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Una mirada sociológica del denominado "rock chabón"

Especialistas e investigadores analizan el fenómeno cultural que se dio en distintos locales bailables de Capital y el conurbano desde fines de los años 90, cuyo epílogo fue la tragedia que terminó con la vida de 193 jóvenes
Maia Jastreblansky
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21 de agosto de 2009  • 00:54

Las controversias en torno a Cromagnon no cedieron durante los más de cuatro años que transcurrieron desde la tragedia y recrudecieron ayer, a partir del fallo del tribunal.

Surgen discrepancias en torno a cómo repartir las culpas en un caso donde hubo una cadena de responsabilidades y donde no se podrá conocer al autor material del siniestro.

Más allá de lo jurídico, la tragedia fue analizada desde una perspectiva sociológica y cultural por diversos especialistas, que realizaron estudios vinculados a las categorías del "aguante" y el "rock chabón".

"Los jóvenes que iban a ver este tipo de recitales se caracterizaban por mostrar fidelidad y fervor. La fidelidad estaba vinculada a seguir al grupo, siempre. El fervor, por mostrar pasión, y se simbolizaba en banderas, bengalas, cánticos. Todo eso era fundante de la identidad como espectador", explicó a lanacion.com el antropólogo, investigador del Conicet y docente de la UBA, José Garriga Zucal.

Daniel Salerno, sociólogo, investigador del Instituto Gino Germani y docente consideró que en el análisis "hay tener en cuenta varios factores como los modos en que se organizaban los espectáculos, la forma de reproducirse que tienen los músicos -que los obliga a tocar lo más seguido posible- y cierta lógica sobreactuada de la omnipotencia de lo que se denomina «cultura del aguante»". "Hay riesgo y coqueteo con la autodesctrucción en varias formas culturales urbanas", indicó el autor.

El investigador del Conicet Daniel Semán relata en su texto "Vida, apogeo y tormentos del rock chabón" el devenir que remató en Cromagnon: "Los jóvenes que hacían «rock chabón» negociaron su shows con empresarios de larga tradición en el circuito del rock. En ese contexto, y en el de una serie de omisiones criminales respecto de normativas de seguridad, sucedió un hecho trágico".

"Después del 30 de diciembre de 2004, hubo una estigmatización de ciertas prácticas que existían de antes, pero solo se hicieron visibles con la tragedia", argumentó Garriga.

Identidad rockera. El uso de bengalas, que resultaban inherentes a esta "identidad" rockera, provocó una fuerte indignación en distintos ámbitos de la opinión pública. Así lo señaló, por su parte, Salerno: "Cromagnon se destaca por la cantidad y la edad de los muertos. Pero también porque pocas personas conocían las internas de los estilos rockeros y los modos en que se producían los espectáculos masivos".

Garriga Zucal agregó: "Uno se pregunta cómo un hecho puede generar visiones tan distintas. La mayoría no podía entender cómo podían tirar bengalas en un lugar tan chiquito y asociaron estas prácticas con la sinrazon y lo ilógico. Esto era una práctica común, a la que se le daba un valor positivo y era parte de la identidad de grupo. Por eso, aún hoy hay algunos grupos, no todos, que no muestran arrepentimiento".

"¿Cómo era posible que hayan llevado a sus hijos a estos espacios? La respuesta es, justamente, que compartían con ellos sus lugares de sociabilización. Es como llevar a un hijo a la cancha, porque hay una educación sentimental de padre al hijo", se extendió el especialista.

Ayer, durante la lectura del fallo, un grupo de seguidores arrojó papeles a los padres de las víctimas desde los balcones del tribunal. El antropólogo opinó que el episodio demostró "cómo se puede significar un hecho de distintas maneras y cómo juega el poder en todo esto".

"Los familiares perciben como un bloque a todo el conjunto de personas que tuvieron -o pudieron haber tenido- responsabilidad y por extensión ser culpables de las muertes. En el caso de los seguidores, tienen con los músicos cierta cercanía, cierta idea de que no son tan distintos. Eso genera empatía, entonces garantiza, a priori, la inocencia total de los músicos", concluyó Salerno.

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