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El rigor no se oculta

Por Adriana Schettini
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1 de noviembre de 1998  

Los senadores de la oposición lo calificaron como "nuevas mordazas a la libertad de prensa". Los oficialistas lo juzgaron como "un importante avance en la protección de la vida privada de la gente". Se trata del proyecto de ley que castiga las grabaciones y escuchas telefónicas, que impide a los jueces ordenar incluso escuchas legales y que pena a quienes difundan la noticia aunque sea cierta.

En caso de aprobarse esta iniciativa, las llamadas cámaras ocultas, con las que la TV ha puesto al descubierto numerosos casos de corrupción, cohecho, tráfico de niños y maltrato a menores, entre otros, quedarían penalizados. El debate en la Cámara baja concluyó a las 22 del miércoles último por falta de quórum y probablemente continúe esta semana. En el fondo de la discusión yace uno de las grandes contrapuntos de esta era hipermediática: el respeto a la libertad de prensa _cimiento indiscutible de las sociedades democráticas_ y el respeto a la intimidad de los ciudadanos.

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Quizá la cámara oculta, en tanto elemento de trabajo del periodismo de investigación televisivo, no sea otra cosa que el ejemplo más espectacular de la puja entre esos dos valores. Si la prensa _se trate de gráfica, radial o televisiva_ tiene el derecho y el deber de informar la verdad de los hechos, cabe preguntarse por qué genera semejante ebullición el recurso de la cámara oculta cuando, al fin de cuentas, es apenas la frutilla de un postre que se inicia con un trabajo de campo largo y paciente en el que, a la manera de los artesanos, los equipos de investigación televisiva desatan madejas de conductas delictivas para exponerlas en la pantalla.

Tomése como ejemplo la tarea de "Telenoche investiga", el segmento del noticiero de Canal 13 que presenta Sergio Elguezábal. En los últimos cuatro años, han realizado sesenta y seis producciones en las que el informe ha concluido con algunos minutos de imágenes y sonido registrados mediante la cámara oculta. Entre ellas, la que mostró a Rodolfo Galeliano, ex secretario de Planeamiento de la Municipalidad de Moreno, tratando de cobrar una coima de cien mil pesos a cambio de una habilitación irregular. O la que registró el maltrato al que era sometido un grupo de niños discapacitados en la Fundación Pronor, que trabajaba con el PAMI. O aquella otra que se metió con los denominados narcopolicías.

Todas esas cuestiones bien podrían haber sido investigadas por la prensa gráfica, sin necesidad de utilizar la cámara oculta, y denunciadas en las páginas de un diario o una revista. Los hechos habrían sido los mismos. Sin embargo, en los tiempos del "ver para creer", el impacto habría sido mucho menor.

No es necesario ser un especialista en comunicacies para comprender que el discurso público de los políticos suele estar teñido de un grado de cinismo que mete miedo. Alcanza con ser un simple ciudadano de esta democracia incipiente para imaginar que ante una denuncia de la prensa gráfica respecto de su pedido de coima, juez Rodolfo Galeliano habría corrido a instalarse en el lugar de la víctima al grito de "no son más que calumnias; voy a pedir que los procesen; es una campaña en mi contra". Pero la cámara oculta de "Telenoche" lo había mostrado en carne y huesos diciendo "la platita, la platita".

¿Sería acaso un rapto de paranoia sostener que si el juez federal Carlos Branca, imputado por presuntos delitos de contrabando y asociación ilícita, no hubiera sido registrado por una cámara oculta en el momento en que intentaba beneficiar a una banda de contrabandista se habría dado el lujo de increpar a la opinión pública diciendo que la prensa mentía y que la Justicia terminaría demostrando su inocencia? El caso culminó con la destitución del magistrado y el correspondiente juicio político. Pero, hasta ese momento, gracias a la cámara oculta, la ciudadanía no tuvo que soportar el cinismo de un culpable convertido en acusador de los periodistas.

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Del otro lado de la balanza, es justo poner las situaciones en que la prensa invade el ámbito de la privacidad ajena. También cabe suponer que utilizadas sin rigor ético, las cámaras ocultas lleven a cometer actos reñidos con la ley. Pero, en esas situaciones, a los responsables les son aplicables los artículos del Código Penal como a cualquier otra persona. "Por más que haya cámara oculta, si uno la adultera, la manipula y fabrica un caso, puede terminar querellado.

"Las figuras de calumnias e injurias o de daños están vigentes para castigarnos por esta falta de ética o mal manejo de nuestro trabajo", dijo Eduardo Cura, responsable de "24 horas", el noticiero de Canal 9, en el seminario realizado el martes último en el Freedom Forum de Buenos Aires, con el título "El uso de la cámara oculta".

El objetivo de la legislación vigente es el de defender la libertad de prensa, y eso no significa en ningún caso admitir que los periodistas puedan cometer delitos amparándose en su oficio. "Sin embargo, hay una creciente y constante presión para regular el trabajo de los periodistas que utilizan el recurso de la cámara oculta para poder articular y vertebrar lo que es la prueba fundamental de la investigación que se está llevando adelante _sostuvo Cura_. Creo que es lícito preguntarse por qué si hay una legislación vigente para regular todo el trabajo de los periodistas, hace falta una adicional para regular la cámara oculta. Hay un intento permanente, sostenido, por momentos desesperado, por evitar que la televisión o el periodismo de investigación en TV sean testigos de las cosas que están mal en nuestro país."

Contundente, afirmó que el proyecto de ley que tiene entre manos el Senado posee un "efecto intimidatorio bastante fuerte", y destacó la incoherencia de que "la Cámara de Senadores que propone modificar esta regulación, el año pasado nomás declaró el trabajo de "Telenoche" de interés parlamentario, con un reconocimiento al esfuerzo de los periodistas".

En el mismo encuentro, Sergio Elguezábal advirtió que el modo en que se utiliza el recurso de la cámara oculta _uno de los tantos de los que echa mano la investigación periodística_, no es bueno ni malo en sí mismo y que dependerá de la ética de cada quien el uso que se haga de él. Después de todo, a nadie se le escapa que en manos inmorales también la letra escrita o la palabra emitida por radio pueden ser usadas para calumniar o injuriar. Puesto a evaluar el trabajo de "Telenoche investiga", Elguezábal señaló que en las sesenta y seis investigaciones realizadas hasta el momento, el equipo nunca fue querellado. El periodista admitió que varios de los casos presentados en el noticiero de Canal 13 "fueron tomados por la Justicia, y hay unos cuantos condenados y procesados". Pero, al mismo tiempo separó los tantos entre el oficio de informar y el de prevenir y juzgar los delitos. "No somos policías ni oficiales de justicia. Nuestra prueba y nuestro contrato es con la opinión pública", aseguró. "Nunca utilizamos la cámara oculta cuando se puede utilizar una cámara abierta", destacó Miriam Lewin, también integrante del equipo de "Telenoche investiga".

El panel de debate coordinado por Susana Bilello, directora del Centro Latinoamericano del Freedom Forum, contó con la presencia del norteamericano Miles Hankin, miembro del Media Studies Center y ex productor de "Dateline", un ciclo de la cadena NBC con larga experiencia en la utilización de cámaras ocultas. Al cabo de una serie de ejemplos sobre la eficacia de esta técnica , Hankin admitió que en los Estados Unidos, "en este momento, los periodistas no están muy bien vistos" y evaluó que "una de las razones es la cobertura del escándalo de Clinton y los excesos que se cometieron". Pero, a modo de corolario opinó que "los periodistas sólo deben tener un contrato con la gente, y la credibilidad es lo más importante que pueden tener".

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Desde el punto de vista de la opinión pública, resulta obvio que no todos los medios ni todos los periodistas hacen gala de la misma seriedad y rigor a la hora de informar. Pero, en ese sentido poco importa si utilizan la cámara oculta como instrumento de trabajo o no.

Si de invadir la privacidad ajena se trata, ¿qué diferencia habría entre las imágenes de la vida privada captadas con cámara oculta y el relato pormenorizado de las intimidades del prójimo detalladas en una revista? En tal sentido, habrá que empezar a pensar que el oficio periodístico requiere de los que lo ejercen el más alto nivel de ética y responsabilidad. Y que en ese ámbito el único que puede repartir premios y castigos es el público. Basta con dejar de ver un programa de dudoso rigor o con no comprar una publicación que viola los más elementales principios éticos.

Una ley que limite la libertad de prensa parece en cualquier caso la menos atinada de las soluciones. En definitiva, si en la Argentina se maltrata hasta el límite de la tortura a un grupo de niños discapacitados o si existen funcionarios corruptos, es mejor saberlo.

Más aún, la prensa tiene el deber de informarlo. Y si el recurso más palmario es el de mostrar los hechos delictivos con la cámara oculta, bienvenido sea ese recurso tecnológico. Quien no subestime al público sabrá que éste tiene la inteligencia suficiente como para saber a quién le entrega el precioso tesoro de su credibilidad.

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