Despedida a toda orquesta

Concierto extraordinario. Orquesta Filarmónica, Coros Estable y de Niños del Colón. Solistas: Gabriela Pochinki (soprano), Eduardo Ayas (tenor) y Luis Gaeta (barítono). Director invitado: Pedro Ignacio Calderón. Obras: "Matías el pintor", de Hindemith, y "Carmina Burana", de Carl Orff. Función del viernes 4, en el Teatro Colón.
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10 de diciembre de 1998  

Un compositor perseguido por el nazismo (Paul Hindemith) y otro ensalzado por el régimen de Hitler (Carl Orff) fueron los contrapesados autores elegidos para el último concierto de la temporada 1998 de la Orquesta Filarmónica.

La sinfonía "Matías el pintor", de Paul Hindemith, está basada en la ópera homónima escrita por el compositor alemán. Enmarcado dentro de la estética de la nueva objetividad, Hindemith traza un discurso complejo en su textura contrapuntística que fue bien resuelto por la Filarmónica, en esta ocasión con la dirección de Pedro Ignacio Calderón.

Tan sólo algunos pasajes que exigían, además de claridad, una mayor sutileza (sobre todo en las cuerdas) lucieron un poco difusos. De todos modos, Calderón redondeo una interpretación ajustada.

Candor para la polémica

En la segunda parte del concierto, la Filarmónica, junto con los Coros Estable y de Niños del teatro y los solistas Gabriela Pochinki (soprano), Eduardo Ayas (tenor) y Luis Gaeta (barítono) ofrecieron una versión de "Carmina Burana", de Carl Orff.

A quince años de su muerte, Orff sigue despertando polémicas por su comprometida posición con el régimen nazi, lo que hace difícil separar su producción musical del contexto en el que fue producida. Pero, en todo caso, el resultado termina siendo naïf . El afán de simplicidad y monumentalidad buscado por Orff dio como resultado una obra que suena casi pedagógica y extrañamente candorosa.

Entre el célebre número "O Fortuna", que abre y cierra la obra, se encuentran tres secciones: "En primavera", "En la taberna" y "En la corte del amor", en las que, sobre la base de canciones medievales, se alternan solistas vocales con los coros de adultos y de niños.

Con la guía de Calderón, los instrumentistas y cantantes ofrecieron una versión fresca y pujante, remarcando el carácter rítmico y danzante de muchas de las piezas y demostrando toda su potencia en los tutti.

Los tres cantantes cumplieron con sus roles en forma correcta, destacándose en este punto el barítono Luis Gaeta en los números de "En la taberna". La debutante Gabriela Pochinki, si bien mostró una buena voz, coqueteó -involuntariamente- con el ridículo al hacer un cambio de vestuario en escena, sin que mediara necesidad alguna más que llamar la atención.

Strip-tease en el Colón

Parece que la soprano Gabriela Pochinki supuso que el concierto estaba organizado para rendirle algo así como un homenaje. O tal vez nadie le avisó que la obra de Carl Orff se iba a hacer en una simple versión de concierto y no como una moderna versión teatral, ya que decidió, en el medio de la obra, jugar un curioso acto de "metamorfosis".

Desde que la soprano ingresó en el escenario con un gigantesco vestido blanco con miriñaque y zapatos rojos, su sonrisa de oreja a oreja contrastó con los más que circunspectos compañeros solistas. Mientras esperaba su turno para cantar (su parte no alcanza a los cinco minutos en una obra que dura aproximadamente una hora) no paró de hacer una catarata de gestos, mohínes y ademanes de aprobación. Cuando le llego su momento tampoco se privó de sumar a su voz ampulosos ademanes que contrastaron con la interpretación más recatada, pero no por eso menos musical y teatral, de Ayas y de Gaeta.

Pero el disparate llegó a su máximo cuando antes del Nº 22 "Tiempo es de alegría", a Pochinki no se le ocurrió mejor idea que despojarse de su traje de novia blanco y, cual crisálida que deja paso a una mariposa, pasar a lucir un fulgurante vestido rojo para cantar el texto en latín "¡Oh muchachas gocemos ahora, Oh jóvenes Oh Oh todo yo florezco!" Las risas contenidas de los músicos y la comprensible adustez de Ayas y de Gaeta no impidieron que la chica continuara su acto. Y no es que la soprano, que se encuentra radicada desde hace unos años en Italia, cante mal. Sólo que parecía empeñada en disfrutar al máximo de una fiesta que decidió dedicarse. En este punto nadie pudo explicar por qué Calderón accedió al inusual número de transformismo (ya lo había practicado en el ensayo general).

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