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Despliegue y talento en una sátira musical

Sobre todo se lucen Francella, Calicchio y Sultani
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4 de junio de 2009  

El joven Frankenstein. Libro: Mel Brooks & Thomas Meehan. Dirección general: Ricky Pashkus. Con: Guillermo Francella, Laura Oliva, Omar Calicchio, Pablo Sultani, Rosana Laudani, Carolina Pampillo, Jorge Priano, Jessica Abouchain, Florencia Anca, Ezequiel Carrone y elenco. Adaptación de canciones: E. Pinti. Escenografía: A. Negrín. Vestuario: F. Luca. Iluminación: J. Pérez Mascali. Dirección musical: F. Villanueva y G. Gardelín. Coreografía: E. de Chapearouge. Dirección actoral: C. Olivieri. En el Astral. Duración: 145 minutos con intervalo.

Nuestra opinión: muy buena

Si bien toda la producción de El joven Frankenstein -desde la marquesina en adelante- se apoya en el nombre y el trabajo de Guillermo Francella, se puede afirmar sin temor a dudas que la comedia musical de Mel Brooks que anoche se estrenó en Buenos Aires es mucho más que este gran comediante, lo que habla bien no sólo de él sino del resto de la compañía. Desde el principio se nota que el espectador se adentra en un universo grandilocuente, con una realización escenográfica impactante (tanto que hasta cabe preguntarse dónde almacenan semejante cantidad de paneles y enormes estructuras que definen el pueblo de Transilvania, la universidad, el puerto, el castillo, el laboratorio y demás).

Esa imponente escenografía de Alberto Negrín es la que abraza en cada cuadro a un elenco ajustado, que se ensambla generosamente en procura de contar una historia brillante, entretenida, que va creciendo en interés a medida que pasan los números y las canciones (el timing del segundo acto es impecable). En conjunto –los protagonistas y un más que prolijo ensamble– logran un equilibrio preciso entre números musicales bien pensados y situaciones humorísticas que se apoyan en diálogos hilarantes, muchos gags y una gran presencia escénica de cada una de las primeras figuras. En este sentido, Francella se lleva las de ganar, y no sólo porque a su personaje le sume su propia impronta (que es precisamente lo que la gente busca). Logra convertir a este joven Frankenstein –que al comienzo se resiste a emparentarse con su siniestro abuelo– en un personaje con doble faz con el que se divierte mucho. Francella se mueve cómodo en la comedia musical y se acopla sumamente bien a los requerimientos de un género que lo obliga a enfrentarse con destrezas nuevas para él, como cantar y bailar. Y lo hace suficientemente bien, no hace falta más. Para eso está rodeado de gente especialista en el género que lo suma y le da su espacio. ¿Podrían haber puesto en su lugar a una gran cantante, a un gran bailarín? Es probable, pero ya no sería Francella, con todo el plus que eso significa para la comedia en sí misma, y para la gente que lo sigue.

Y todo lo demás

Otro gran protagonista es Igor, descabelladamente compuesto por Pablo Sultani, actor que pareciera poder mimetizarse en cuanto papel le ponen por delante. Es tan atrayente el trabajo que hace con su criatura que, por momentos, se roba toda la atención. Le siguen la siempre eficaz Laura Oliva, que compone a la rígida Frau Blücher y tiene el talento suficiente como para ponerse sobre la espalda un número ella sola.

En un cuadro de una simpleza y una belleza asombrosa ("Una carreta en el bosque") se suma Carolina Pampillo, con su Inga, y con ella empieza a aparecer el toque sensual, pícaro y de más de un sentido en la obra. Quien lo lleva al extremo es Rosana Laudani que, con su Elizabeth, logra (hacia el final) uno de los grandes momentos de este musical. Esta cantante, que interpretó a Libertad Lamarque en Eva, se luce y hace lucir a su personaje pese a que no tiene muchas apariciones.

Otro eslabón de esta máquina bien aceitada es Jorge Priano, que se duplica en el Inspector Kemp y el Ermitaño (el cuadro "Una cabaña remota en el bosque" con el tema "Alguien" es maravilloso).

Comentario aparte merece Omar Calicchio (El Monstruo), que parece atrapado en un cuerpo que no le corresponde, en un mundo que no entiende y lo expresa todo con esa cara verde y enorme que a pesar de las prótesis logra transmitir el enorme miedo que siente, la tristeza y, más tarde, la alegría. Calicchio canta, baila impecablemente aún sobre unos zapatones imposibles de mover. El vínculo que entabla con su "papi" (Frankenstein/ Francella) es de una ternura contagiosa.

Sin dudas, la puesta local de este musical –que es muy parecida a la original– le suma un brillo y una contundencia que quizá la obra en sí no tiene. Y allí se nota un trabajo minucioso no sólo del elenco y de la dirección general (Ricky Pashkus), sino también de los arreglos musicales y la orquestación de Gerardo Gardelín y Fernando Villanueva. La orquesta estalla dentro del foso.

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