El maravilloso mundo de Walas

Antes del concierto de Massacre en el Luna Park el próximo domingo 6 de septiembre, vida y obra de un rocker con otro molde: las patinetas, la cultura yanqui y el matriarcado como salida.
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2 de septiembre de 2009  • 16:29

El otoño se transforma perceptiblemente en invierno en la ciudad y la temperatura llega a los diez grados. La galería Bond Street no es el epicentro de skaters y minorías activas que supo ser hace ya unos cuantos años, pero aún guarda ese color de cueva neoyorquina de curiosidades pop. Hasta allí llegó Walas con 25 años (insiste en no revelar su edad y asegura que a los 29 dejó de cumplir) y en pleno rollo rock and roll suicide, intentando frenar el tren de su lost weekend porteño. Lo dice así, bilingüe. Con dos discos de Massacre en la calle – Sol lucet omnibus y Galería desesperanza– se propuso ordenar su vida. Terminó quinto año de secundaria en el colegio Revolución de Mayo, un nocturno al que viajaba todas las noches en subte, tren y colectivo con una Gibson Les Paul Custom Deluxe ("algo que hoy no haría ni en pedo"), y proyectó algunos elementos básicos: una casa, un poco de plata, tocar y sobrevivir. Massacre llenaba Cemento, pero ninguno de sus miembros cobraba. Entonces Walas decide mudarse a una casa en Olivos junto a Tori y su pequeño hijo Alan, hoy de 18 años, y montan en una habitación un taller de serigrafía. Lentamente, comienzan a ser proveedores de varios locales de la Bond, hasta que alquilan uno, luego otro y después otro; actualmente manejan tres comercios. "Me propuse que, para sostener lo que amaba, que era el rock and roll, no debía sacarle más plata a Massacre. Eso fue lo que nos enseñó Fugazi. Y esos años me salvaron después de los «años salvajes», de la noche permanente de finales de los 90 y parte de los 90. He vivido situaciones decadentes con dealers, canas, chumbos, minas casadas… hoy no las quiero recordar. Vivíamos en calabozos con amigos rockeros como Marcelo Pocavida, el Gordo Manners, Claudito de Los Casanovas, gente de Los Violadores. Nuestras novias eran azafatas internacionales que traían discos de afuera, tenían guita, garpaban cerveza, falopa, salidas, taxi, telos, departamentos, punteros y siempre en cana por ebriedad, vagancia, escándalo".

–¿En qué momento de tu carrera te toma el nacimiento de Alan?

–Estábamos sacando Sol lucet... Ahí empezamos a tocar en el sur gracias a "Los Comodoro", chicos que venían a estudiar a Buenos Aires y en las vacaciones nos llevaban a tocar a Comodoro Rivadavia. Tocábamos en boliches re chetos y en ciudades petroleras donde eran todos chabones re heavies que leían la Madhouse. Fue la primera vez que salimos de gira y Alan nace en ese contexto. Yo viajaba, era un papá bohemio y medio ausente. Con él lucho por no repetir el modelo de padre ausente y trato de que la figura de rockero no riña con la figura del "papá de Alan". Es adolescente, tiene 18 años, es skater como yo, le gusta el hardcore y forma parte de una de las tribus que son público de Massacre. Cuando nació, yo había firmado mi primer contrato y no estaba¿ para ser un padre muy presente.

A metros de La Lupita, la disquería que Walas abrió hace años en el tercer piso de la Bond Street, La Rata, el Museo del Skate que él mismo atiende, guarda algunos tesoros personales: el primer skate que llegó a la Argentina desde California en 1966 y una patineta modelo 1979 que Juanchi Baleirón le regaló cuando finalizaron la grabación de El mamut. Todos tienen su historia y Walas las sabe todas. Hoy, cuando sale a surfear sobre Buenos Aires, descuelga uno de la pared y se lanza a la calle, aunque reconoce que por la panza no pueda hacer las piruetas que hacía cuando fue el number one del skate. Recorre con la mirada las más de cien tablas que forman el museo y se queja: "Nosotros no teníamos ni sponsors ni pistas, teníamos que inventar todo, y aun así fui el mejor".

En agosto de 1995, a un año de la salida por Iguana Records de Galería desesperanza, aquel disco fragmentado y retorcido que entregó dos de las canciones más emblemáticas de Massacre ("Plan B: anhelo de satisfacción" y "Mi mami no lo hará"), la banda se sube a Obras junto a Peligrosos Gorriones, Los Brujos, Babasónicos y Juana la Loca; figuritas de una escena hirviente que se denominó "nuevo rock argentino". Vendrían las invitaciones para talonear a artistas internacionales –su recordado show con Ramones en Obras– y las buenas críticas y la simpatía aumentaban, aunque los discos no se vendían. Confundidos y en su propio universo, viajan a Londres para grabar el oscuro EP L’alma occulta y luego Juguetes para olvidar, disco producido por Flavio Cianciarulo. "Fuimos a un estudio donde había grabado Gary Numan el disco Telekon y donde estaba grabando Bush", cuenta Walas. "Parábamos en hostels de estudiantes con gente de todo el mundo y nos dedicamos a ver disquerías y recitales todas las noches. Yo andaba vestido a la usanza de la new wave y el punk, con calzas y botas por afuera, y entraba en el subte como una diva. En Buenos Aires eso no lo podía hacer, no me animaba, así que allá estaba todo el día con las calzas rojas sintiéndome uno más. Cuando volvimos y me llamaban de una radio para contar mi experiencia, parecía que hablaba en chino, no me entendía nadie.

–¿Valió la pena haber viajado a grabar a Londres?

–No… bah… sí para Massacre, una banda de losers. Juguetes... tuvo una difusión de culto, un videoclip, suena re lindo, pero no pasó nada. Ya con Aerial, cuando entra Fico, que era nuestro stage, empezamos a intentar cambiar el rumbo. A la distancia, veo que esos discos aportaron crecimiento; ya éramos más profesionales y más adultos, y estaba latente el hecho de entrar en un circuito más profesional. Tocábamos en La Trastienda, pero veíamos cómo compañeros de camino tenían éxito: El Otro Yo tocaba en Obras, Babasónicos llenaba el Gran Rex, a Attaque le iba bien y faltábamos nosotros. Decíamos: "¿Qué pasa? ¿Somos los boludos?". Y en ese momento es cuando entra la matriarca, la Tori, y nosotros nos dedicamos a ser artistas mientras ella se encarga de mostrarnos y vendernos con ganas, convencida.

–¿Dónde la conociste a la Tori?

–En las alcantarillas.

Walas y Tori caminaron el under más recalcitrante de los 80, patearon la noche sin estrellas, se encontraron en la anarquía, en las marchas contra la represión policial, en los sótanos punk, y fueron activistas del reviente junto a personajes célebres de aquel tiempo. Tori tenía una sala de ensayo donde caían los Massacre a hacer fiestas, a tocar o simplemente a ensayar, hasta que un día pasó de ser una compañera de resistencia a pareja y manager de su banda. "Nos cansamos de estar mal manejados. Massacre siempre tuvo público y nunca tocamos para menos de quinientas personas, pero yo nunca me llevaba más que para la pizza, el taxi o el telo. Así que decidimos pasar a ser un matriarcado: todas nuestras novias y mujeres formaron un equipo: manager, prensa, escenografía. Y ellas nos levantaron: empezamos a hacer buenos recitales y a tener el ánimo arriba. Es por eso que yo me asumo matriarcal no feminista y me encanta que haya una Cristina Kirchner y una Lilita Carrió. Si las sociedades fueran matriarcales, los hombres nos daríamos el lujo de seguir siendo hijos y al mismo tiempo hedonistas, y andar en túnicas como los griegos escuchando música, comiendo uvas, garchando. Con madres pitonistas que organicen todo y estén en función de cuidar a sus hijos y no de luchar contra otros pueblos. Creo que en ese momento duro de los 90, el apoyo de las matriarcas nos hizo resistir en nuestra vocación.

-¿La presión los llevó a replantearse el futuro?

Recuerdo que, después de grabar en Londres, nos volvíamos del ensayo en el [colectivo] 80, porque no teníamos un mango. Y cuando entró la Tori en las boleterías, empezó a haber plata. "Chicos, hay una novedad. ¿Un nuevo integrante?, ¿un nuevo músico? ¿Un nuevo estilo?" "No, ¡plataaaaaaa!" Así llegamos mejor parados a 2003 y pudimos sacar ese gran disco que fue 12 nuevas patologías, que contenía el himno instrumental abstracto "Bienvenidos al mundo de los conflictuaditos", con el que sacamos a la cancha una nueva bandera: la de los chicos con problemas. ¿Qué son los conflictuaditos? Los que vamos al psicólogo, los hijos de padres separados, los que nos sentimos algo distintos, losers. Ese tema está basado en una historia real de una chica amiga nuestra que tenía una vida idealizada, casi publicitaria, hasta que en un momento tiene un problema familiar grosso. Ahí pensé: "Bienvenida al mundo de los conflictuaditos. Vos que tenías una vida divina hasta ahora, bienvenida". Dicho y hecho; a la chica le agarró bulimia y anorexia y se enfermó. La psicología, voluntariamente o no, siempre aparece en Massacre.

"Te voy a contar algo", dice y cierra la puerta del local. "Cuando sucede el accidente de Fico, ya teníamos cerrado el Obras para el 31 de mayo de 2008. Karina, novia de Fico y amiga nuestra, se muere; Fico estaba casi muerto y nosotros en medio de un bajón, cuestionándonos un montón de cosas: la popularidad, ser la novedad, la tragedia. Como necesitábamos un consejero fuimos a ver a Fernando Ulloa, una eminencia del psicoanálisis. A la primera sesión fuimos todos sin Fico, que estaba postrado en su casa de Vicente López. ¿Sabés que hizo Ulloa? Le contamos la situación, sacó el auto y se fue con la Tori a verlo a Fico a Vicente López y nos dejó en su oficina de Libertador. Fernando Ulloa, terapeuta de muchos años de Les Luthiers, gloria del psicoanálisis argentino, tuvo a los Massacre como últimos pacientes. El ya no atendía a nadie, pero hizo una excepción con nosotros: una banda artísticamente Grossa pero sin éxito, que cuando le llega el éxito le cae una tragedia. Tuvimos sesiones semanales con Fico, sin Fico, con Tori, sin Tori, hasta llegar a Obras. Dos días antes del show, murió.

Es difícil encontrarle parecidos en el rock nacional a una banda que no parece una banda de rock nacional. Massacre es un club de un solo socio que siempre se nutrió de la cultura de California, del garage infeccioso de los Fuzztones, del glam sucio de New York Dolls, del manifiesto punk de Black Flag y del submundo del skate. Sus íconos nunca fueron Mick Jagger o John Lennon, sino Jello Biafra y Steve Caballero. Walas distingue dos grandes señales previas a esta explosión que lo depositará por primera vez en el Luna Park: la aparición de El mamut, disco que los catapultó a su primer Obras, y la versión que sus amigos de Catupecu Machu hicieron de "Plan B: anhelo de satisfacción". "De repente nos vimos poniendo la jeta en el aviso de un festival con Los Piojos o Andrés Calamaro."

¿Cómo fue para un viejo perro anarco punk?

Celebrable y conflictivo. Nos trajo cosas buenas y nos trajo voladura de cerebro. Hicimos terapia de grupo. No es joda. Pero encontramos en la parodia una forma de escape, un sistema de defensa. Estuvimos veinte años acostumbrados a otro lugar. Gustavo Cerati sacó su primer disco a los 20 años y fue un éxito; Calamaro lo mismo con Los Abuelos. A nosotros nos pasó todo lo contrario. Siempre fuimos los laburantes, lo menos de lo menos, los no aceptados. Siempre quisimos ser Fugazi, lo antiestrella, lo anticomercial, y se nos vinieron premios de estrellas de rock. Ahora, por ejemplo, me voy a Nueva York a pelotudear, a pasar unas mini vacaciones antes de tocar en el Luna Park, y en mi caso ir a pelotudear es ir a laburar: ver recitales, recorrer disquerías, visitar estudios. Y este pelotudear me lo gané, porque de chiquito me rompí el culo laburando y estudiando. Nos ganamos el poder boludear, tocar la guitarrita y andar en patineta, lo que la sociedad vería como una boludez. Estampé remeras, vendí plantas y toqué muchos años por diez mangos o por el boleto para volver en el 80 a mi casa. Y un día se dio vuelta la realidad: los que antes me veían con una viola por la calle o arriba de un skate vestido de monja y me decían "gordo boludo", ahora me premian, me pagan y me aplauden.

Mirá el video de "La Reina de Marte" por Massacre

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