Un náufrago que no aparece y un padre que no deja de buscar

Jorge Fernández Díaz
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12 de septiembre de 2009  

Lola tenía 91 años, estaba paralizada por la artrosis y sus familiares le inventaban todo el tiempo e-mails y cartas, en los que Pablo Valls, su nieto aventurero, contaba peripecias laborales y apócrifas en un lejano astillero de Brasil y le mandaba besos y abrazos.

Cuando Lola empeoró y se vieron obligados a darle morfina para el dolor, ella tuvo, paradójicamente, un momento de lucidez. Fue cuando les dijo: "Se ahogó. Yo sueño que Pablo se está ahogando. Pablo se ahogó". La abuela finalmente murió y Christian Valls, el padre de Pablo, supo que ya no había ningún impedimento para contar la verdad. Para que los periodistas argentinos publicaran su inquietante historia de naufragio y misterios.

El padre de la víctima es un técnico aeronáutico que fabricó más de sesenta embarcaciones y que tiene una microempresa dedicada a confeccionar cascos para policías, militares y motociclistas civiles. Hace 42 años que vive en una vieja casa de Liniers al Sur y tuvo siempre predilección por la naturaleza, el paracaidismo y otros deportes de riesgo.

Tuvo también dos hijos varones y cuando éstos eran chicos los tres jugaban a nadar hasta el horizonte. Salían de la playa dando brazadas ydespués de dos horas y media de buen ritmo llegaban a un punto en el que ya no veían la línea de la tierra. Recién entonces regresaban.

Pablo Valls había cumplido 37 años, tenía la misma profesión de su padre y además era profesor de natación y guardavidas, título que le había extendido la Cruz Roja Internacional. En la costa atlántica había salvado más de cien vidas. Era alto, atlético y rubio como un vikingo, trabajaba de skipper profesional, trasladando barcos, y vivía en el Mariana 1, un velero que tenía amarrado en el puerto de San Isidro. Conocía al dedillo el oficio del mar y sus amigos le decían "El Perro", porque, como Patán, se reía entre dientes.

Riguroso y obsesivo del trabajo a bordo, pasó la Navidad de 2002 acondicionando el velero. Se había jugado el bigote con un camarada hacía unos meses, cuando llevaban dos barcos a Mar del Plata y enfrentaban una tormenta. Por VHF, Pablo le había dicho que se afeitaría si lograban atravesarla. Y así fue. Esa era la clase de hombre indomable en que se había transformado: un tipo que medía los riesgos, pero los corría, y que necesitaba de vez en cuando una inyección de adrenalina para seguir viviendo a pleno.

Su padre, acostumbrado a todo, le había pedido, sin embargo, que lo llamara desde La Paloma, adonde se dirigía en su primera escala. "Sólo para saber que llegaste bien", le recalcó. Pero Pablo temía dejar el velero solo porque en esos puertos siempre hay hurtos, de manera que pasaron veinte días sin noticias y sin que el padre se extrañara demasiado.

La preocupación empezó alrededor del 15 de febrero, cuando Christian llamó a los amigos y se dio cuenta de que nadie sabía nada. "No te preocupes -le decían-. Debe de estar con una novia, en una playa panza arriba." Pero Christian ya tenía mal pálpito y armó una cadena de avisos a través de radioaficionados.

El 8 de marzo, el tripulante de otro velero avistó en la bahía de Santa Lucía el mástil de un barco hundido. La Prefectura de Uruguay envió dos embarcaciones y un helicóptero. Un buzo bajó en busca de algunas respuestas y de un cadáver. Se trataba efectivamente del Mariana I, pero no había ningún cuerpo por ningún lado. Un vecino de amarras de Pablo le avisó al padre. "Es duro lo que te tengo que decir -le anticipó-. El barco está hundido, pero «El Perro» no aparece."

* * *

Valls viajó de urgencia a Uruguay pensando que era prácticamente imposible que su hijo se hubiera ahogado. Era un experto en navegación, un nadador de aguas abiertas; el velero yacía recostado a siete metros de la superficie y hubiera sido relativamente fácil para Pablo bracear catorce kilómetros hasta la costa. Valls iba preocupado, pero no devastado. Estaba acostumbrado, de alguna manera, a los peligros. A los 19 años un amigo, jugando con una pistola 9mm, le había metido una bala en la frente: el proyectil había recorrido el cráneo sin tocar el cerebro y Christian se había salvado de milagro. Y luego había sobrevivido a dos naufragios con la racionalidad intacta y con un espíritu sano y positivista. Tenía un temple especial, una cierta compostura de hidalgo moderno.

La inspección del Mariana I, sin embargo, lo dejó alelado. En la dársena naval, en proximidades de la terminal del Buquebús, y luego de inexplicables dilaciones en el operativo de reflotamiento, el barco destrozado y barroso colgaba para la ocasión. Tenía un enorme boquete en un costado. Algo lo había embestido en medio del océano.

Luego Valls conseguiría realizar un fino peritaje. Una y mil veces revisaría los hechos con su ojo experto y con ayuda de otros especialistas, y sacaría las deducciones del caso. El velero de Pablo había sido chocado en la aleta de babor por una embarcación un poco más pequeña. El golpe provocó dos orificios, unidos por una gran quebradura en la línea de flotación y cerca de la popa. Fue tan fuerte el impacto que arrancó el tanque de combustible y el agua empezó entrar a gran velocidad. Las bombas de achique no habían servido, aunque Valls notó que estaban encendidas.

"Eso demuestra que Pablo no quedó atontado por el golpe -me explica-. Incluso se ve que intentó detener el agua amarrando el gomón para usarlo de parche, una técnica que él mismo enseñaba. Pero por alguna razón no tuvo tiempo de inflarlo."

Valls habla de manera didáctica, sin dramatismo, pero con un evidente dolor lleno de pudores. Estamos en Liniers, pero nos sentimos en medio del mar, aquel día negro en que cambió su historia. "Mi hijo trató de enviar un mensaje de auxilio ( mayday , mayday ) porque vimos que el VHF estaba todavía encendido y a máxima potencia de transmisión. Venía navegando a motor y con poco viento. Estamos seguros de esto porque traía la vela genoa enrollada, la mayor a tope y el timón de viento automático desconectado. Las luces de navegación estaban apagadas y las de los instrumentos permanecían encendidas. Eso sugiere el amanecer. Pablo navegaba hacia el Este, con el sol de frente."

La colisión fue violenta, pero el barco de "El Perro" no chocó con un tronco o una piedra; fue embestido por una de esas chalanas que utilizan los pesqueros artesanales o tal vez por un velero de cubierta baja, que prácticamente le incrustó el ancla que llevaba fija en la proa. Y aquí comienzan los verdaderos enigmas. ¿Por qué faltaba de a bordo un televisor y estaban cortados a cuchillo sus cables? Ese televisor era inservible después de un mes de hundido: nadie en su sano juicio querría robarlo de la dársena. Tuvo que haber sido robado antes de que el Mariana I se hundiera. ¿Un miembro de la tripulación de la chalana saltó a cubierta del barco de Pablo y lo redujo a punta de pistola? ¿O se trató de un simple accidente? ¿Por qué si Pablo estaba vivo y lúcido después del impacto, y junto al barco que lo embistió, no pudo salvarse? ¿Cayó al agua y quien lo chocó no quiso ni socorrerlo? ¿Se ahogó nadando hacia la costa? ¿Pudo ahogarse un nadador olímpico en aguas tranquilas y templadas, a plena luz del día? ¿O se trató de un abordaje a la fuerza, un atraco en medio del mar seguido de asesinato?

* * *

Cuando Christian Valls, ya quebrado por el dolor, regresaba a Buenos Aires, un funcionario argentino llamó a su celular y le dijo: "Hablen lo más alto posible. Hay algo de este asunto que no cierra".

En Uruguay les pidieron al padre y al hermano de "El Perro" que no fueran a los medios, que no ventilaran el asunto. Pero todo empezaba a oler mal y Christian fue a la radio y a la televisión; habló del expediente, mostró las contradicciones y dio indicios sobre un hundimiento seguido de pillaje y de silenciamiento.

En muchas ocasiones el padre consternado regresó a la costa uruguaya. Se mezcló entre los pescadores y se fue enterando de que junto con honestos trabajadores del mar hay ex convictos dispuestos a todo, delincuentes del agua que rapiñan y viven de fechorías diversas. Hacía algunos años, Valls se había enfrentado con uno de ellos en el Delta: mientras dormía en su propio barco escuchó que se acercaba sigilosamente en la noche un bote y que un asaltante trepaba a cubierta. Valls sacó su pistola plateada, le apuntó a la cabeza y el sujeto se tiró al bote y salió arando en la oscuridad.

"En esas zonas negras de la costa hay mano de obra desocupada dispuesta a cualquier cosa y protegida por gente del poder", me dice. Jura que pusieron varios palos en la rueda de su investigación, que desaparecieron muchos efectos personales de Pablo y objetos de a bordo, que se perdieron evidencias y que la causa está llena de lentitudes sospechosas y conspiraciones de silencio. Y no sé qué pensar: si es un padre dolorido y obsesionado que no puede aceptar la muerte de su hijo, o si simplemente tiene razón y Pablo Valls fue blanco de piratería con algún tipo de protección oficial.

Me cuenta muchas anécdotas con nombre y apellido que son incomprobables para un periodista y que no puedo reproducir. Pero de pronto le creo con las entrañas cuando me dice: "Yo sé que ellos saben lo que pasó". "Ellos" son ciertas autoridades navales de la otra orilla.

Dos años estuvo caminando esa costa, recabando información sobre la mafia de los puertos, hablando con gente del asunto. Y un día se topó con el concepto "shock amnésico postraumático", y consultó a un psicólogo y a una psiquiatra para tratar de entender los alcances y formas de ese diagnóstico. La psiquiatra le contó una anécdota terrible y le activó la esperanza: "El esposo de mi prima iba en tren por Europa. Se fue a tomar el fresco y en una curva cayó a la nieve. Estuvo perdido y fue dado por muerto. Tenía amnesia. Y dos años después recuperó la memoria y reapareció".

Tal vez Pablo está vivo en tierra, sin memoria ni identidad, pensó Christian, con los nervios crispados. Puso pegatinas y posó en calles populosas junto a un póster con la cara de su hijo. Y recorrió todos los hospicios de Uruguay buscando un rostro entre muchos. En aquellos tiempos soñaba a repetición que "El Perro" estaba sentado en un catre, y había un pasillo con baldosas rojas y cremas, y unos ventanales. En una ocasión, mientras visitaba el Hospital Pasteur de Montevideo, vio en Psiquiatría el mismo pasillo, las mismas baldosas, el mismo ventanal y a un chico de espaldas, con el pelo largo y rubio. "Me latían las sienes -me cuenta-. Me acerqué y le toqué el hombro? Y nada que ver. No era Pablo." Lo repite: "No era Pablo".

* * *

Se acostumbró Christian Valls a convivir con la ausencia, a echarlo de menos con toda intensidad, a recordarlo de chico, a abrazarlo en sueños. "Tal vez el hijo de un empresario poderoso se lo llevó por delante y se dio a la fuga, y es por eso que taparon todo", pensaba. Y al rato se decía que su hijo podía aparecer en cualquier momento. Su hijo era fuerte y podía volver. Podía hacerlo.

El 26 de enero de 2004 le dio un vuelco el corazón: apareció un cadáver en un arroyo de la bahía de Montevideo. Le mostraron las fotos. Estaba descompuesto y desfigurado, pero era rubión y atlético, y tenía barba y bigote. "Es castaño", opuso el padre, negando con la cabeza. Le dijeron que el agua de río modifica el color del pelo. "Pero salió afeitado de Buenos Aires", replicó Christian. "El pelo crece después de muerto", le refutaron. "Pero no tanto, yo también leí criminalística -se enojó Valls-. La contracción de la muerte puede producir un pequeño vello, pero nunca una barba de quince días como es ésta."

Aún así, había varias coincidencias y comenzó a pensar lo que no quería. Que, finalmente, tal vez se tratara de Pablo. Solicitó que le tomaran al cadáver una muestra del fémur para chequear si tenían el mismo ADN. Pero los resultados fueron negativos. Tantas cosas extrañas habían ocurrido en Uruguay que Christian pidió una contraprueba con un perito argentino. El juez ordenó que el cadáver no fuera cremado hasta tanto se realizara el nuevo análisis, pero dice Valls que no le hicieron caso. El cuerpo fue destruido, sin dilaciones ni ceremonias, en un crematorio.

"¿Te das cuenta? -me pregunta-. Demasiadas cosas raras, demasiadas ganas de cerrar rápido la puerta." Pienso que tal vez tenga razón. O que a lo mejor se trata de la clásica indolencia burocrática de los sudamericanos. Por momentos, Christian Valls siente que todo está claro, que conoce la cara de los asesinos. Y por momentos se entrega a la idea fatalista de pensar que Pablo nunca volverá a casa y que no tendrá ni siquiera un cuerpo para darle sepultura. Durante seis años fue el detective de un caso que está oficialmente clausurado. Pero no quiere rendirse. Antes de despedirme toma un pequeño papel amarillo y escribe una cita clásica de Sherlock Holmes: "Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que pueda parecer, es la verdad".

Pero quizá la verdad no sea tan cartesiana como parece. Quizá la vieja abuela de Pablo, a quien mantenían viva con mentiras piadosas, entrevió la verdad en esa epifanía final, cuando tomó la mano de Christian Valls y, como si le estuviera pidiendo que lo aceptara de una vez por todas, le dijo, antes morir: "Se ahogó. Yo sueño que Pablo se está ahogando. Pablo se ahogó".

Llueve sobre Liniers.

El personaje

CHRISTIAN VALLS

Padre de un joven navegante que desapareció hace seis años

  • Quién es: Christian es técnico aeronáutico. Su hijo Pablo tenía 37 años y era un experimentado timonel de veleros y un gran nadador de aguas abiertas.
  • Qué pasó: Pablo zarpó del puerto de San Isidro el 8 de enero de 2003 en el velero "Mariana I". Se dirigía a La Paloma. El 21 de marzo, el barco apareció hundido en la bahía de Santa Lucía, en la costa uruguaya. Tenía claros indicios de haber sido golpeado por otra embarcación. El cadáver no apareció jamás.
  • La investigación: Christian sigue adelante, a pesar de que la causa judicial fue cerrada. "El compromiso con mi hijo es de por vida", dice. Y abrió un sitio web para mantener la pesquisa abierta: www.pablovalls.com.ar
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