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De la Rúa y una lucha con él mismo

Joaquín Morales Solá
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6 de diciembre de 1998  

OTRO escenario existe en la nación política desde hace una semana. La oposición erigió al candidato a presidente que, según las encuestas de hoy, sucederá a Menem en un año. Pero la nueva dramaturgia política -más previsible, menos ardiente- envaró también al peronismo y lo metió de cabeza en una de las instancias más tensas de esta década.

Fernando de la Rúa se deslizó en estos días como el traqueteado político que es. No desalentó las aspiraciones de Alfonsín para conducir la UCR cuando, eventualmente, el actual candidato ya sea presidente; logró torcer la inicial reticencia de Chacho Alvarez para acompañarlo en la fórmula; habló por teléfono con su amigo, el ministro del Interior, Corach, y fue a Manuel Rocha, el virtual embajador norteamericano, a quien le concedió una de las primeras audiencias después de su triunfo arrollador.

Rocha llegó hasta De la Rúa de la mano de Adalberto Rodríguez Giavarini ( el canciller, según la jerga radical, por las versiones que lo indican como sucesor de Di Tella). El diplomático y el candidato no hablaron mucho ni tenían mucho de qué hablar; se conocen demasiado bien desde hace demasiado tiempo.

Rocha tiene la flexibilidad suficiente como para mantener un diálogo frecuente -y hasta el tuteo- con casi todos los principales exponentes de la política argentina.

El aperturismo de De la Rúa no es una vocación, sino el resultado de una lucha contra él mismo. Desconfiado por naturaleza, celoso de sus espacios y de los competidores, bordeando muchas veces el exceso de susceptibilidad, su reacción histórica ha sido encerrarse en el consejo familiar y en un puñado de amigos: el senador José María García Arecha; su estrecho colaborador Nicolás Gallo, objetado por los radicales y por los aliados pero con acceso directo a la cocina de su casa, y Rafael Pascual, su jefe de campaña, siempre indeciso entre la cima de la política y las travesuras de la parroquia.

Pero no se llega hasta donde llegó De la Rúa sin un fino olfato sobre el poder y su destino. Ahora necesita acceder al poder en serio (y necesita para eso echar del Gobierno al partido que más se aferra al poder, el peronismo); después, si llega, le tocará comandar a una nación embrollada. Tendrá al peronismo gobernando la Corte Suprema de Justicia, a la mayoría del Senado y al Banco Central.

Alfonsín se prepara para retomar la conducción del radicalismo en noviembre del próximo año, apenas días antes de que De la Rúa asuma la presidencia si le gana al peronismo. No es la mejor novedad para el candidato, pero sería mucho peor empujarlo a Alfonsín (que todavía retiene los hilos del partido en sus manos) hacía el recelo desde la oposición interna. De la Rúa se inclinó ante el pragmatismo.

Cuando era presidente, Alfonsín hizo incluir una cláusula en los estatutos del radicalismo según la cual un primer mandatario radical debía ser también presidente del partido. "Pero me llevé esa cláusula conmigo", dice, pícaro, el ex presidente: la hizo derogar cuando se fue del gobierno.

Alfonsín es, entre los aliancistas, el único que ha bebido el poder, lo ha deseado y lo ha padecido. Ningún clima triunfalista lo termina de convencer: sabe que un eventual gobierno de la coalición deberá luchar contra las cosas atadas del menemismo. La pata peronista que soñó con Chacho Alvarez no es un proyecto descartado para él. Sé que es difícil, pero hay que crearla, insiste.

No se imagina hablando con Menem ni, mucho menos, con Duhalde, pero rescata algunas figuras del peronismo duhaldista, como Remes Lenicov y Rodolfo Frigeri. Confiesa que no aspira a ningún cargo en un probable gobierno de De la Rúa, pero sí quiere para él un papel de mediador entre las contradicciones y los conflictos naturales de una coalición; conjetura que las tormentas llegan aunque nadie las anuncie.

Alfonsín no realizó un viaje programado a los Estados Unidos sólo para acompañar mañana a su amigo Alvarez en el anuncio de la candidatura vicepresidencial; entre ellos hay afinidades y afectos que no están dispuestos a reconocer.

Alvarez hincó a Graciela Fernández Meijide para que aceptara la candidatura a gobernadora el domingo ingrato de la derrota y él mismo se encerró luego a cal y canto para reflexionar su nominación a vicepresidente de De la Rúa. Con esos gestos mínimos, pero hábiles y oportunos, logró colocar a su partido de otra manera y esconder la noticia del muy serio revés del Frepaso.

Graduado en la misma escuela política que cursaron Menem y Alfonsín, Alvarez es capaz también de convertir una derrota en una expectativa y de hacer de una necesidad una virtud.

Hay dos ejemplos de vicepresidentes. Uno es el de Víctor Martínez, que estuvo y se fue con más pena que gloria, y el otro es el del actual vicepresidente de Clinton, Al Gore, una figura decisiva en el gobierno de Washington, con espacios para la selección de las políticas y en el seguimiento de algunas de ellas. Te quiero en el gobierno con la impronta de Al Gore, lo sedujo De la Rúa a Alvarez.

Fue la promesa que volcó la decisión de Alvarez. Entre encerrarse en su distrito, la Capital, dejando al radicalismo librado a su suerte, prefirió participar de un eventual gobierno de De la Rúa y colocarle a la fórmula un valor agregado que ningún otro precandidato a la vicepresidencia estaba en condiciones de darle.

De la Rúa, que sabe que ni Alfonsín ni Alvarez son hombres dóciles a sus designios, prefirió lo arduo, pero sólido, para enfrentar lo complicado. Un gesto importante del candidato hacia esos hombres también fue el ungimiento simbólico que hizo el jueves último de José Luis Machinea, el economista de más confianza de Alfonsín y de Alvarez. De la Rúa llegó a la reunión de los cinco grandes de la Alianza acompañado sólo por Machinea -que no tenía por qué estar ahí- y luego fue a la fundación del referente económico de la coalición para clausurar un seminario multitudinario.

Pero todos ellos tienen todavía que desalojar al peronismo del poder. La tensión entre Menem y Duhalde está llegando a niveles inexplorados; un congreso nacional peronista se dirime en la Justicia, mientras Duhalde prepara la convocatoria de otro, que el menemismo se lo negará.

Hay una especie de partición aguda del peronismo: Duhalde gobierna el mayor distrito electoral del país y la estructura del justicialismo ahí, pero Menem alambró a doce gobernadores peronistas y no permite que se muevan sin su autorización.

Menem podría hacer dos cosas en los próximos días. Una de ellas sería el lanzamiento de un candidato propio a la presidencia, que, según las mejores expresiones del menemismo nunca será Duhalde. La otra alternativa presidencial es el salto al vacío: un nuevo intento de reelección. Duhalde se alegró prematuramente cuando De la Rúa eliminó al viejo fantasma de Graciela; sus problemas políticos y electorales no están aún al frente, sino al costado.

Hasta Alfonsín acepta, con cara tensa, que la jugada más hábil del menemismo sería la incorporación de una fórmula encabezada por Menem en la interna justicialista por la candidatura presidencial. Ha surgido una variante más prolija: un plebiscito, a través de una consulta abierta en el peronismo, para que el partido y los independientes voluntarios diriman si el Presidente debe ser habilitado -o no- para una segunda reelección.

¿Menem corre a salto de mata en busca de la reelección o sólo trabaja en la tarea cada vez más complicada de conservar el poder? Menem es el arquitecto de ambas alternativas, como siempre; las dos no son incompatibles.

Hay cuestiones personales que marcan la historia. El drama personal de Menem, según sus confidentes mejor calificados, es que asumió ya como cosas propias los bienes presidenciales: el despacho oficial y la casa de Olivos, rehecha a su gusto y paladar. Titubea, además, cuando trata de recordar si hay vida más allá del poder.

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