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Todo sobre el vino carlón

Ultimo símbolo del monopolio bodeguero español, solo esta en la memoria, ya no más en las copas
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2 de agosto de 2009  

Tras leer en estos textos un par de referencias nostálgicas sobre el vino carlón, el wine lover clase 1945 Horacio Larrarte se agarró antojos de un pucherito spa apoyado por este totín toraba de nuestro pasado nacional mediato. El puchero spa es spa diet por salir sin papa, camotes, chorizo, chiquizuela ni huevos escalfados. Usted dirá que ningún puchero se hace con huevos escalfados, lo que, de acuerdo, es verdad. Bueno: este spa tampoco los lleva. Por eso mantiene inexpandido el perímetro zapán. Pero los problemas de Larrarte no fueron por la silueta, sino por la falta de carlón. En boliche o vinería ninguno pudo encontrarlo. "Lo busqué por todos lados y no hubo caso", me suspiró el clase 1945 por mail.

Hasta finales de los años 20, el carlón circulaba libre por toda pizzería o pingüino en Il Re dei Vini, Faro de Vigo, Tropezón y otros marrones argentinos. Así llamados por su pintura en tonos fluflis del marrón, que hace menos visible el roce pringue en las paredes. A este vino se le agregaba soda y también hielo. No por folklore, sino para rebajar su corpulencia oscura concentrada y apaciguar con frío sus 15 (hasta 16) grados de tenor alcohólico.

Era el último símbolo del monopolio bodeguero de España sobre sus colonias de las Indias. Las leyes que regían esa relación, siglo XVI, prohibieron en toda América el cultivo de la vid. Todo lo bebido en las colonias debía ser sólo español y no hay tu tía; punto. Desde entonces y hasta la centuria XIX, las industrias escabio de la metrópolis tuvieron tres siglos largos de jolgorio. Para el virrey, los funcionarios y los ricachones, vinos finos de Rioja; para los pobretes de la gleba, vinos baratos de Benicarló. Nombre que la pereza redujo después a Carlón.

En Valencia lo hicieron con garnacha, uva rústica local muy difundida -la segunda en el país después del tempranillo- y de alto rendimiento en el viñedo. Tan activa de antocianos como fornida de polifenoles, daba un tinto de esos muy pulsudos (término salteño), que son todos de ocupar bien la boca. Lo vinificaban por el método romano del cocido, o sea, incorporando a la fermentación una parte extra de mosto concentrado. Es decir, más azúcar (glucosa), que las levaduras metabolizan en alcohol, dando al vino final la alta graduación ya mencionada. Y un paladar envuelto por una sensación amable muy sabrosa.

Era, además, azulino oscurón, tipo un malbec con síndrome pardo de Boedo al Sur, que los españoles acentuaron cortando la garnacha tinta original con otra garnacha tintorera. Según supe después, ésta resultó ser la alicán bouchet, cepa implantada en los noventa por el Chiqui Catena en sus viñedos de Mendoza.

Medite un minuto sobre esto. El carlón, canchero, laxo, agradable de tomar y fácil de combinar con la comida, fue el tinto predilecto de los consumos locales, hoy argentinos: desde mediados del 1500 hasta casi fines del 1800. En semejante lapso, más que se conformó un paladar genético en el mercado mayoritario de consumo, que aún hoy se mantiene afín y fiel con tal condescendiente estilo.

En cuanto a Benicarló, a partir de sus cuantiosas exportaciones al Río de la Plata, México y Cartagena, las bodegas locales incrementaron las ventas en Europa. Sobre todo en Rusia y países colindantes, donde se usaba sobre todo para darles color a los tintos locales desvaídos. En 1890, por los activos puertos valencianos se embarcaron 17.000.000 de litros, el pico máximo de prosperidad en ese comercio. Pero fue el canto del cisne. Las plagas de la filoxera y del mildeu, aparecidas en Europa una década atrás, completaron su destrucción en los viñedos y terminaron con el carlón. En 1930, esos cultivos ya se habían abandonado para siempre.

1- Extracción old fashion

Probé el nuevo Coquena Malbec 2008 Yacochuya ($ 40) acompañando un steak de Kobe, grillado molecular por Diego Benson. Encontré al Kobe delicado y delicioso, pero el Coquena lo desdibujó con su concentración ya medio old fashion. Debe de ser buen malbec para exportar, pero en exceso pulsudo y poco complaciente con el consumidor interno.

2- Cruz de Piedra

Explore los vinos (14) que la nueva bodega de Sigifredo Alonso sacó al mercado. Desde los varietales Cuesta del Madero de $ 10 hasta el blend high class Cruz de Piedra de $ 150, las opciones de su enólogo Castel seducen todas por su nítido perfil argentino, la nariz profunda y el paladar sensual, contracara del asfalto derretido parkeriano.

3- Malbec voluptuoso

Así es el Tiasta Malbec Roble ($ 22) de la bodega Cruz de Piedra. Amable, sin agresiones, versátil... Fíjese: combina debute con platos antípodas, desde las lentejas garní del ABC (Lavalle 545) hasta el cebiche hot de Sipan (Paraguay 624). Hay una versión sin madera a sólo $ 17, pero es menos larga e intensa. Feo en ambas el tapón de plástico.

Entre copas

Desde Asia. Spicy margarita, mojito japonés, caipirinha asiática, fusión de melón y vodka mint, son algunos de los novedosos tragos que ofrece Cilantro, el restaurante especializado en cocina panasiática, cócteles de autor y su variedad en sushi. Happy hour de tragos, de 16 a 21.30 y de 1.30 al cierre. Abre todos los días. Anchorena 1122; 4966-2941.

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