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Accidentado regreso de Viejas Locas

El grupo volvió a tocar ante un Vélez repleto de fans, hubo incidentes y detenidos. Crónica integral a dos voces de lo ocurrido y fotos.
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16 de noviembre de 2009  • 10:29

Los incidentes

"Eh, amigo, hay que volver. Retirada jamás, amigo", balbuceaba, aferrado a su vino en cartón, un pibe con los ojos más rojos que el ojo rojo del logo de Viejas Locas, la banda que había venido a ver al estadio de Vélez. Rodeado de sus secuaces, fumando y escabiando, el "amigo" miraba desde muy lejos los incidentes que se desarrollaban sobre la avenida Juan B. Justo, en los accesos a la cancha, y le pedía más valor a los que llegaban corriendo desde la zona caliente. "Retirada jamás, amigo", se animaba a pedir.

El paréntesis de nueve años había terminado y los pibes estaban excitados desde temprano. Habían llegado de a miles desde todos lados en micros (no sólo los típicos naranja-escolares, sino también en coches de larga distancia, de dos pisos), camionetas y bondis, y más tarde la cifra oficial especularía con 40 mil asistentes. El campo del estadio de Vélez se fue llenando todavía con sol, para quedar hecho un hervidero a las diez de la noche, cuando el show comenzó. Tal vez comparable al de Soda Stereo, este regreso convocó fuertemente a los fans, pero en Vélez no había marketing ni sponsors: con Viejas Locas alcanzaba.

La banda no estaba sola. Afuera, los stones y la policía se reencontraron después de años sin verse las caras. De un lado, pibes excitados y listos para la fiesta y los excesos, algunos sin entradas pero con aguante; del otro, milicias azules cabeza de tortuga, con bastones, balas de goma y gases lacrimógenos, y el apoyo del carro hidrante, del helicóptero y de la montada. ¿Era para tanto? Al menos 30 personas resultaron heridas y 44 fueron detenidas: las estadísticas se enmarcan en el linaje de la larga guerra de los Redondos y no es casualidad, porque ayer fue una típica noche de la era pre-Cromañón (que incluso contó con un par de bengalas en el campo, durante el show).

Cómo comenzaron los disturbios importa poco. Porque fue como siempre: el primer choque se dio en la puerta 6, la del campo, donde el laberíntico vallado que guiaba el acceso fue derribado al grito de "¡Vamo’ Vieja Loooooo’!" y el embudo que la policía había montado como estrategia de cacheo se desparramó hacia adentro, a las corridas, directo al campo. Entonces aparecieron los caballos por primera vez.

La barra brava de Vélez habría provocado otros incidentes, más tarde, apretando a los propios asistentes. Por eso fue silbatina cada vez que -ya dentro del estadio y entre tema y tema- quiso imponer sus himnos de cancha. Más tarde hubo gases lacrimógenos y chorros de pintura azul. Gente corriendo, gente llorando. "Me pica el cuerpo y me arden los ojos por esa basura picante que echaron, ¿me lo merecía? Yo y tantos otros, muchos otros, que pagamos la entrada, juntando moneda a moneda para llegar a ver el regreso de una banda de la que nos sentimos parte, ¿todos nos merecíamos que pasara esto?", posteó una tal Maga en uno de los sitios dedicados a Viejas Locas. Como Maga, cientos (¿miles?) de fans de Viejas Locas tienen hoy su entrada sin cortar. El ticket –amarillo, rutinario, mediocre- ya no sirve como trofeo rockero, sino como ilusión de lo que podría haber sido.

El show

Mientras los ánimos se caldeaban sobre la avenida Juan B. Justo, adentro del estadio, Pity y compañía se preparaban para salir al escenario con una extensa intro bastante volada. "1, 2, 3, va…", dijo Cristian Álvarez y un arsenal de fuegos artificiales coronó el arranque con "Intoxicado". Si se quiere buscar un nuevo "pogo más grande" para reemplazar el de las huestes ricoteras y su "Ji, ji, ji", debería tenerse en cuenta este comienzo: el campo del José Amalfitani estaba colmado con más de 35 mil personas que lo hicieron lucir como si todo fuese una gran primera fila. Todos uno al lado del otro, como si estuvieran contra la valla, pero a 50 metros del escenario. La vuelta tan esperada estaba en marcha.

Los efectos de fuegos de artificio no fueron los únicos recursos para realzar la escenografía. Una pantalla circular y seis filas de luces potentes que salían hacia los costados simulando al logo de la banda. Estas apoyaron cada uno de los cuelgues de la banda subiendo las luces cuando repetían las vueltas de algunos temas y bajándolas cuando terminaban, como buscando una situación de intimidad junto a Fachi, Abel Meyer y el nuevo integrante, Sergio, en largos pasajes del recital. En ese momento, justo se prendían otras en el mangrullo que también replicaban el ícono de Viejas Locas sobre el público, ahí donde se arengó, se saltó y se cantó a favor de VL durante un setlist largo en el que recorrieron sus tres discos (sonaron, entre otros, "638", "¿Qué vas a hacer tan sola hoy?", "Me gustas mucho", "Simpática demonia", "Difícil de entender", "Hermanos de sangre", "Perra", "Homero", "Niños" y "Una piba como vos").

Y en su mentado regreso, el Pity fue el Pity a pleno. Se preguntó "Cómo cambia la vida en diez años y cómo cambia en un ratito", corrió hasta los camarines, comió caramelos, tiró una guitarra al público ("Cuando no me andan las guitarras, no me gustan"), se cambió de ropa y aconsejó si iban "a tirar zapatillas, que sean 41 y algo moderno". Se movió. Quiso rock y, aunque fue y vino entre las olas de la motivación, lo tuvo. Que no se corte, y que (la próxima vez) sea en paz.

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