Primero fueron cinco hileras, después seis, más adelante ocho. Miles de personas aplaudían.

A una mujer se le cayó una lágrima, sentada frente al Congreso. "Estuve con él. Casi lo toco...", sollozaba por teléfono celular. Eran las 15. Como ella, otras 10.000 personas habían pasado por el Salón Azul en apenas cinco horas. Otras 5000 esperaban. Al cierre de esta edición, más de 40.000 personas habían despedido al líder radical. Hubo que extender el horario del velatorio, que continuará hasta hoy a las 10.

Para todos, Alfonsín se transformó en un símbolo. Las banderas lo idolatraban: "Los héroes no mueren". Se repetían las mismas frases, en cada testimonio: "Padre de la democracia", "Presidente honesto", "Primer defensor de los Derechos Humanos", "Político humilde".

Pero el reconocimiento era también nostalgia. Recuerdos felices de momentos de ilusión política. "Voté por primera vez a los 27 años. El representó, en 1983, mi primera esperanza", insistía una mujer envuelta en una bandera argentina con un retrato joven de Alfonsín.

Sin embargo, los símbolos, la nostalgia y el llanto también eran un reclamo. Como si la muerte hubiera convertido al ex presidente en el contrapunto más acabado del resto de la dirigencia política.

"¡Era un hombre de principios intachables! ¡No como muchos políticos de hoy!", se quejaba María Angélica Ulacia, una ama de casa que no paraba de llorar.

Anochecía frente al Congreso. Mariana Bergés, una odontóloga que, a las 20, cumplía su quinta hora de cola, se apuró a acotar: "Espero que la dirigencia abra los ojos y entienda lo que les que estamos diciendo". Una señora se acercó: "Queremos diálogo. Necesitamos hombres de paz como Alfonsín". En ese momento, el ex presidente Néstor Kirchner llegaba al Congreso acompañado de un grupo de ministros del gabinete nacional. Nadie supo que estaba porque ingresó por otra puerta.

A esas alturas ya había pasado por el Salón Azul una nutrida delegación de Chascomús y universitarios de la Franja Morada. Un joven estudiante de inglés compraba un clavel rojo. "Sé que luchó por el regreso a la democracia. Es una forma de participar de un evento histórico", repetía entre compañeros.

En el Congreso la gente seguía llorando la despedida. Una señora se abrazaba a otra. Insistía: "Nunca más voy a encontrar un hombre así". Su interlocutora le respondió al oído: "Yo tampoco". Un grupo de jubilados escribía mensajes para Alfonsín que ponían en un buzón a la salida del Salón Azul. "Para un gran hombre y un gran político. Lo vamos a extrañar", escribió una mujer.

Afuera, más de 7000 personas todavía esperaban para entrar. Pedían pizzas en los locales de la avenida Callao y comían en la cola serpenteante, mientras esperaban su turno. Era la madrugada. Los aplausos continuaban llegando al Congreso como ecos. Seguía la nostalgia y el llanto por el presidente que encabezó la recuperación de la democracia en 1983. También se seguían escuchando los reclamos. Como si la manifestación fuera un reconocimiento y un adiós, pero también un mensaje.

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