Adiós a un maestro de músicos

Fue un referente del piano y de la enseñanza para varias generaciones; tenía 94 años
Mauro Apicella
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10 de enero de 2010  

En una entrevista publicada en LA NACION hace poco más de cuatro años (fue el 4 de agosto de 2005), el crítico de esta sección Pablo Kohan le preguntaba al maestro Antonio De Raco, que en ese momento estaba por cumplir los 90, qué se imaginaba que estaría haciendo a los 100. Y esto fue lo que contestó primero entre risas: "Siempre concebí a la vida como el horizonte. No tiene final. Yo nunca pensé que mi carrera se acercaba a un límite. Siempre sentí que podía seguir avanzando y creciendo". Pero más serio, agregó: "Supongo que en los próximos años cada vez estaré más dedicado a la docencia que a la práctica instrumental". Y, para volver al humor, completó con un "pero nunca se sabe".

Antonio De Raco no llegó a los 100, murió a los 94. Sus restos son velados desde ayer, a las 18, en Malabia 1662. Sin embargo, lo que llegará a los 100 y los pasará es el recuerdo de su labor como instrumentista y docente. En la música, la palabra maestro es habitual para todo director o intérprete destacado (y de tan habitual, a veces, puede perder la fuerza de su significado). Pero si hay alguien a quien le ha quedado bien el título dentro de la música académica argentina, y especialmente del piano, ése ha sido Antonio De Raco.

Hace un tiempo, Horacio Lavandera, que fue uno de sus últimos alumnos y que terminó siendo un pianista verdaderamente excepcional, dijo que De Raco era un sinónimo de escuela.

Aquella entrevista con Pablo Kohan había sido unos días antes de que el maestro fuera homenajeado en el Teatro Colón, con las actuaciones de Iván Rutkauskas, Lavandera y del propio De Raco, para el cierre del concierto; todos acompañados por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, con dirección de Carlos Calleja.

Ese homenaje había sido para una carrera comenzada más de setenta años atrás (cuando el pianista tenía 17 y era guiado nada menos que por Vicente Scaramuzza). Su primer concierto, en 1932, en el Salón La Argentina, fue con un repertorio que habría podido amedrentar a más de un colega.

Aprender y enseñar

Antonio De Raco había estudiado piano con Scaramuzza y, luego, composición en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo.

Se ha dedicado por más de medio siglo a los conciertos y a la docencia. Desde aquella primera actuación, realizó más de dos mil presentaciones que comenzó, a los 18, con el debut en el Teatro Colón, en el que interpretó el Concierto para piano Nº 2 , de Brahms. Llegó al escenario mayor de la música clásica en la Argentina gracias a un concurso ganado en Radio Municipal, con un jurado que incluía a músicos destacados, como Juan José Castro.

Desde entonces, su carrera incluyó escenarios de la Argentina y del exterior. Comenzó por el territorio nacional, con maratones en las que llegó a dar 59 conciertos en tres meses. Y durante el resto de su carrera, pasó por varios países de América latina, Italia, España, Francia, Holanda, Alemania, Suecia, Canadá, Estados Unidos y por Rusia.

En 1956, otra maratón, relacionada con el bicentenario de la muerte de Mozart: tocó todos los conciertos para piano y orquesta del célebre compositor, con la orquesta de Radio El Mundo, dirigida por Washington Castro.

Luego llegó su labor docente, que ha dejado huella en la enseñanza musical argentina. Dio clases en el Conservatorio Nacional y en el Conservatorio Municipal de Buenos Aires (allí también se desempeñó como director), en el Conservatorio Provincial Juan José Castro y en las Universidades de Cuyo, Tucumán, Rosario y de La Plata. Además, dictó cursos de especialización. Y entre sus últimos premios recibidos por su labor se encuentra el del Fondo Nacional de las Artes, por su trayectoria.

"Mi primer alumno de madurez fui yo mismo", contaba en otro pasaje de aquella interesante entrevista, cuando estaba por cumplir 90.

"Luego de verlo a Backhaus en el Colón tocando con una soltura que yo no lograba conseguir, me puse a trabajar durante unos diez años para erradicar las causas de un cansancio que, inevitablemente, me sobrevenía y que implicaba tener un enemigo dentro de ti que te aparta de lo que tenés que pensar y hacer -recordaba-. En paralelo, también dejé de sentir a la música como un mar que debía inundarme pasivamente y empecé a estudiar cada uno de sus componentes para poder comprenderla en su intimidad y así interpretarla. Es el músico quien debe ir hacia la obra de una manera consciente y sensible. Después sí, me parece, pude abordar una pedagogía musical más integral."

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