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Kirchner reconoció la derrota y prometió "ser alternativa en 2011"

En estado de furia, esperó los resultados en una habitación de hotel; habló de una "derrota mínima"
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29 de junio de 2009  

Ya había pasado la medianoche cuando Néstor Kirchner dio la orden, furioso, de cancelar cualquier aparición oficial y le puso a su derrota, que se resistía a admitir, un dramatismo inusitado. A la una de la mañana, el ex presidente creía aún que los números podían darse vuelta. Sobre un papel arrugado sacaba cuentas en la soledad de su habitación del hotel Intercontinental.

Pero a las 2.15, apareció ante las cámaras de televisión con un rostro circunspecto y dijo: "Fue una derrota mínima". Insistió en "profundizar la gobernabilidad" y se despidió con la promesa de "volver a ser una alternativa en el 2011". Rodeado por el gobernador Daniel Scioli, el jefe de Gabinete, Sergio Massa, y el vicegobernador Alberto Balestrini, respondió preguntas de la prensa, criticó a los medios y se quejó de los que aventuraban un fraude. "Somos cristalinos; perdimos y no hay que dramatizar".

Era el final de una noche dramática. El estado de tensión de Kirchner había llegado a tal punto que no quiso ver a ningún ministro durante horas. Se recluyó en la habitación 1911 del hotel Intercontinental con su esposa, la presidenta Cristina Kirchner, y un grupo de incondicionales. Su bronca llegó a tal punto que nadie pudo ingresar a hablar con él. Su hijo, Máximo, se le acercó y lo consoló, con la mano en la nuca de su padre, ante otra de las derrotas que más le dolieron al ex presidente: perdió en su bastión principal, la provincia de Santa Cruz.

"Ya está todo dicho", fue la frase del jefe de Gabinete, Sergio Massa, no bien puso un pie en el ascensor del hotel, donde se montó el búnker kirchnerista, sobre el final dramático que deparaba la jugada de Kirchner de involucrarse él mismo en la pelea por las elecciones legislativas. Todavía había pocas mesas escrutadas. Fue cerca de las 23.

Pero Kirchner, arriba, angustiado, pidió esperar. "Nadie sale a decir nada hasta que no haya un porcentaje mayor que el 50% de mesas", insistió. Allí estaba con el secretario de Inteligencia, Héctor Icazuriaga, uno de sus amigos más incondicionales.

La tensión alrededor de él se vivió como pocas veces. Desde temprano, no hubo ningún televisor que entre la docena de plasmas que colocaron en el búnker que informara sobre los primeros cómputos en boca de urna, a las 18, una vez que cerró el comicio. La primera imagen apareció cuando se daba ganador a Kirchner, a pesar de la paridad. La tarde siguió con una tensa tranquilidad después de la primera voz oficial que apareció en escena, la del secretario de Medios, Enrique Albistur, que habló de una ventaja de seis puntos.

A las 21, cuando empezaron a entrar los primeros datos, el ex presidente llamó por teléfono, desde su habitación, a su encuestador, Roberto Bacman, que esperaba en el lobby del hotel. Cuando vio el número que recibía, el consultor se estremeció. El ex presidente, a esa hora, ya sin encontrar explicaciones a los datos que le acercaban, le exigió que saliera a dar la cara.

Mojados por la lluvia llegaban los primeros intendentes del conurbano. Iban a confirmar que los pronósticos que llegaban al piso 19 eran reales. Kirchner en su habitación se pegó a la pantalla de la computadora que recogía los cómputos directos.

El primero en aparecer fue Balestrini, que alcanzó a decir que él había ganado en La Matanza, su bastión, donde se postuló como primer candidato a legislador provincial. Pero de los 20 puntos de ventaja que la Casa Rosada debía sacar para garantizarse la victoria, conseguía sólo 10. Un minuto más tarde llegó el jefe comunal de Ezeiza, Alejandro Granados. Con los papeles en la mano, repetía que él había sacado más del 60 por ciento en su distrito. Le sacaba 20 puntos a Kirchner, que se quedaba con el 40.

En ese momento, el ex presidente sintió el frío en la espalda. Gran parte de los intendentes, los cerca de 50 que habían aceptado sumarse a la aventura de las candidaturas testimoniales, habían cosechado números mucho mejores que él. En ese momento, confiaron a LA NACION fuentes con acceso a los pisos calientes del búnker que todos ingresaron automáticamente en la categoría de traidores.

La gran incógnita ya a medianoche pasó a ser si la Presidenta bajaría con él a hablar. "Tenemos que preservarla", repetían dirigentes que accedían a la intimidad del matrimonio.

Los diputados de la lista de Kirchner bajaron a las 23, rápido para esperar las palabras del ex presidente. Se volvieron como habían llegado desde el segundo subsuelo donde estaba armado el escenario. Kirchner había decidido postergar todo y demorar la aceptación de su derrota.

A los pocos minutos apareció el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que vivió toda la jornada en la Casa Rosada. Fue la única sonrisa que se vio a esa hora entre los kirchneristas. "Paren un poquito que todavía falta", reclamó, sonriente porque había ganado en Chivilcoy.

A última hora, unos pocos militantes aguardaban las palabras del jefe, con cantos y poca euforia, mientras se ilusionaban con una victoria que no reflejaban los números que llegaban. La ilusión se apagaría rápido, al ver la cara con que aparecía Kirchner.

LO MEJOR

El segundo cordón

  • Ganó con porcentajes altos en los distritos más pobres del conurbano, como José C. Paz (52,4%), Ezeiza (48%) y Florencio Varela (47,7%). En La Matanza ganaba 43 a 31, menos de lo que esperaba.
  • LO PEOR

    El interior y el primer cordón

  • Quedó tercero en Morón. Sacó sólo 12% en San Isidro y menos del 20% en Vicente López. En el interior provincial quedó muy relegado en Mar del Plata, La Plata y todos los municipios de fuerte arraigo agropecuario.
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