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La alianza de la grandeza y la inocencia

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16 de mayo de 2009  

Diario

Por Hélène Berr

Anagrama

Trad.: Jaime Zulaika

296 Páginas

$ 68

Ciertamente, los momentos más terribles suelen pasar por nuestra conciencia de manera oblicua, fugitiva y casualmente, como pasan también los momentos de felicidad. En la corta y trágica existencia de Hélène Berr, el horror y la felicidad se mezclaron en la dosis justa como para entender que la comunión con el sufrimiento ajeno es la única manera de combatir el mal.

No obstante, vale la pena aclarar que, en el caso de esa muchacha judío-francesa de veinte años, estudiante de literatura inglesa y lectora apasionada de John Keats y Paul Valéry, el mal no es una abstracción, sino que tiene nombre y apellido: Adolf Hitler, y un lugar preciso: Francia durante el régimen de Vichy y el Mariscal Pétain, es decir, una Francia completamente a merced de la Gestapo y las SS, en donde más de setenta mil judíos serían expoliados y luego deportados a campos de exterminio en distintos países de Europa.

"Quiero quedarme aún, para conocer lo que ha sucedido esta semana, lo quiero para poder predicar y sacudir a los indiferentes", anota Berr, con la estrella de David cosida a su pecho, y luego añade que piensa en el Brand de Ibsen, aquel drama que el genial autor noruego compuso en respuesta a la guerra germano-danesa y la derrota del ejército danés en Dybool, en 1843.

Lo interesante de estas notas, publicadas recientemente con el título Diario , es justamente eso: la irrupción violenta de la barbarie nazi en la vida de una muchacha común y corriente, romántica, melancólica y con una exquisita sensibilidad moldeada por el humanismo, y su rápida maduración moral, ese grado máximo de sujeción a los hechos que Berr pudo alcanzar en un lapso muy breve, dos años apenas, aquellos que van desde la invasión de las tropas alemanas hasta su deportación a Bergen-Belsen.

La llamada "literatura del Holocausto", que es muy extensa y variada, nos recuerda que el infierno es algo mucho más estremecedor que la imagen de una barraca o de un número tatuado en el brazo; es algo creado exclusivamente por y para los hombres, y trasciende las circunstancias históricas en las que puede hacerse tangible. Recordemos los constantes sueños del italiano Primo Levi, en los que volvía una y otra vez al lager, o las palabras de Imre Kertész al recibir el premio Nobel de literatura 2002: "Auschwitz no es un hecho excepcional. Es la verdad extrema de la degradación humana en la experiencia moderna".

En el descenso al infierno puede manifestarse la perversidad, pero también la grandeza. Lo que conmueve profundamente en el Diario de Hélène Berr es esa alianza de grandeza e inocencia, esa mezcla de humanitarismo y romanticismo adolescente en una muchacha que empezaba a dar sus primeros pasos en la adultez y se vio confrontada, de pronto, a la crueldad mecanizada y administrada desde el odio más visceral.

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