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Brillo de una piedra extraña

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12 de septiembre de 2009  

Yo era una brasa

Por Roberto Echavarren


HUM

152 Páginas

$ 37

En Luces de bohemia , Ramón del Valle Inclán equipara el esperpento con el efecto de distorsión de una imagen que se proyecta sobre un espejo cóncavo. "Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos -escribe el gran novelista y dramaturgo español- dan el Esperpento." Más allá de la evidente y deliberada connotación grotesca de la palabra, lo interesante de esa estética es que ofrece un punto de vista -heterodoxo, barroco, y con fuertes raíces en la literatura hispanoamericana- que no puede reducirse a una mera parodia de la realidad o a una anomalía retórica del lenguaje.

Como un capricho surgido de la pluma cóncava de Valle Inclán, la primera persona que se enuncia en Yo era una brasa reniega del casticismo y las formas clásicas tanto como adora la distorsión y se complace en unir los antípodas. Todo se curva en su pelambre adusta, todo serpentea, oscila de género, cambia de ambiente social y de ralea. Lo bajo se embrolla con lo alto, lo humano se animaliza, lo negro se diluye en su contrario, y viceversa. Justamente por eso, porque carece de contornos o límites precisos, puede afirmar: "Yo no termino de encontrar mi horma. Considero que no tengo ninguna, o muchas, unas más que otras. Pero me descoloco. Siempre me descoloco". Así, este "yo" camaleónico e impersonal puede meterse en la piel de Lágrima Ríos -legendaria y sufrida cantante uruguaya de candombes- del mismo modo que puede convertirse en un joven pastor africano, en una travesti o un gaucho de la Banda Oriental, en el parche de un tambor, o inclusive en los oscuros avatares de una máquina lisérgica.

"Debemos ser o llevar una obra de arte", dijo alguna vez Oscar Wilde (¿sospecharía Wilde, acaso, que las múltiples máscaras de Michael Jackson cumplirían, al pie de la letra, su consigna?), sentando el precedente de una crisis en los modos de representación cultural -y de representación de la identidad- que recién ahora empieza a manifestar sus verdaderos síntomas. Llevada hasta sus últimas consecuencias, la esperpentología, que es quizás una variante extrema del dandismo finisecular, trasciende los estrechos límites de la afectación estética y nos devuelve una mirada profundamente crítica y desprejuiciada de nosotros mismos.

Como lo hiciera antes -en Ave Roc - con la figura del cantante Jim Morrison, Echavarren apela en esta novela breve a otro ícono popular para desmantelar los supuestos académicos del buen gusto y la corrección política, poniendo en escena un texto fetichista, oblicuo y provocador. De un modo análogo a quien está dedicado el libro, Lágrima Ríos, "la perla negra del tango", Yo era una brasa se enquista como una piedra extraña dentro del actual panorama de la narrativa rioplatense.

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