Gran prólogo para el Festival de Ushuaia

La Sinfónica de Moscú se lució junto al pianista croata Goran Filipec en el concierto que brindó en el Coliseo
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25 de abril de 2009  

Sinfónica de Moscú. Director: Jorge Uliarte. Solista: Goran Filipec, piano. Programa: Mussorgsky: Una noche en el Monte Calvo (orquestación de Rimsky-Korsakov); Rachmaninov: Concierto Nº 3 para piano y orquesta, op. 30; Tchaikovsky: Sinfonía Nº 5 en mi menor, op. 64. Teatro Coliseo.

Nuestra opinión: muy bueno

De menor a mayor. Tanto como para que sobre el final, después de una muy buena interpretación de la Quinta sinfonía de Tchaikovsky, pocos recordaran un comienzo poco estimulante, con más desajustes de los necesarios y con ciertos sonidos destemplados que no hacían prever un final feliz y saludable. Pero los cambios fueron progresivos. Entre aquel Mussorgsky poco favorecido y los sonidos de Tchaikovsky, los asuntos habían comenzado a enderezarse con la participación de Goran Filipec, un joven pianista croata brillante, exuberante y muy musical.

Tal vez porque el cuerpo no se había acostumbrado al paso raudo de los husos horarios, los músicos moscovitas, recién arribados a Buenos Aires, comenzaron lentos y desacoplados. En todo caso, por el muy buen nivel demostrado en la Sinfonía Nº5 de Tchaikovsky, es de imaginar que la pobre presentación de Una noche en el Monte Calvo puede haber tenido sus razones en el jet lag . Así de sencillo. No pareció aquella orquesta inicial la que, con un Uliarte muy atento, muy exacto, un tanto hiperactivo y muy preciso, ofreció una lectura plena, muy bien ensamblada, intensamente expresiva y tan densa y potente como poética y refinada. Salvo algunas impurezas del solo de corno del segundo movimiento, la música fluyó bella y atrapante.

Las últimas palabras son para Filipec, un pianista que ya nos había deslumbrado en Ushuaia, hace un año, cuando los elogios llovieron sobre una actuación en la que reveló una técnica portentosa y un tipo de aproximación a la música romántica en concordancia con ciertas lecturas pasionales y vigorosas muy propias de la tradicional escuela pianística de Europa oriental, en especial, la rusa. En esta oportunidad, frente al tremendamente dificultoso Tercer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov, Filipec se sintió a sus anchas. Su exhibición incluyó toques sumamente delicados, fraseos exquisitos y también una técnica fenomenal para resolver con holgura pasajes endiablados. Y siempre con mucha musicalidad. Si bien hubo algunos pocos desajustes entre orquesta y solista, nada opacó una actuación fantástica. Los aplausos arreciaron en el final y las expectativas por recibir algún regalo fuera de programa fueron coartados porque los músicos comenzaron la retirada cuando las ovaciones no habían mermado.

Después de Tchaikovsky, como devolución a tanto aplauso, ahora sí, Uliarte y la orquesta insistieron con el compositor ruso y regalaron el vals de El lago de los cisnes , muy bien tocado y mejor recibido. Si en este concierto las cosas fueron mejorando con el transcurrir de las obras, es de imaginar que lo óptimo todavía está por llegar. Y eso será en Ushuaia, donde la Sinfónica de Moscú será la orquesta residente del Festival que comienza mañana. Claro, sólo quienes vayan lo podrán comprobar. Y los fueguinos, por supuesto. Y esto, definitivamente, es justicia.

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