Política, crispación y después...

Como lo mostró el impresionante adiós a Alfonsín, moderación, diálogo y consenso son palabras que hoy cotizan en alza en un electorado saturado de crispaciones. Los candidatos que encabezan las encuestas no gritan, evitan el tono de barricada y los discursos exasperados. Por qué el valor de la moderación rinde en los sondeos de opinión. Qué lugar ocupa en ese giro la clave generacional Por Laura Di Marco
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12 de abril de 2009  

No fueron pocos los analistas que, al tratar de explicar la conmoción que provocó la muerte de Alfonsín, destacaron su capacidad para construir consensos, su actitud de tolerancia frente a la diferencia, la búsqueda de diálogo y la promoción de un cambio negociado. Leyeron en la conmovedora despedida que le tributó la calle el reclamo generalizado por una cultura política que invite a la mesura, a la moderación, un valor que hoy cotiza en alza en el mercado de la política argentina: si algo tienen en común los dirigentes que miden bien en las encuestas de imagen, Francisco De Narváez, Alfonso Prat Gay, Gabriela Michetti, Hermes Binner, Carlos Reutemann, Mauricio Macri, Julio Cobos y, en cierta medida, Daniel Scioli, es que no confrontan y tienen una forma consensual de resolver los conflictos.

Anoticiada de las nuevas preferencias, la Presidenta, que en un año de gestión ya había perdido entre 20 y 25 puntos en la aceptación popular, también empezó a moderar las formas y el discurso y, más allá de su éxito en ese terreno, lo cierto es que ha tomado nota del asunto. Un dato: delegó las negociaciones con el campo en Débora Giorgi y Florencio Randazzo, dos caras market friendly del Gobierno, en franco contraste con el intratable secretario de Industria y Comercio, Guillermo Moreno.

Como dice la politóloga Ana María Mustapic, los ciudadanos esperan que los gobiernos solucionen los conflictos, no que los generen y los mantengan abiertos indefinidamente. Pero la verdad es que Cristina y Néstor Kirchner no son los únicos que cansaron a la sociedad con el estilo altisonante de sus declaraciones. La imagen de Elisa Carrió, que tanto cautivaba a la clase media cinco años atrás, también se está desgastando y en su lugar crece, como contrafigura, la estrella política de Michetti: según una encuesta reciente de Julio Aurelio, Michetti tiene un 45 por ciento de aprobación frente a un 31 por ciento de Carrió. Una brecha que podría explicar, en parte, el paso al costado de la chaqueña.

Con semejante panorama y en vísperas de elecciones cruciales para el Gobierno, no son pocos quienes le aconsejan al propio Kirchner que abandone la confrontación todoterreno, algo así como exigirle un cambio de piel.

Sin embargo, nadie podría decir que Alfonsín no confrontó con las corporaciones de su época. Lo hizo y jugó fuerte. Sus políticas estaban lejos de ser híbridas y no fue un presidente pasivo, preocupado por mantener el statu quo.

¿Entonces? ¿De qué hablamos cuando hablamos de moderación? ¿De un estilo de tomar decisiones y ejercer el poder, del contenido de una política, de su comunicación? ¿Qué significado tiene, en el contexto actual, el valor de la moderación en la Argentina?

Cobos, por ejemplo, ¿es un moderado o su éxito radica en que no expresa sus ideas, por lo que cada cual puede proyectar en él el contenido que le plazca?

"La moderación -explica María Matilde Ollier, Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame y profesora de Historia en la UBA- puede expresarse en tres planos: el del discurso, el de la relación con los otros poderes del Estado y con la sociedad, y el de las medidas que toma un gobierno. En principio parecería que hay una demanda por moderación en el primero y en el segundo nivel. No estoy tan segura de que lo haya en el tercero. Si hay que tomar alguna medida "extrema" de política pública y el Gobierno "sabe" transmitir esa medida como una necesidad -digamos que la trasmite "moderadamente"-, puede llegar a tener consenso."

Así como De la Rúa, en el inicio del gobierno de la Alianza, ganó exhibiendo austeridad en claro contraste con el derroche menemista -una austeridad sobre la que construyó, incluso, su marketing personal, como por ejemplo cuando hizo aquel inolvidable aviso de campaña "Dicen que soy aburrido", para marcar diferencias con la fiesta menemista-, Kirchner sumó puntos exhibiendo la reconstrucción de la autoridad presidencial en contraposición a la anemia delarruista.

Austeridad v. obscenidad; autoridad v. debilidad y, ahora, moderación v. crispación, avasallamiento institucional y construcción de poder a cualquier precio.

"En democracia, los gustos políticos varían -dice Rosendo Fraga, consultor y director del Centro de Estudios para una Nueva Mayoría-; se gira de izquierda a derecha. En los EE.UU., entre republicanos y demócratas; en el Reino Unido, entre conservadores y laboristas; es lo normal. En la Argentina, estos cambios suelen ser más extremos -como todo- y, al no existir un sistema de partidos fuertes, el cambio se da más en la personalidad de los presidentes."

El nuevo humor social

Los analistas consultados coinciden en destacar que el éxito político que, en su momento, tuvo la confrontación kirchnerista, no puede comprenderse fuera del contexto socioeconómico en el que estaba sumido el país "post crisis" de 2001 y la consiguiente bonanza consumista. Inexplicable, también, sin el telón de fondo de la inestabilidad política endémica.

Como dice el investigador Osvaldo Iazzetta, desde la Universidad Nacional de Rosario, "cuando las instituciones crujen y no disponen de capacidad para contener la incertidumbre, los liderazgos fuertes resultan decisivos. Sin embargo, eso que se reveló como parte de la solución bajo aquellas circunstancias puede tornarse en un escollo cuando, superada la emergencia, cambian las aspiraciones de esa sociedad. Pero no siempre esos liderazgos disponen de una elasticidad equivalente que les permita mantener sintonía con el nuevo humor social".

Es decir, lo que ha cambiado no son tanto los gustos o las convicciones políticas sino el contexto.

Desde Ecuador, donde vive, el consultor de Mauricio Macri, Jaime Durán Barba, está largamente entrenado para la lectura política de la Argentina. Fue Durán Barba uno de los promotores de nacionalizar la elección de Pro, con la ascendente Michetti a la cabeza de la lista de diputados. Durán está convencido de que los argentinos en general, y los porteños en particular, son sofisticados; no se conforman con comer. Como todos los occidentales avanzados, apunta, quieren vivir en sociedades respetuosas de la opinión ajena, en donde se pueda discrepar.

"Los caudillos sobreviven sólo en los países petroleros y en los más atrasados de la región. En las democracias más sofisticadas de América, los políticos aprenden que deben ser menos brutales que antes para lograr apoyo", recomendó.

Matilde Ollier, también integrante del equipo de politólogos de la Universidad de San Martín y miembro de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP), ubica el fin del estilo furia en el fracaso del combate con el campo y en la declinación de la bonanza económica. A partir de allí, empezaron a ganar terreno las figuras que trasmiten actitud de diálogo.

¿Marketing o convicción?

Cuando todos creían que se iban a terminar peleando, Francisco De Narváez y Felipe Solá consensuaron una lista común. Michetti creció políticamente sin confrontar. A Binner rara vez se le ha escuchado un exabrupto contra sus adversarios. A Reutemann rara vez se le ha escuchado una sola palabra. De Cobos, más allá de su voto no positivo, no tenemos noticias sobre sus ideas políticas. Prat Gay se encarga de transmitir una imagen de prudencia.

Son, todos, candidatos a quienes podríamos llamar moderados, al menos en su desempeño público. Macri tiene su propia Biblia: está convencido de que suma sólo hablando de lo bueno de su gestión, en lugar de gastar energía criticando los errores ajenos.

Pero, ¿se puede hablar de un "aprendizaje" de la dirigencia o los candidatos sólo se muestran así, consensuales, ahora, porque registran que hay una demanda social en esa dirección?

Para el politólogo Federico Montero, investigador del instituto Gino Germani, el auge de los políticos en "clave consenso" es tal que los hay para todos los gustos. Están los progresistas del consenso, como Binner y Juez; los peronistas, como Reutemann, De Narváez, Solá y, en cierta forma, el gobernador Scioli; los radicales como Cobos, y los liberales como Macri y Michetti.

Montero recuerda que la política consiste en construir un discurso que permita delinear, a la vez, una identidad y un adversario. Y, en esa línea argumental, parece claro que ciertos sectores de la oposición, que hasta ahora no habían logrado enhebrar un discurso efectivo, eligieron diferenciarse del kirchnerismo tomando distancia de la "crispación" e identificándose con los valores del "consenso".

Sin embargo, para Rosendo Fraga, ni Cobos, ni Reutemann ni Binner son un producto del marketing. Cree que siempre han sido así: "Ellos no cambiaron, la sociedad cambió", reflexiona. Y pone como ejemplo lo que él denomina el leading case de la moderación: Santa Fe, una provincia que, por primera vez, proyecta a dos figuras nacionales de partidos enfrentados, Binner y Reutemann. Dos figuras que, en su propio territorio, han tenido que compartir el poder y lo hicieron productivamente.

Tampoco el ecuatoriano Durán Barba cree que, en la Argentina, haya una influencia deliberada de un marketing de la moderación, por la sencilla razón de que, según él, las técnicas modernas de la política son incipientes por estas tierras. "La mayoría hace política antigua, o usa estas herramientas de manera elemental. La mayoría no tiene clara la diferencia entre un líder y una caja de cereal, y confunde las campañas políticas con campañas de publicidad -provoca-; los políticos de raíz populista son muy anticuados y no logran entender técnicas propias de la democracia abierta."

En las elecciones del 28 de junio, competirán muchos candidatos criados políticamente en democracia, desligados de la lógica y la historia setentista y sus secuelas difíciles de curar. Una pertenencia generacional que también los alimenta con valores de una cultura menos pasional y más dispuesta al diálogo y el disenso.

Es que la moderación también podría comprenderse como una idea que está en antagonismo con la de omnipotencia. Si la generación de los setenta creía que podía todo violentando el cambio, y la de los ochenta, desilusionada de los "ismos", creía que no podía nada, la nueva generación parece optar por un camino intermedio, por objetivos más modestos: ni todo, ni nada, sino logros concretos y puntuales.

Pequeños cambios, en lugares estratégicos, pueden acarraear grandes resultados.

Esa parece ser una de las verdades centrales en la nueva biblia de la moderación con la que comulga la nueva camada dirigencial. Un estilo que muchos ven como mero recurso de marketing y que otros proponen como un paso auténtico hacia una política menos tóxica.

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