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Enrique Bouchard, el apasionado del cine mudo

En una pequeña habitación atesora y restaura películas antiguas; entre sus logros se encuentran haber salvado dos filmes de Chaplin y varios clásicos de los inicios del cine argentino
Sol Amaya
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13 de junio de 2009  • 03:12

Entrar en la pequeña habitación es como atravesar una puerta hacia el pasado. Afiches con personajes de los principios del cine, latas de películas, antiguos proyectores y autógrafos de viejos directores y actores cubren cada centímetro de las paredes.



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En ese lugar, Enrique Bouchard pasa horas y horas revisando su valiosa colección de películas mudas. Durante años se dedicó a recuperar, restaurar y coleccionar esas antiguas piezas que hicieron historia.

Su fanatismo nació hace mucho tiempo. Con apenas cuatro años, sus padres le regalaron un pequeño proyector, con el que entretenía a la familia cada domingo. A los 12 años, comenzó a interesarse fervientemente en Charles Chaplin.

En su afán por obtener toda la colección del actor y director inglés, recuperó dos copias perdidas de Su amigo el bandido y Cruel, cruel, amor .

Tanto lo admiraba, que le escribía cartas una y otra vez esperando con ansias la respuesta. Cuando Chaplin estaba por cumplir 80 años, él le envió una última carta diciéndole que quería ser el primer ciudadano del mundo en saludarlo. Y llegó, para su gran emoción, la respuesta: una carta y una foto autografiada por el mismísimo Chaplin.

Pero esas no fueron las únicas joyas de la historia del cine que este fanático restauró. Junto con su amigo José Vigévano, que inventó una máquina para pasar películas de 35 milímetros a un negativo de 16 mm, salvaron, entre otros clásicos, La Revolución de Mayo (1908); El entierro del general Bartolomé Mitre (1906) y Perdón, viejita (1926).

En esa habitación, no pasan las horas: se retrocede al pasado. A las primeras emociones con la aparición del cine. A aquella "llegada del tren", que los hermanos Lumière filmaron en 1895. Es un mundo de magia y memoria que no parece darse cuenta de que afuera es el siglo XXI.

Por: Sol Amaya

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