La lucha contra el centralismo

En su nuevo libro, Alem. Federalismo y radicalismo (Edhasa), el historiador traza el perfil de un político honesto, de ánimo cambiante y propenso a la teatralidad, cuya obsesión fue construir un país federal
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19 de diciembre de 2009  

Leandro N. Alem fue sin duda uno de los políticos argentinos más importantes de las últimas tres décadas del siglo XIX. Sin embargo, fueron dos razones más específicas las que llevaron a Ezequiel Gallo, doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford y profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella, a dedicar su nuevo libro, Alem. Federalismo y radicalismo (Edhasa), a la vida y el pensamiento del fundador de la Unión Cívica Radical. En ese trabajo, de reciente aparición, Gallo (autor de La pampa gringa y Colonos en armas, entre otros títulos) ilumina nuevos aspectos de la compleja personalidad de ese político honesto, al mismo tiempo que descubre que gran parte de su ideario conserva vigencia.

"El origen de este trabajo se relaciona con el campo de la historia de las ideas -cuenta Gallo, miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Nacional de la Historia-. He estado interesado en cómo se trató de justificar o de criticar la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880. Cotejé en un artículo el pensamiento de Alberdi, que podríamos llamar centralista, y lo contrapuse con un trabajo clásico de Alem en el que éste fundamentaba su oposición a la federalización de la ciudad y donde se presenta, tal vez, la expresión más acabada de una posición ortodoxamente federalista de la cuestión. Por otro lado, al escribir un ensayo biográfico sobre Carlos Pellegrini que publiqué en 1996, tropecé con un famoso conflicto personal entre los dos, que se produjo alrededor del año 1894 y casi termina en un duelo que fue evitado por una comisión de árbitros. En aquel momento, ambos se enviaron dos cartas muy agresivas que tienen una gran virtud: son ensayos autobiográficos donde se describen a sí mismos, pero también describen a la otra parte. Y para el dibujo de la personalidad que Pellegrini había hecho en esa carta, me pareció interesante ver la otra parte, que era la de Alem."

-¿Es el federalismo la idea central del pensamiento de Alem?

-Alem es muy conocido por el hecho de haber sido el fundador de la Unión Cívica Radical y en consecuencia, por temas vinculados a los que el partido desarrolló más adelante, entre los cuales el más mencionado es el de la representación política y la lucha por comicios honestos. Estas cuestiones son importantes y están presentes, ciertamente, en el pensamiento de Alem. Pero si se analiza toda su trayectoria política, en la que el Partido Radical sólo ocupa una parte, se advierte que su preocupación dominante es el federalismo. Hay una obsesión y una lucha permanente contra la centralización del poder. Por ese motivo titulé uno de los capítulos con una frase de un discurso suyo de los años 1870, en el cual se refiere a la "maldita tendencia centralizadora". Esa preocupación continúa durante su presidencia del radicalismo: hay una conexión entre lo que podríamos llamar la prédica democrática de Alem en la década de 1890 y la inquietud anterior. Le empieza a preocupar mucho la democracia cuando descubre que el sistema federal que él propicia está de alguna manera tergiversado por el fraude en las elecciones y por gobernadores que son delegados del gobierno nacional.

-A menudo la historiografía ha contrapuesto la figura de un Alem presentado como líder popular a la oligarquía. ¿Cuánto de cierto hay en esa descripción?

-Alem tiene una trayectoria política fundamentalmente porteña, de barrio. Hacia 1870, al comienzo de su carrera política, se lo conoce como el caudillo de Balvanera. No sería exagerado decir que debe de haber sido uno de los políticos más queridos que hubo en la ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo, era un hombre que, contrariamente a lo que dicen algunas versiones, también estaba muy vinculado a lo más conocido de la sociedad porteña. Ocupaba un lugar bastante alto en la masonería argentina y era socio del Club del Progreso, un club muy importante. Había militado con casi todos los políticos relevantes de la época, inclusive futuros rivales, como Pellegrini. Por entonces las cosas estaban más mezcladas y es difícil encontrarlo como rival de un sector social, creencia que es en parte producto de una extrapolación de épocas más actuales. El hecho de haber sido uno de los políticos más queridos de Buenos Aires lo ligó a distintos sectores. Uno podía ir desde el Club del Progreso hasta un pirigundín, como le hubiera gustado decir a Pellegrini, y encontrar en todos esos sitios apoyos muy fuertes a la figura de Alem.

-El libro muestra que Alem, en la década de 1880, prácticamente se llamó a silencio. ¿Cómo se explica eso?

-La explicación es parcial, porque hay muy poca información. De las versiones posteriores hay algunas que están muy idealizadas. Yo tengo la impresión de que Alem era un ciclotímico, con baches depresivos importantes. El alejamiento se produjo con la derrota por el tema de la federalización de Buenos Aires. Algunos de quienes se consideran sus herederos políticos han dicho que en aquel período Alem se dedicaba a defender a pobres y humildes. Yo creo que eso es consecuencia de que, a veces, la gente no lee lo que han escrito los propios personajes que están estudiando. En la carta en la que se insulta con Pellegrini, Alem dice muy claramente: "Yo tuve uno de los estudios de abogados más prestigiosos de la ciudad de Buenos Aires". Y en efecto, tenía un estudio de abogados que trabajaba muy bien. De la depresión recién salió cuando los jóvenes que organizaron la Unión Cívica de la Juventud lo invitaron a participar y entonces arrancó un período muy militante de su vida política.

-¿Cuál fue su papel como legislador?

-En el libro queda una imagen de quien fue uno de los mejores legisladores que hubo en este país y contribuyó con algunas de las piezas más interesantes, como la de la federalización y la de la milicia de la provincia de Buenos Aires. Tengo la ligera impresión de que no era un muy buen jefe político. Era un brillante orador para transmitir sus ideas ante públicos más bien grandes. Pero por razones de carácter, le faltaba la flexibilidad que tiene que acompañar a un líder político exitoso. Él mismo define el tipo de actitud que preside su vida política cuando dice: "En política no se hace lo que se puede, se hace lo que se debe", lo cual deja un margen muy estrecho a la acción. Y después, esas fluctuaciones de su personalidad y cierta tendencia a ser un poco excesivo... Creo que esa característica adoptó a veces formas muy trágicas. La reconstrucción que hago de su suicidio, muy mal estudiado hasta ahora, de ser correcta, mostraría no sólo una personalidad con depresiones y euforias sino, y pongo entre comillas la palabra, cierta "propensión a la teatralidad". Miguel Cané, que fue su ex colega político, hace una de las definiciones más interesantes de Alem, cuando dice, en los años 1890, que no se lo puede nombrar presidente porque se haría una revolución a sí mismo, algo que describe bastante bien a este fascinante personaje.

-¿Cuál era la idea que tenía Alem de una revolución?

-Alem fue el líder de la revolución de 1890 y también encabezó las revoluciones provinciales de 1893. Pero ésa no fue su posición permanente. En el famoso discurso de la federalización de Buenos Aires, por ejemplo, aclara que él no está a favor de las revoluciones y que le parecen una de las lacras de la política argentina. Esto obviamente cambia en 1890, aunque yo diría que ya había un granito de arena en su posición en la década de 1870, porque él había sostenido una visión un poco en la línea de John Locke: que hay un derecho a la rebelión si el poder extralimita las funciones para las cuales ha sido creado. Ése me parece que es el origen de su posición justificatoria, tanto para decir, en las décadas de 1870 y 1880, que no era el momento como para afirmar, en 1890, que se avasallaban derechos y aparecía el derecho a la rebelión. Un matiz interesante es que cuando analiza o describe su propia actitud revolucionaria desde su partido, lo hace desde una posición conservadora, porque lo que trata de hacer es restablecer instituciones anteriores que han sido avasalladas. No es una revolución para crear un mundo nuevo, sino más bien para restituir un mundo anterior, el de la Constitución de 1853.

-Se ha hablado mucho de la tortuosa relación con su sobrino, Hipólito Yrigoyen.

-He sido bastante cauto con ese tema, en parte porque ha movido pasiones terribles. Fue una relación peculiar, pues vivían en la misma casa. Tempranamente aparecieron posiciones enfrentadas: Yrigoyen, joven diputado nacional, votó en sentido distinto al de Alem, a favor de la capitalización. Pero en 1890 Alem le dio una posición muy importante al sobrino. Hay una serie de versiones diferentes, que provienen de algunas de las personas cercanas a Alem, que afirman que Yrigoyen lo habría traicionado en la revolución de 1893. Esto se ha llevado hasta el extremo al interpretar una frase muy misteriosa del testamento de Alem, el pasaje en que dice que lo venció la montaña. ¿Quién era la montaña? Para unos era el régimen; para otros, la montaña era Yrigoyen. Que esa relación lo haya llevado al suicidio me parece traído de los pelos. En efecto, tenían dos estilos políticos muy distintos, que han de haberse reflejado en divergencias. Pero la palabra traición, en lo que a mí respecta, excede ese campo. Hay, en el plano de las ideas, un disenso respecto de un tema muy importante que a mí me parece decisivo. La visión de Alem era la lucha contra el centralismo. Yrigoyen era un centralista, dato que tiene impacto en la trayectoria del Partido Radical. Muchos de los que exaltan los rasgos éticos de Alem han dejado a un lado su posición obsesiva contra la centralización del poder. Me da la impresión, curiosamente, de que ahora están reapareciendo algunos rasgos alemistas en algunas figuras del radicalismo actual.

© LA NACION

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