Un ex perdedor tras la banda celeste y blanca

Fue vencido tres veces en Córdoba; tuvo un lamentable accidente familiar; fue enemigo de Menem y amigo de Duhalde
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21 de diciembre de 1998  

"El Gallego siempre quiso tener una banda celeste y blanca cruzándole el pecho." Con esa frase, surgida del círculo de operadores políticos, puede delinearse la figura de José Manuel de la Sota, el artífice de la gran sorpresa que alegró al peronismo, al consagrarse ayer como nuevo gobernador de Córdoba.

Lo que no va a alegrar mucho es la revelación del hombre que quebró con su triunfo una dinastía radical de quince años ininterrumpidos: "Si gano las elecciones mis enemigos políticos van a ser Menem y Duhalde", se había comparado en una cena de campaña, en voz muy baja. Su desvelo mayor tiene forma de Casa Rosada.

El presidente Menem lo bendijo cuando sintió que De la Sota era un hombre de sus filas; el candidato cordobés se sintió respaldado por el Presidente cuando vio que él fue el primero en animarse a convocar a un multitudinario acto "re-reeleccionista", nada menos que en Córdoba, una tierra históricamente adversa al justicialismo. Allí, dio su paso más firme hacia el menemismo, sector al que siempre tenía enfrente.

Acusado por sus enemigos de ser un hombre de decisiones poco duraderas, De la Sota mantuvo firme un objetivo: llegar al máximo cargo ejecutivo del país. Para eso, luchó con escasa suerte durante varios años, quizás inculcado por el espíritu tesonero de su padre, un dirigente peronista de larga trayectoria.

Es por eso que no rehuyó el fragor de la lucha para ocupar el máximo sillón provincial tantas veces como pudo: en 1987 y 1991, cuando sufrió dos cachetazos electorales en una provincia históricamente radical, que llevaron a la gobernación, en ambos casos, a Eduardo César Angeloz.

Golpe en el alma

No fueron esas derrotas las que produjeron el golpe más duro en la vida de De la Sota. La muerte accidental de Agustina, una de sus hijas que se ahogó en la pileta de su casa cuando tenía cinco años, en noviembre de 1987, fue un mazazo en el alma del dirigente, que vivía por entonces una tormentosa situación personal.

El matrimonio con Silvia, hija del ex gobernador radical cordobés Arturo Zanichelli, con quien tuvo tres hijas, no atravesaba tiempos de felicidad. Era joven; pensó en rehacer su vida. El abogado que había recibido el diploma de la Universidad Nacional de Córdoba cuando tenía 21 años y un envidiable promedio comenzaba a templar un personalismo, que le valdría luego algunas decepciones en el terreno de la política.

Tenaz y trabajador, fue uno de los adalides de la reconstrucción del peronismo, ése al que habían hecho añicos Raúl Alfonsín y Herminio Iglesias, en 1983. Junto con Antonio Cafiero, José Luis Manzano y Carlos Grosso, encabezó la Renovación del PJ, en 1985.

Quizá su mayor alegría hasta ayer se la había dado Cafiero, cuando lo distinguió con la convocatoria para completar la fórmula presidencial que luchó en 1988, en las elecciones internas del justicialismo contra la dupla Menem-Duhalde, que finalmente se impuso en las urnas.

Hijo de vascos, siempre tiene una sonrisa pintada en la cara. Es ordenado, prolijo y le gusta vestirse bien.

De la Sota pasó por todos los niveles de la política: en su juventud, fue dirigente universitario y, en los setenta, secretario de Gobierno del intendente de la capital cordobesa José Domingo Coronel, en una gestión que pasó a la historia por sus desaciertos más que por sus logros.

El hombre, nacido en el barrio General Paz, asimiló los golpes e hizo experiencia. Apadrinado por Italo Luder y por Grosso, se presentó en 1983 como candidato a intendente por la capital. Su rival, el odontólogo radical Ramón Mestre, lo venció categóricamente. Tan herido quedó De la Sota que nunca se acercó a felicitar al vencedor. Ayer se tomó revancha.

Disidencias internas en el PJ hicieron que se aliara con la democracia cristiana en su camino a la convención constituyente cordobesa, donde fue antirreeleccionista. Menem, por entonces gobernador de La Rioja, apoyó a la UCR y a Angeloz. De la Sota se enemistó con el dirigente riojano.

Principio de reencuentro

A pesar de que las relaciones siempre estuvieron rotas o prendidas con alfileres, De la Sota tuvo contacto con la fallecida Leonor Alarcia, seguidora fiel del Presidente en Córdoba.

De la Sota también fue presidente del PJ provincial y, limada alguna aspereza con Menem, se desempeñó como embajador en el Brasil, cargo al que renunció en enero de 1992, por la intervención dispuesta por el consejo nacional justicialista en su distrito, que lo destituyó del partido.

Actualmente, es senador nacional. A esa banca, accedió durante una sesión en la que, como una paradoja de la historia (de la política, en rigor) fue ungido junto con Angeloz.

De la Sota se unió a las filas del menemismo cuando el Presidente soñaba con otra reforma constitucional para convertir en realidad su primer sueño "re-reeleccionista".

Entonces, De la Sota no lo dudó: jugaría con Menem y abandonaría el duhaldismo. Hace pocos días (y tras varias dudas), dijo que le gustaría recibir a Menem en la provincia para festejar su triunfo y que no hacía falta que éste reservara una habitación. Podía pasar la noche en su casa.

Desde Buenos Aires, llegó el apoyo a la fórmula, una jugada que instruyó "el jefe" y la logística para la campaña, un apoyo que la segunda esposa de De la Sota, Olga Ruitort, se encargó de negar.

Textuales

  • "La tercera es la vencida. Esta vez la suerte viene para nuestro lado." En 1987 y en 1991, De la Sota perdió elecciones para gobernador.
  • "Propongo refinanciar la provincia; bajar un 30% los impuestos para terminar con la evasión; cobrarle menos a todos los cordobeses y tener recursos para educación, salud y promoción de empeo."
  • "Necesitamos un shock para que los cordobeses vuelvan a creer."
  • "El 50% de los cordobe-ses no paga impuestos."
  • "Gobernar bien es gastar menos, gastar mejor y cuidar el bolsillo de la gente."
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