100 años: Vélez, un siglo,marcando rumbos

Del club que fundaron tres pibes en 1910, a este presente que lo muestra como modelo,En la década del 90, con Carlos Bianchi como entrenador, el Fortín vivió el momento más glorioso
Carlos Travaglini
(0)
2 de enero de 2010  

Desde su concepción misma, Vélez fue un club destinado a marcar rumbos. A forjar historias de sacrificio que, después de una larga espera, derivaron en días y noches de gloria deportiva que llegan hasta nuestros días. Su legado comenzó a escribirse el 1° de enero de 1910, cuando tres pibes se refugiaron de la lluvia en el túnel de la estación Vélez Sarsfield del Ferrocarril Oeste (hoy Floresta). Nicolás Martín Moreno, Julio Guglielmone y Martín Portillo concretaron entonces la idea de fundar un club con un nombre largo: Club Atlético Argentinos de Vélez Sarsfield. En 1913 se incorporó como socio José Amalfitani, quien luego se convertiría en el dirigente emblemático de la entidad.

Como casi todos los clubes que se formaban, a Vélez le costó mucho conseguir un terreno para utlilizarlo como cancha de fútbol. En 1913 se instaló en Escalada y Chascomús. Un año después alquiló un nuevo campo, al norte de la estación Villa Luro, entre las calles Cortina, Bacacay, Víctor Hugo y el arroyo Maldonado. En 1920 consiguió un terreno entre las calles Guardia Nacional, Pizarro, Schmild y Basualdo, con la tribuna con el inconfundible techo inglés a dos aguas. Allí se levantaron las tribunas de madera. El 7 de diciembre de 1928 se jugó en su estadio el primer partido disputado con luz artificial en el país, entre el Combinado Argentino y el Seleccionado Olímpico, que se impuso por 3-1, con goles de Cherro, Nolo Ferreira y Onzari.

El debut en el profesionalismo se produjo el 31 de mayo de 1931: Vélez perdió 1-0 ante Platense, en Manuela Pedraza y Crámer. El 17 de diciembre de 1935, en su cancha se disputó por primera vez un partido nocturno por el campeonato local. Vélez se impuso a Platense por 4-2. Cuatro años después consiguió un espacio de 35.000 metros cuadrados para levanta una cancha en Barragán y Gaona. En abril de 1943 se inauguró el reducto con las viejas tribunas de madera, hasta que el 22 de noviembre de 1951 hizo su estreno el estadio de cemento. Ese día, Vélez le ganó por 2 a 0 a Huracán, con goles de Raúl Nápoli. Eran tiempos en los que empezó a hacerse conocer como "El Fortín" por las cuatro torres para la prensa, ubicadas detrás de los córners, y por lo complicado que le resultaba ganar a cualquier rival: su cancha era una verdadera fortaleza. El 10 de noviembre de 1968 el estadio fue bautizado José Amalfitani, quien falleció el 14 de mayo de 1969, tras dos presidencias y ser el hombre más influyente del club. La FIFA eligió al Amalfitani como una de las sedes del Mundial de 1978. Se derrumbaron las torres que eran un emblema, pero sus piedras fueron guardadas por los hinchas como tesoros.

Las camisetas de Vélez tuvieron cambios, pero la V azulada con el fondo blanco no sólo quedó sellada como la más tradicional sino también como la que más representa el sentir de su gente.

En los comienzos de la década del 30, ante la gran recesión mundial, los directivos aceptaron un ofrecimiento para realizar partidos por distintos países. Se la conoció como la Gira Panamericana y se extendió por Chile, Perú, Cuba, México y EE.UU. En esta excursión, Vélez disputó 25 partidos, con veinte éxitos, cuatro empates y una sola derrota, en EE.UU. En esa delantera inolvidable figuraron los nombres de Agustín Peruch, Francisco Varallo (hoy, próximo a cumplir 100 años y único sobreviviente de la primera final del Mundial, entre Uruguay 4 vs. la Argentina 2, en 1930), Bernabé Ferreyra, Saúl Quiroga y Ernesto Garbini.

En 1935 Vélez hizo su primera gran campaña: fue cuarto, invicto, a dos puntos de River, el campeón. Victorio Spinetto, que fue jugador y luego técnico, era el líder natural por presencia y voz de mando dentro de la cancha. En 1940 llegó un momento duro e inesperado: el descenso a segunda fue como una puñalada para una institución que se había posicionado entre las grandes del fútbol argentino, pero la figura de su dirigente señero, José Amalfitani, rescató al club del suplicio. El martirio duró tres temporadas, hasta 1943, cuando volvió al círculo mayor. Ese año, Vélez ganó el campeonato de manera apabullante. En ese inolvidable equipo, surgió la figura de un arquero que hizo historia: Miguel Rugilo, apodado en 1951 por la prensa londinense como "El león de Wembley".

En 1953 Vélez se consagró subcampeón con una de las delanteras que más recuerdan los memoriosos hinchas del Fortín: Sansone, Conde, Ferraro, Osvaldo Zubeldía (que luego fue el entrenador del inolvidable Estudiantes, rey de América y del mundo) y Mendiburu.

El grito de campeón tardó en llegar hasta 1968, cuando Vélez se adjudicó el torneo Nacional, bajo la conducción de Manuel Giúdice. Los partidos frente a River y Racing se jugaron en la vieja cancha de San Lorenzo.Vélez igualó 1-1 ante River, en la tarde recordada como la de "El penal de Gallo", por una mano en el área del lateral velezano que no percibió el polémico árbitro Guillermo Nimo.

El 29 de diciembre de 1968 llegó la hora de la primera corona con la victoria ante Racing por 4-2. Los nombres de Marín, Gallo, Ovejero, el capitán Ríos, el "cordobés" (pero nacido en Santa Fe, en 1942) Daniel Willington, con todo su talento, los goleadores, Whebe, Pichino Carone y Carlos Bianchi, que por entonces asomaba a la primera división, quedaron marcados a fuego en ese primer festejo.

Por esos caprichos del destino, unos meses después, el corazón de Don Pepe dijo basta, pero su labor ya había engrandecido a su querido Vélez. En tres décadas de ferviente e incansable trabajo, el dirigente que siempre fue un ejemplo de administración y entrega erigió un club modelo, que aportó distintas disciplinas deportivas, más cultura, y ese sentimiento inigualable de "pertenecer" de los vecinos del barrio que encontraron en Vélez su segunda casa, el primer amor, la amistad sin condiciones, la discusión futbolera y la pasión que se transmite del padre al hijo por los colores de la camiseta, esa que no reconoce los límites de la alegría o la desazón.

A ese primer desahogo le siguieron los subcampeonatos de 1971 (Metropolitano, con la dolorosa caída en Liniers ante Huracán por 2 a 1) y 1979 (Metropolitano, derrota ante River).

La década del 80 estuvo signada por malas, regulares y buenas campañas. El pico más alto se alcanzó en 1985, cuando el Fortín perdió la final del Nacional ante Argentinos por 2 a 1, en la cancha de River. El jugador símbolo fue su mediocampista central y capitán, Pedro Larraquy, quien con 455 presencias es el futbolista que más veces vistió la camiseta de la V azulada, seguido por el zaguero Angel Allegri, baluarte del subcampeón ?53, con 384.

La explosión llegó en los años 90, con un hijo pródigo de la casa que retornó como técnico a fines de 1992: Carlos Bianchi, quien con 206 conquistas es el máximo artillero del equipo de Liniers de todos los tiempos. Con su enorme personalidad y poder de convencimiento sobre los jugadores, forjó un grupo que ganó todo lo que se le puso por delante: el primer título fue el Clausura 1993, y un año después la consagración como campeón de la Copa Libertadores frente a San Pablo en el estadio Morumbí, en la definición por penales que ganó Vélez por 5-4, con ese último remate de Tito Pompei que pegó en el travesaño y entró. Allí estalló el grito a corazón abierto que se trasladó a todo Liniers.

Lo mejor llegó el 1° de diciembre de 1994, en Tokio. Ese día, Vélez enfrentó al poderoso Milan de Baresi, Maldini, Boban, Dessailly y Savicevic, en la final de la Copa Intercontinental. El desahogo se produjo en el segundo tiempo, con los goles de Roberto Trotta, de penal, y aquella media vuelta del Turquito Omar Asad para sellar el 2 a 0 que consagró a Vélez ante los ojos del mundo. Así como Pedro Larraquy había sido el símbolo en los 80, en los 90 la figura del arquero paraguayo José Luis Chilavert adquirió proporciones de un auténtico ídolo. Controvertido, polémico, de lengua filosa para decir su verdad fuera de la cancha y pelearse con los rivales dentro de ella, Chilavert fue un ganador nato, y en su currículum de goles, se recuerdan los dos que le hizo a Navarro Montoya, de Boca, uno de penal y otro de tiro libre, en el día que Javier Castrilli expulsó a Diego Maradona, y el más espectacular, al Mono Burgos, de River, con un misil desde detrás de mitad de cancha que se clavó como una daga mortal en una noche lluviosa, en Liniers.

La gloriosa década del 90 terminó con otros títulos: la Recopa Sudamericana de 1997 (con Osvaldo Piazza como DT) y, de la mano de Marcelo Bielsa, la coronación en el Clausura 1998. El nuevo siglo deparó más alegrías, con los títulos en el Clausura 2005, bajo la conducción de Miguel Angel Russo, y el Clausura del año último, con Ricardo Gareca, otro hijo pródigo del Fortín. Por esos caprichos del destino, Julio Falcioni, otro hombre surgido en Vélez y amigo de Gareca, se coronó con Banfield.

Don Pepe Amalfitani, Bianchi y Chilavert son apenas tres nombres, tres símbolos de un Vélez con miles de historias que cumplió 100 años de gloria, que supo de alegrías y tristezas, como las de cualquier familia, como la que ayer celebró junto a un club que excede al fútbol y sigue siendo un modelo a seguir.

ADEMÁS

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?