Guillermo Larregui, el vasco de la carretilla

Unió los puntos cardinales del país, al que llegó en su juventud luego de haber recorrido caminos europeos
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10 de octubre de 2009  

Algún memorioso quizá recordará las epopeyas de Guillermo Larregui, aquel vasco que unió todos los puntos cardinales del país al que llegó en su juventud, luego de haber recorrido también muchos caminos de Europa y el norte de Africa como simple trotamundos.

Luego de su arribo a la Argentina, se había instalado en la Patagonia, donde trabajaba como minero, y se dice que un simple desafío lo puso de nuevo en el camino: aseguró que era capaz de caminar hasta Buenos Aires empujando una carretilla. Y así lo hizo; once meses más tarde, el 25 de mayo de 1936, ingreso en la Capital Federal en medio de un recibimiento del que participaron altas autoridades políticas nacionales y que quedó registrado como noticia destacada en este matutino.

Esa fue la primera epopeya que popularizó a El Vasco de la Carretilla, un hombre que ya tenía casi cincuenta años cuando hizo ese primer recorrido, al que luego se le sumaron unos cuantos viajes más. El siguiente fue recorrer desde Coronel Pringles hasta La Quiaca, a donde arribó en diciembre de 1938; otro posterior lo llevó por los caminos que iban desde Villa María hasta Chile, pasando por Mendoza y de ahí a La Paz, Bolivia. Su última travesía lo condujo al punto del país que sería su lugar de residencia definitivo: Misiones. Allí, en el Parque Nacional de Puerto Iguazú levantó su casilla y transcurrió la etapa final de su vida, disfrutando de un lugar paradisíaco que a menudo era visitado por turistas con los que hablaba de caminos recorridos y lugares del mundo visitados, comunicándose, según la ocasión, en alguno de los cuatro idiomas en los que a fuerza de andanzas se había tenido que a expresar. Larregui dejó pasar allí los últimos tiempos de una apasionante existencia que terminó a mediados de los sesenta, a sus ochenta años.

Sus hazañas de caminante que comenzaron a hacerse públicas por el boca a boca de los admirados y circunstanciales testigos, luego pasaron a las páginas de los periódicos y más tarde fueron llevadas a los libros y al cine. Curiosamente, todas estas expresiones artísticas se ocuparon de un hombre tan sencillo como fuerte y libre, que llevaba en su carretilla lo necesario para el cuerpo y encontraba en los caminos el alimento de su alma. La solidaridad de la gente, especialmente de la colectividad vasca, hacía más tenues las peripecias que debía enfrentar.

Vaya a saber qué pasaba por la mente de ese hombre durante aquellas interminables caminatas por un país tan lejano al que lo había visto nacer, que lo sometía a todo tipo de climas y condiciones de suelo, haciendo de esos raids autenticas odiseas. Sus compañeras de ruta, las carretillas de rueda de hierro y caja de madera que eran su casa en cada travesía, quedaban al final de la misma en manos de algún amigo o a la guarda de algún museo como testimonio de esa etapa.

Iniciaba la siguiente con otra distinta, con la que debía transitar los precarios caminos que había en los años treinta y cuarenta en la Argentina.

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