El canto eterno de José Larralde

Regreso: el folklorista de barba espesa y larga fama brindará hoy, a las 21, un recital en el Astral para presentar su disco "Trayendo ayeres" .
Gabriel Plaza
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14 de noviembre de 1998  

José Larralde es el último bastión del folklore. Un renegado, le dicen algunos. Una leyenda señala la gran mayoría. A esta altura Larralde es una suerte de patriarca. Un decidor que acarrea realidades y las expresa desde esa voz honda, de otro tiempo.

Un guitarrero que se ha colocado al margen del mercado discográfico y ha transitado en soledad, alimentando un mito, que se corrobora en la buena convocatoria de sus recitales, casi sin publicidad, donde conviven chicos con camperas de cuero y aficionados al folklore.

Ese hombre que anda a cuestas con su guitarra, su canto sencillo, por los caminos del país llega a la capital. José Larralde se presentará hoy, a las 21, en el teatro Astral, Corrientes 1639.

En cada uno de sus recitales sus seguidores le rinden una devoción casi litúrgica. Para ellos es el decidor implacable que dice sus verdades desde la resonancia de su guitarra. El músico que pinta su aldea con sus miserias y fugaces alegrías.

Una eterna milonga

En todos estos años el músico acumuló más de treinta placas y es el autor, entre otras, de obras emblemáticas del canto sureño como "Herencia para un hijo gaucho". Siempre le ha preocupado reflejar los ritmos de esa región olvidada de La Pampa y más al Sur. Aunque desde hace tiempo vive en Avellaneda.

Todo eso se completa con una imagen que parece detenida en el tiempo, la barba espesa, su vestimenta sencilla y su verba lunfarda y de campo adentro.

El cantor nació en Huanguelén, ubicado a 200 kilómetros de Bahía Blanca y esta atado a una suerte de destino orillero. "Mis canciones son de cuneta, son historias que voy encontrando por el camino con gente que vi y otras que viví", suele definirse.

Paso por todos los oficios antes de ganarse la vida con una guitarra. Fue peón, tractorista, mecánico, albañil, canchero y soldador. Cambió canciones por comida y poco a poco su figura se empezó a agigantar.

Sus letras de alto contenido social, que se clavaron como un puñal en la conciencia social, fueron censuradas por los militares. Y su voz siempre molestó al ambiente folklórico ortodoxo.

Larralde es, ante todo, una rara avis dentro del canto criollo.

Su voz pausada, grave, encendida, se ensambla con esa música que se antoja como una milonga eterna. En todo este tiempo maceró un sonido inconfundible, que parece la banda sonora ideal para pintar un paisaje inequívoco ubicado en un atardecer de mate amargo, debajo de un ombú y paisanos con la mirada perdida en la llanura pampeana. El prefiere dejar el mito a un lado, y sin espacio para la ambigŸedad reitera con firmeza:"No soy un folklorista, ni siquiera me considero un músico o un poeta, sino más bien un escribidor que se acompaña de una guitarra".

Sin Cosquín

José Larralde hace más de tres décadas que está ausente del Festival Nacional de Folklore de Cosquín. El año pasado estuvo cerca de volver al festival, pero las negociaciones se frustraron a último momento y el cantor prefirió seguir con su gira por festivales que siempre lo convocan. Para la nueva edición su nombre tampoco fue mencionado.

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