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Autobiografía por entregas

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4 de julio de 2009  

Pequeñas epifanías

Por Caio Fernando Abreu


Beatriz Viterbo

Trad.: Graciela Ferraris

208 Páginas

$ 43

¿Qué hubiera ocurrido si Charles Forster Kane, el desdichado e implacable millonario de la película de Orson Wells, no hubiera pronunciado aquella clave secreta, "Rosebud"? De un modo parecido, ¿qué sería hoy de esa monstruosa y robótica fresadora de palabras que es el periodismo si no existiera la crónica? Bajo la estricta ley seca y los formatos automatizados que suele imponer la prensa escrita, la crónica es quizás el único espacio en el que el periodista se da un permiso para decir "yo", para distorsionar un poco la realidad o para interpretarla o exponerla desde el Rosebud, esto es: desde un punto de vista absolutamente personal, libre de las coerciones formales y los tiempos apremiantes que reclaman las rotativas.

Íntimas, tiernas, desoladas, las crónicas que el brasileño Caio Fernando Abreu (1948-1996) escribió entre 1986 y 1995 para O Estado de São Paulo y Zero Hora parecen hacer uso de esta licencia con un desparpajo que no se amedrenta ante nada. De hecho, leídas en conjunto constituyen una suerte de autobiografía "por entregas", que no teme incurrir en el melodrama telenovelesco, en la confidencia patética o el sentimentalismo más explícito. El núcleo de estas Pequeñas epifanías es, pues, la vida y la propia subjetividad de quien se enuncia en ellas, en un mano a mano consigo mismo y con un lector imaginario cuyo "corazón es un pozo de miel, en el centro de un jardín encantado, donde se alimentan picaflores que, después de probarla, se transforman en caballos blancos alados que vuelan lejos..." No obstante, a contraluz de esta subjetividad poética exacerbada y como a través de un vidrio empañado de melancolía, se alcanzan a divisar en este libro algunos de los hitos que fueron marcando la época (los años 80 y principios de los 90) en que la mayoría de los textos fueron publicados: los últimos coletazos de la contracultura, la aparición de las primeras computadoras, los exilios forzados, el destape sexual y la irrupción del sida, el triunfo del neoliberalismo y, sobre todo, se vislumbra la soledad del habitante de las grandes ciudades cuando ya no queda ningún espacio afectivo que no sea una entelequia.

Roland Barthes señaló alguna vez que la experiencia amorosa estaba condenada a ser un discurso solitario, enajenado y tautológico, en el nuevo horizonte hipermasificado que planteaba la modernidad. Desde un punto de vista lírico e intrépido, Pequeñas epifanías es una ardiente carta amorosa traspapelada en el frío de esta era glacial, un testimonio desgarrador, escrito en carne viva, de ese desarraigo afectivo del que hablaba el gran crítico del estructuralismo francés.

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