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Un legado que incomoda

En La orquesta del Reich. La Filarmónica de Berlín y el nacionalsocialismo (Edhasa), libro que se distribuirá en los próximos días, el investigador Misha Aster examina los vínculos del régimen de Hitler con la elite musical alemana
Pablo Gianera
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20 de junio de 2009  

Hace unas semanas, Le Monde publicó un artículo del musicólogo Esteban Buch (desprendimiento de su libro La novena de Beethoven ) en el que se hacía notar que el símbolo sonoro de Europa, su himno, era la obra de un viejo miembro del partido nazi: en 1972, el director Herbert von Karajan había hecho el arreglo instrumental del movimiento coral de la Sinfonía n° 9 de Beethoven. Ese arreglo es el que se usa aún hoy. En la página web del diario, el artículo recibió un aluvión de comentarios, prueba de que la intimidad de la música con el nazismo es una cuestión que está lejos de haberse saldado, y acaso nunca termine de saldarse del todo.

Una historia parejamente perturbadora a la de Buch es la que cuenta el investigador Misha Aster en La orquesta del Reich. La Filarmónica de Berlín y el nacionalsocialismo . A pesar de estar tan a mano (después de todo, la Filarmónica de Berlín es, con la Filarmónica de Viena y la Royal Concertgebouw, una de las tres orquestas más prestigiosas del mundo) nadie, hasta ahora, se había ocupado del tema. Aster lo hace con una documentación pasmosa. La primera revelación inquietante es que la orquesta, luego de su fundación como institución dotada de un cooperativismo idiosincrásico, se encontraba, hacia la época en que Adolf Hitler ascendió al poder, al borde de la quiebra, y fue trabajosamente salvada por el régimen aunque, desde ya, semejante rescate implicó la pérdida de su tradición democrática. En el nuevo orden, el Führer de la orquesta sería el director Wilhelm Furtwängler. Verdaderamente, el nazismo reinventó la orquesta. Aster cita, en este sentido, una anotación del diario del ministro de Propaganda Joseph Goebbels: "Nos consideran buenos políticos, pero malos amigos de las artes. El futuro demostrará cuán equivocados estaban".

La Filarmónica de Berlín fue en realidad el campo de maniobras para la batalla secreta entre Goebbels y Göring. El primero apoyaba a Furtwängler; el segundo, a Karajan, quien finalmente tendría a su cargo la Staatsoper [Ópera estatal]. Furtwängler no dudó en enfrentarse con su protector cuando empezaron las presiones para que expulsara de la orquesta a los músicos judíos (entre ellos el primer violín, Szymon Goldberg, y el primer chelo) e incluso a su secretaria, Bertha Geissmmar, pero se intuye que lo hacía no tanto (o no sólo) por oposición al antisemitismo sino porque le molestaba que invadieran su coto de acción artística. Después de las críticas que cayeron sobre su decisión de interpretar Mathis der Maler , de Paul Hindemith, Furtwängler cumplió su tarea un poco a distancia. Fue sucedido, en 1945, por Leo Borchard, y luego por Sergiu Celibidache. Volvió brevemente (ya "desnazificado") a principios de la década de 1950, hasta que los miembros de la orquesta eligieron a Karajan, que, como un Führer idealizado, manejó la orquesta a discreción durante 35 años y la convirtió (y se convirtió a sí mismo) en emblema masivo de la música clásica.

Menos apasionante que las intrigas entre los directores y los funcionarios, pero acaso más significativo, es el minucioso examen del repertorio de la orquesta entre los años 1933 y 1945. En líneas generales, se tocaba la música que le gustaba a Hitler. Consigna Aster que, en 1935, a lo largo de los 178 programas de la orquesta, se interpretaron 85 obras de Beethoven, 45 de Brahms, 28 de Bach, 16 de Haendel, 15 de Hans Pfitzner, 20 de Robert Schumann, 29 de Richard Strauss, 16 de Wagner, 16 de Bruckner, 26 de Haydn, 38 de Mozart y 20 de Schubert. La proporción se mantuvo durante los años siguientes, sobre todo en el caso de Beethoven. El único compositor al margen de la tradición austrogermana era Tchaikovski. No puede culparse al director, un hombre que antes, en la década de 1920, había dirigido las Cinco piezas op. 16 de Schönberg. La Filarmónica de Berlín no era solamente la cara de Alemania que Hitler quería difundir en el exterior; lamentablemente, exhibía también la pasión musical de varios miembros del partido nazi.

Debería concluirse que la orquesta y el régimen mantuvieron una relación de mutua conveniencia, un vínculo que se condensa en la siguiente explicación de Aster: "Los líderes nazis querían escuchar a la Orquesta Filarmónica de Berlín, y no a cualquier otro conjunto musical ideológicamente más afín. Al enviarla al exterior, presentarla ante las generaciones futuras que conformarían el partido y utilizarla para sus fines privados, los jefes nazis convertían a la Filarmónica en un ?artículo de disfrute cultural´ y se solazaban con el brillo que emitía ese tesoro nacional. Por otro lado, al participar en estos actos claramente propagandísticos, la orquesta se comprometía por completo con el partido: su alto nivel artístico funcionaba como un sello de calidad que daba legitimidad al régimen".

Como una joya incalculable, casi como un legado, la Filarmónica de Berlín fue preservada hasta el final. Aun en la inminencia de la derrota definitiva, cuando, en un último acto de inmolación criminal con su propio pueblo, el régimen ponía fusiles en manos de chicos de trece o catorce años, Albert Speer realizó gestiones para que ningún miembro fuera convocado al combate y para que, literalmente, la orquesta siguiera tocando.

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