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Claudia Sánchez. siempre de pie

Fue "la" modelo de los 60 y los 70. Pero un día no se supo más de ella. En Colonia, lejos del mundanal ruido, evoca muchos momentos de su vida... un gran amor
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20 de septiembre de 2009  

Fue "la cara" de los 60, de los 70. Su rostro -distante, personalísimo- estaba en todas partes: jabones, bebidas, cosméticos, autos, cigarrillos... Sobre todo cigarrillos, porque ella, junto a un hombre que la acompañaba a todas partes, supo recorrer los lugares más inimaginables del planeta de la mano de una famosa marca de tabaco que aún hoy se consigue en los quioscos.

Pero un día, cuando la Argentina libraba una batalla de final anunciado en las islas Malvinas, ella, Claudia Sánchez, decidió salirse del juego. Por voluntad propia, asegura. "Una revista organizó una producción mía con caracterizaciones muy sofisticadas y glamorosas. Pero salió publicada en el mismo número en que la tapa eran los soldaditos muriendo en las islas. Me indigné, me puse en el lugar de las madres de esos chicos... Agarré a mis dos hijos y me fui a vivir al campo, cerca de Chascomús. No quise aparecer más", recuerda con tristeza mientras afina la mirada de sus ojos turquesa sobre un jardín que mira al río en esa ciudad donde, desde hace casi una década, eligió vivir.

-¿Por qué Colonia?

-Porque la conocí sola. Venía con el barco, pero nunca la había caminado. Todo lo de acá era nuevo y era mío: mis amigos, mi casa, mi melancolía. Fue y es como un abrazo. Me llevo bien con la gente, hice amigos. La conozco bien, la tengo recorrida en auto, en moto.

-¿Te gusta Colonia o todo Uruguay?

-Uruguay me parece perfecto. Tiene algo que se pierde, sobre todo en Buenos Aires, que es el valor del tiempo. La gente cruza por la calle segura de que no la vas a pisar.

-Recorriste bien Colonia en auto y en moto. ¿Te gusta manejar?

-Mucho. Desde chica. Aprendí sola. Y acá se disfrutan mucho los autos. Tengo un Ford A modelo 1929, con todo original, como yo (y se ríe con una carcajada)... Hace poco gané el Rally del Río de la Plata. Con un auto de estas características no es sencillo.

-Antes dijiste que tenés todo original. En una época de tanta cirugía estética...

-Pero es así. Las estéticas me parecen agresivas. Todas las caras que veo son iguales, y cada vez peor. Los ojos abiertos, la boca tensa… No puedo evitar mirarlas. Parezco un chico. Yo soy muy natural. No uso cremas ni siquiera: me hacen sentir engrasada.

-¿Te llamó algún cirujano plástico?

-Todo el tiempo. ¿Y vos te creés que lo mando a la miércoles? No, para nada. Le digo gracias, cómo te preocupás por mí. Seguramente le darían una comisión si me llevara y le sacarían una nota en el diario, y él está buscando una forma de vivir... o de promoverse. Peor sería robar o matar.

-¿Jamás una cirugía estética?

-Bueno, si los párpados se me caen mucho más y me impiden ver... Tuve que operar a un perro por esa razón. Es importante tomar la vida y aceptarla como es. Yo veo mis fotos y veo a una mujer grata. Y no me preguntes la edad: en mi familia, no se habla ni de política ni de edades (risas).

-¿Hacés dietas, gimnasia?

-No me limito mucho con la comida, pero soy prudente, aunque con los años engordé. No voy a ningún gimnasio. Detesto ir a transpirar... Pero soy deportista: natación, equitación. Siempre lo fui.

Suena su teléfono celular. La conversación es breve y se desarrolla entre risas.

-Me vas a disculpar, pero no puedo perderme esto -dice, mientras abandona el sillón rojo de uno de sus lugares preferidos en Colonia, el bistró Lentas Maravillas-. Mis amigos me invitan a comer mondongo.

Video

* * *

La charla se reanuda después.

-¿Dónde naciste?

-En Palermo, en Malabia y Santa Fe, en la cocina de mi casa; atendió el parto mi abuela, la mamá de mi mamá. Mi papá era empleado en Obras Sanitarias. Bien pago. Respetado. Llegaba noviembre y nos íbamos al campo hasta que empezaban las clases. Conocí el mar a los 17 años.

-¿Qué pasaba en el campo?

-Vivía la familia de mi mamá, de origen vasco. En Arizona, un pueblo de San Luis. Yo era una salvaje: andaba entre los bichos, los peones, subía a los tractores, andaba a caballo. Me crié allí, por eso sé que en la Argentina siempre hubo bronca contra el campo, porque allí estaban los reaccionarios...

-Bueno, hay una pelea histórica que se remonta al origen de nuestro país...

-Es que siempre nos vendieron peces de colores. Si me preguntás qué odio, odio la soja. La soja ha destruido el campo en pos de la rentabilidad. El trigo, el maíz, la carne son importantísimos y le siguen devolviendo al campo, son rotativos... Pero la soja despistó a todos. Se desmontaron campos y campos, vino alguien que se llenó de plata sin importarle que esos campos después fueran estériles... y andá a mejorarlos.

Del amor, la muerte y el olvido

-Tu pareja con el Nono Pugliese... ¿Cuánto duró?

-Casi 30 años. Me enamoré de él a los 21, ya separada de mi primer marido y con una hija chiquita (ver recuadro).

-¿Te enamoraste enseguida?

-No. Tardó mucho en conquistarme. Me seguía a todas partes. Me trató de usted durante meses. El Nono me ganó por cansancio. Y yo me enamoré del amor; el amor es contagioso. Me demostraba todo el tiempo cómo me quería, con miles de cosas, sin dramatismo y con mucha libertad. Nuestros primeros 12 años fueron así, me quiso con pasión, no había nada mejor que yo.

-¿Qué pasó después?

-No sé, eso es lo raro, porque uno, cuando está muy expuesto… hay envidias, hay celos, hay mujeres que se dedican a sacarle el marido a otras, y se debe haber desgastado algo; si la puerta está cerrada no entra nadie...

-Después de Nono, ¿formaste pareja?

-No... Pero no me voy a morir sin vivir algún nuevo gran amor.

-¿Buscarías a alguien parecido a él?

-No. En su momento él fue lo mejor. Pero ahora me parecería un mamarracho total. Ahora busco a un gran abrazador.

-¿Y él no era abrazador?

-Yo no quiero ocupar más la delantera. Yo conocía a un barrendero y lo convertía en un aeronáutico... Basta, quiero conocer a un linyera y que siga siendo un linyera... Como en matemáticas, despejar la X y ver rápido el resultado, sin tanta incógnita.

-¿Te gustan los hombres atractivos?

-No, para nada. Me gustan gorditos. Los hombres tienen que ser gozones, perderse por una mujer y un plato de tallarines...

-¿Qué fue la muerte del Nono?

-Un golpe muy fuerte... El desapareció. Punto. Pero la que quedó con el cuchillo en la espalda fui yo. Cuando Nono murió ya hacía un año que nos habíamos separado. Nunca estuvimos casados legalmente. En ese momento estaba como anestesiada. Tuvieron que pasar muchos años; pero lo sueño bien; no estuve enojada; sí, con un sufrimiento muy feo que no le deseo a nadie.

-Quedaste como en un grito, como el cuadro de (Edgard) Münch...

-Sí, así. Nunca se me había ocurrido.

Los trabajos y los dias

-¿Cómo empezó tu carrera?

-A los 17 años mi hermana decidió que había que sofisticarme. Fui a trabajar con una productora de publicidad para la preselección de la cara de Pond’s, que hacía la campaña internacional en la Argentina. Venían los americanos. Al tercer día preguntaron con quién se quedaban. "Con la que está detrás del vidrio", dijo. "Pero ésa no concursó", le contestaron. Era yo.

-¿Fuiste una de las primeras en usar minifalda en la Argentina?

-Sí, entre la rodilla y la mitad de pierna, nunca más cortas. Es de mal gusto. En mi época, y con gestos simples, sin "mostrar" ni cola ni lolas los hombres se cortaban el cogote. "Llamame, te espero"; con eso bastaba.

-Te hiciste famosa por una marca de cigarrillos. ¿Fumás?

-No, hace años. El cigarrillo fue como todo: una moda. Hubo una época en que hasta los médicos fumaban y lo recomendaban.

-¿Aceptarías hacer TV?

-En un canal hecho para mí (risas)... Sí, haciendo algo de turismo, pero no muy masivo; buscando lugares, que en eso soy fuerte: mostrarle a la gente lo que quiere ver.

-¿Tomás medicación antiestrés?

-No. No sé lo que es tomar una pastilla. Nunca tuve problemas para dormir. Porque no me los hago. Si no duermo, leo: duermo cuando tengo sueño. Total, ya no tengo que mandar chicos al colegio.

-¿Propuestas de trabajo?

-Me llaman, pero no me tientan. En este momento, si no es con garantías, aunque sea de que te cuiden… No me interesa que me larguen ahí, si la cosa sale mal. ¿Para qué?, prefiero seguir con los ladrillos, hacer una piecita, otra, pintarla, venderla, alquilarla.

-¿Es el trabajo que hacés?

-De eso vivo: compro una casa, un departamento, lo reciclo, lo vendo... La arquitectura me encanta, y como no soy arquitecta puedo "delirar" más. Compré un departamento en República de la India cuando a nadie le gustaba vivir frente al Zoológico. A partir de ahí fue moda; me fui a la casa de Gorostiaga, una casa destruida que hicimos reconstruir y luego fue embajada de la India; después, a la de Rufino de Elizalde; después, a campos en puntos muy bien ubicados y di el gran salto, y luego, el gran salto me lo dio el banco, que me dejó boquiabierta.

-¿Te agarró el corralito?

-El corralazo. Y dije "me sacarán la plata pero no la sonrisa". Con un cuadro compré una casa; con otro, un departamento... Esto me permite vivir austeramente, con dignidad. Me reciclé.

-¿Siempre de pie?

-Sí. Es una frase que me identifica. Totalmente.

En pocas palabras

Su nombre es María Claudia Peternolli, hija de Antonio Peternolli y Aurora Ihitsagüe. Su hermana, Lilian, 9 años mayor que ella, es artista plástica. Tiene dos hijos: Candela, de su matrimonio con el escenógrafo Armando Sánchez, que vive en Saint Thomas, y Francisco, de su unión con Nono Pugliese.

Tiene una perra de raza yorkshire, Maga, que la acompaña a todas partes. Y también tres nietos: los mellizos Pedro y Aurora Dulce -hijos de Candela-, de un año y medio, y Francisco -hijo de Francisco y María Alfonso-, que tiene 10 años y nació en EE.UU., donde su hijo está radicado hace más de 20 años, al frente de la productora D´Avant-Garde, en Los Angeles.

Luego de retirarse como modelo, se dedicó a la producción junto a Pugliese, en las productoras Film Records y Leon Producciones.

Tanto Armando Sánchez como Nono Pugliese murieron en forma repentina: Sánchez, de un ataque masivo; Pugliese, el 9 de julio de 1993, a los 49 años, cuando cayó al intentar escapar por un techo de la cámara de un fotógrafo que quería retratarlo en un restaurante junto a una mujer bastante más joven que él.

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