40 años

Los comienzos de LNR, algunos de los nombres que pasaron por las páginas de la Revista, y las anécdotas jugosas y cotidianas de una historia que continúa...
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8 de noviembre de 2009  

La Revista dominical de La Nacion se creó en 1969 para reemplazar con un criterio más amplio y moderno al tradicional Suplemento Gráfico, impreso en rotograbado y de características imágenes en sepia. Con el tiempo, la Revista se convertiría en uno de los productos más cuidados de La Nacion y en la puerta de ingreso de muchos de los periodistas más conocidos y de larga trayectoria dentro del diario.

La nueva publicación incluyó desde el comienzo la reproducción de fotografías, ilustraciones y avisos en color. El primer jefe de Redacción fue Ambrosio Vecino, ex director de Vea y lea, y que había estado a cargo del Suplemento Gráfico.

Al principio, las notas reflejaban sobre todo el movimiento cultural; luego comenzaron a publicarse investigaciones sobre temas de interés social y de actualidad.

Octavio Hornos Paz, secretario general La Nacion, creó la sección Personas y Personajes, a la que se le reservaba la primera página de la Revista, donde aparecían fotografías de los principales acontecimientos sociales de la semana. De inmediato se convirtió en la mejor vidriera de Buenos Aires. Todos querían aparecer allí, obedientes a la consigna "Figuración o muerte".

Entre los colaboradores de ese período inicial había varias mujeres: las escritoras Luisa Valenzuela, Inés Malinow y Alicia Dujovne, así como la periodista Ana O’Neill, entre otras.

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De Inés Malinow se contaba una anécdota que había sucedido tres años antes de la aparición de la Revista. Cuando Jackie Kennedy vino a la Argentina en 1966 y fue a la quinta de Olivos a visitar al presidente Illia, Inés franqueó todos los controles sin que nadie se atreviera a preguntarle nada a esa mujer elegante, de un chic imbatible, que avanzaba con seguridad por el parque como si fuera una invitada especial. Así, entró en la casa y, de pronto, tuvo delante a la mismísima Jackie, que estaba sola, vaya a saber por qué extraño percance del protocolo. Como si fuera la cosa más natural del mundo, Inés se puso a conversar con la viuda más famosa del mundo. Hasta que aparecieron la custodia, el presidente y los diplomáticos. Por un lado, se asombraron de ver a esas dos mujeres que charlaban con absoluta naturalidad como si se conocieran de toda la vida; por otro, quedaron estupefactos e inquietos por aquella falla en la seguridad.

Flora Novillo Corvalán se ocupaba en la revista de las producciones de moda y Marta Wildner, de los temas de decoración. Siempre se las veía acarreando bolsas con vestidos, lámparas, accesorios. De todas las secciones fijas, la que quizá tenía más fieles era el criptograma literario. Luisilda Carrera estaba consagrada a esa tarea como una especie de sacerdotisa, perfectamente anónima, cultivando un perfil bajísimo. En cierta oportunidad se le hizo una entrevista en la sección Primer Plano (era la página que cerraba la revista). En la nota, Luisilda se quejaba de que la aplastaban con cartas de queja las contadísimas veces en que cometía un error. Agregaba, resignada, que jamás había recibido una felicitación o una caja de bombones por las ediciones en las que el criptograma no tenía fallas (la absoluta mayoría). Por último, le confió una frase inmortal a su interlocutor: "Para usted, el amor es un sentimiento; para mí, es una palabra de cuatro letras". Por supuesto, el lunes siguiente las cajas de bombones se apilaban en las oficinas de la revista. Luisilda recibió la llamada de un conductor de radio para dialogar con ella. Le habían llegado los quince minutos de fama de Warhol, pero no los pudo tolerar. Se emocionó a tal punto que se enfermó y no pudo volver al diario en quince días.

Marta Baines, profesora en letras, era una persona deliciosa y una experta en cocina de una erudición y exquisitez infrecuentes. Las recetas que publicaba cada domingo son aún hoy la fuente de inspiración de muchas amas de casa, que se transmiten los recortes de Baines como un tesoro. A menudo, algunas de sus seguidoras la llamaban por teléfono, desesperadas (no había celulares), con todos los ingredientes de una preparación sobre la mesada, para disipar una duda. Pero ella venía a la Redacción sólo una vez por semana. Entonces se enviaban motos a su casa para dejarle mensajes del tipo: "Lectora en llamas. No entiende un paso de la receta de boeuf en daube del domingo pasado. Tiene invitados hoy por la noche. Por favor, llámela a este teléfono... Amenaza con ir a la rotisería y comprar lechón".

Cuando ingresé, en 1977, en la redacción de la Revista, La Nacion todavía funcionaba en el antiguo edificio, con entradas por San Martín y por Florida. Una tarde, descubrí haciendo antesala, cabizbajo, como si fuera un desconocido, a Ernesto Sabato, que no había querido ser atendido antes que otros visitantes. Una vez que el diario se mudó a la sede de la calle Bouchard, el restaurante del sexto piso, hoy desaparecido, era un lugar de reunión, donde a menudo se armaba el sumario y se recibía la visita de Manuel Mujica Lainez, Silvina Bullrich o Bioy Casares.

A las firmas iniciales se sumaron otras, como las de los escritores Rodolfo Rabanal, Sara Gallardo y Olga Pinasco.

En los últimos años dejaron su impronta en la LNR periodistas y fotógrafos de destacada labor en ésta y otras secciones de La Nacion. Trayectorias que forman parte del presente que conocemos. Aunque quizá quede mucho por revelar...

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