Fotos de escritor: la verdad de la pose

Al menos para ser fotografiado, todo autor debe exponerse. Pero la figura del artista de la palabra se sostiene más en lo que oculta que en lo que muestra
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15 de agosto de 2009  

Es autor, entre otros títulos, de las novelas Dos veces junio, Museo de la Revolución, Ciencias morales y de los libros de cuentos Muero contento y Una pena extraordinaria

Qué más verdad que la pose, la pura pose, puede haber en un escritor. Lo suyo es la escritura, que es decir sacar el cuerpo, por mucho que se insista con metáforas en sentido opuesto y se hable de que hay un "cuerpo de la letra", que se escribe "poniendo el cuerpo", etcétera. Porque llega un día en que el escritor tiene que poner el cuerpo ahí, al menos para ser fotografiado. Ya vimos a Charles Baudelaire retratado por Nadar: tembloroso, huidizo. Una cosa es esa "imagen de escritor" que se hace con palabras, un tramo más del decir. Y muy otra es esta clase de imagen: la que se da a ver en el cuerpo expuesto a la captación de la fotografía. Macedonio Fernández ya exclamaba: "¡A fotografiarse!", pero lo ponía por escrito y lo resolvía con lo escrito. Julio Premat acaba de analizar con pormenor, en el ensayo Héroes sin atributos , hasta qué punto una figura de escritor puede sostenerse mucho más en la sustracción que en la mostración, en el negarse más que en el afirmarse. Y sitúa justamente a Macedonio Fernández en el punto de partida de esa genealogía de la literatura argentina. Pero también para Macedonio Fernández llegó el día de dejarse fotografiar. ¿Genio y figura? Figura por lo pronto, lo otro siempre se sabe después.

Hay quienes creen, no sé por qué, que existe un aura en los escritores (a veces lo creen incluso después de haberlos conocido en persona). ¿No señaló Walter Benjamin, en un célebre artículo de 1936, que era con la fotografía con lo que comenzaba el proceso material de la destrucción del aura en el arte? Sí; pero señaló también que en los retratos fotográficos el aura podía perdurar, o reaparecer, porque en la imagen de un rostro podía alojarse esa huella original de un aquí y ahora, la manifestación irrepetible de una lejanía por cercana que pudiera estar. Ahora bien, ¿y si fuera precisamente eso lo que la fotografía amenaza en la figuración social del escritor? ¿Y si lo inquietante en ella fuese la posibilidad de revelar que esa supuesta aura en realidad no existe?

En respuesta, los escritores posan. Adustos o embibliotecados, posan; posan para actuar lo aurático, para fingirlo, para ocultar su inexistencia. En esa pose, por eso mismo, se encuentra su verdad. La pose no viene a encubrir una verdad, tampoco a descubrirla; la pose es la verdad. No la oculta, pero tampoco la representa; la ejecuta. Sylvia Molloy lo señaló en un artículo sobre el 80, a propósito de Oscar Wilde. Y no hay más que ver aquellas fotos de Oscar Wilde para comprobarlo: lo posado se remarca, subrayando el artificio, entregando a la contemplación la verdad de lo impostado. ¿Y qué otra cosa practicaba entre nosotros, más o menos en esos mismos años, el causeur-poseur Lucio V. Mansilla, sino hacer de la pose verdad, hacer de la afectación la cifra irreductible de la figuración del escritor? La pura pose, ofrecida y evidenciada, casi podría decirse que ostentada, elude la coartada de hacerse pasar por naturalidad ante los ojos de nadie.

De este modo se anticipaba, y aún más: conjuraba, el desarrollo que en el futuro llegaría a producirse. Porque en cierta forma, a fuerza de insistir en ella, la pose acabaría por volverse natural. Perdida la afectación acentuada, perdida la premeditada mostración del artificio, se llegaría, estereotipo mediante, a una inútil, paradójica y engañosa naturalidad. Por eso podría decirse que sacar a los escritores de la pose ha llegado a ser una verdadera consigna en el momento de sacarles una foto (nosotros no decimos hacer una foto, decimos sacar una foto). Solamente de esa manera podría ser posible obtener de ellos (no de ellos, sino de su apariencia) alguna clase de autenticidad. Las fotos de Alejandra López, por ejemplo, parecen apuntar en esa dirección; persiguen ese logro, lo alcanzan. Sacan al escritor de la pose convencional para provocar en ellos el destello de lo auténtico. Y eso auténtico, que es lo que se captura en el instante, no proviene estrictamente del aspecto de cada cual, y ni siquiera de la personalidad de cada cual; sino de la literatura, de las respectivas literaturas. Que es, y Alejandra López parecer entenderlo en cada fotografía, la única autenticidad que importa cuando se trata de un escritor. Ni lo que parece ni lo que es, ni lo que piensa ni lo que cree, sino lo que escribe.

En 1995 se publicó un libro de entrevistas a escritores a cargo de Graciela Speranza. Se llamó Primera persona y contenía, además de las conversaciones y de un texto autobiográfico firmado por cada escritor, varias fotografías tomadas por Alejandra López. En la de Héctor Tizón, por ejemplo, en su estricta prolijidad urbana inmersa en un paisaje agreste, hay mucho de la literatura de Tizón. Como hay mucho de la literatura de Fogwill en la tensión calculada de los brazos y las piernas, en la firmeza de la mirada, en el estar muy apoyado pero casi en el aire, de la foto de Fogwill. Y hay mucho de la literatura de Marcelo Cohen en la imagen de Marcelo Cohen con fondo de máquinas perfectas, las manos en los bolsillos, la solvencia del que sabe qué es lo que tiene detrás. Y está la literatura de Piglia en la visión de su piloto anudado con trasfondo de ciudad, una mano que reposa y la mirada que busca otra cosa en alguna otra dirección. La figura de Saer remite a la obra de Saer, con un río sin orillas, pero que aquí tiene orillas, como escenario general. Y hay mucho de lo que escribe Elvio Gandolfo en las manos que apoya, distintas, sobre la mesa cualquiera de un bar, donde están los anteojos que se ha sacado, la botella casi vacía de Coca-Cola que se ha tomado, el vaso con que se la tomó. La visión de Hebe Uhart en la cocina, con los dedos de las manos, pero no las manos, tocándose con firmeza, tiene su mejor correspondencia en los textos de Hebe Uhart. Así como la mirada al piso y la sonrisa involuntaria de César Aira hacen pensar en la literatura de César Aira. Y así como la literatura de David Viñas y la literatura de Alberto Laiseca, tan diferentes entre sí, quedan plasmadas por igual en la imagen en contrapicado de Viñas (con borde de ramas y en lo alto el cielo) y en la imagen también en contrapicado de Laiseca (con borde de lámpara y en lo alto el techo).

Sacar a los escritores de la pose para obtener así de ellos alguna clase de autenticidad. En este mismo sentido podrían considerarse, por poner otro ejemplo, las fotos de Daniel Mordzinski. Sólo que Mordzinski parte para ello de una premisa radical, poderosa, determinante: la única manera de sacar a un escritor de una pose es ponerlo en otra pose. Para sacarlo de su pose hay que imponerle otra, una que le sea ajena, una que le sea impropia. Es a su modo una vuelta a los atentados contra la naturalidad, pero ya no a cargo del escritor fotografiado, sino a cargo del fotógrafo que lo fotografía. El escritor es su objeto, en un sentido muy pleno: lo pone y lo saca; y sólo entonces, cuando lo saca (de lugar) le saca (la foto). Mordzinski lleva al escritor a la situación en la que ya no se reconoce, y justo ahí lo fotografía; lo lleva al punto en que no sabe bien qué hacer, con su cuerpo sobre todo, y justo entonces lo fotografía. El efecto es muchas veces cómico, pero siempre verdadero. Pienso por ejemplo en la imagen de Marcos Aguinis, camiseta anaranjada y pantalones cortos, haciendo ejercicio en un aparato complejo del gimnasio de algún lugar. Pienso en el perfil de Ariel Magnus, entregado a la pericia de un peluquero hacendoso de la ciudad de Cartagena, ajeno al sol de la calle y a la mujer que en la calle espera. Pienso en un terceto: el de Gonçalo Tavares, Andrés Neuman y Eduardo Halfon, haciendo malabares con tres manzanas verdes cada uno. Pienso en una foto de William Ospina en la que se lo ve, escobillón y pala en mano, barriendo el pasillo de un hotel. Pienso en César Aira embutido al través en una bañadera sin agua: vestido y leyendo. Pienso en Pedro Mairal subido a una estructura que, en plena calle, no lleva a ningún lado y tan sólo lo tiene en el aire.

Lo que vemos son escritores en pose y a la vez fuera de pose. O en todo caso en una pose que entrega otra vez, pero de otra forma, una verdad descubierta y revelada. Una verdad distinta de la que puede existir en los textos, pero que resulta en última instancia complementaria. Son escritores descolocados, desacomodados, fuera de lugar, desubicados. ¿Y acaso no es ésa la imagen más verdadera de su manera de estar en el mundo? En esa descolocación, en esa desubicación, en esa inadaptación, en esa extrañeza, ¿no se percibe acaso la manera más auténtica de existir, no digamos ya de los escritores, sino de la propia literatura, en medio de las cosas reales, en medio de la realidad misma? Ese nunca encajar por completo en el contexto al que, sin embargo, pertenece ¿no es una cualidad muy singular de la propia literatura? Mordzinski impone esa condición a los escritores, y en esa clave los retrata y los exhibe.

Si toda fotografía certifica, según decía Roland Barthes, el haber-estado-ahí de su objeto, estas fotos de escritores vendrían a señalar qué tan complicado y laborioso puede ser ese estar ahí. Sobre todo para aquellos que hacen de la escritura un recurso para no estar, para practicar el arte del retraimiento, una rara pasión de ausencia.

adnALEJANDRA LÓPEZ

(Buenos Aires, 1962) Comenzó su carrera como fotógrafa en 1990, después de estudiar Letras. Trabajó en las revistas El Porteño, Claudia, Panorama, Elle, Viva y Shop&Cia, y realiza retratos de autor para las principales editoriales de libros del país

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