El amor secreto de Macedonio

Contra lo que señala el lugar común, después de haber enviudado el escritor volvió a vivir una intensa pasión
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27 de febrero de 2010  

Del filósofo Tales de Mileto se cuenta que una noche fue llevado por una anciana afuera de la casa para mirar los astros y que se cayó en un pozo. Entonces la vieja, entre risas, le habría dicho: "¿Cómo es eso, Tales, no sabe dónde pone los pies y pretende conocer el cielo?". En otra versión la mujer es una esclava (de Tracia). Atractiva y vanidosa, ella no puede sino pensar que la caída no fue por mera distracción. Platón comenta: el pueblo ve en el filósofo a un pedante o, en el mejor de los casos, a un inútil, y se burla. Macedonio Fernández tiene otra versión de esa historia. En ella la mujer encarna el contento pleno, una vida colmada que no entiende de muerte, sencillamente porque nada entiende ni necesita entender. Dice así: "A la negra Tarsia, hoy de 83 años y que come todo el día, le gustó siempre la alegría: un velorio, por ejemplo, era su delicia". La fábula está entera: el hoyo, el desgraciado, y la risa femenina ante el ridículo de quien quiso prescindir del cuerpo. Y pese a que en parte la esclava y la "negra Tarsia" tienen razón, es mayor la medida en que se equivocan. Empezando por que quienes cuentan sus historias son filósofos y por ende, tan, tan idiotas no son. Y después, por aquel otro cuento de cómo Tales hizo plata con sólo acertar con el pronóstico de una buena cosecha de aceitunas y en alquilar todas las prensas de Kíos y Mileto... También de Macedonio se podría escribir que pese a todo, tuvo éxito: sus libros se siguen leyendo. Como de Tales, un librero que lo conoció confesó un día: "A veces me parecía un genio; otras, un infradotado".

Desde hace más de treinta años la lectura de este autor está condicionada por un mito. Todo habría empezado en 1920, cuando la esposa del abogado que se creía metafísico murió dejándolo sin ganas de ocuparse de hijos, casa ni oficio, y ni siquiera de sí mismo como hombre o escritor. Distribuyó el viudo la prole en la familia y se abandonó a vivir de pensión en pensión la bohemia literaria del que se desentiende hasta de sus escritos. Comida, limpieza, reputación, nada le importaba... salvo mantener incólume el recuerdo de la amada, a cuya muerte debe lo que no obtuvo mientras ella vivía: convertirse a la raza de los poetas, para quienes, se sabe, no hay mejor esposa que la muerta ni mujer más deseable que la imposible. Fue así como desde los años veinte nada pudo ya escribir que no tuviera el fin secreto de colmar el vacío. Y a fuerza de otear en lontananza el regreso del pasado espectral, no hizo otra cosa que caer en los pozos de la vida, sin, como quien dice, comerla ni beberla. Primer síntoma de la melancolía, la extraordinaria elegía "Elena Bellamuerte". Y luego otra vez aquella broma de creerse metafísico y peor: "idealista absoluto". ¿No era patente que toda aquella negación -del mundo, de la causalidad, del espacio y del tiempo, del yo, en fin de la Realidad- tenía como único objetivo "matar la muerte en ´Ella´"? La prueba mayor la daba ese monumento a Saturno, otra elegía por cierto, conocida en edición póstuma hecha recién en 1967 por su hijo y albacea Adolfo de Obieta: Museo de la Novela de la Eterna y la Niña de Dolor la Dulce-Persona, De-un-amor que no fue sabido . Treinta y dos años pues, desde la muerte de Elena de Obieta en 1920 hasta su propia muerte en 1952, sin hacer otra cosa, al rellenar el papel, que colmar una ausencia: aguardar el espectro o compensar la falta por medio de la literatura. Si se añadía que el amor no tenía para él nada que ver con el sexo, que era flaco y friolento y que las cosas del cuerpo no eran de su incumbencia, su obra era un asunto prácticamente terminado.

Una versión errada

A primera vista esta leyenda lleva la rúbrica de las viejas esclavas. Pero bien mirada, tiene más de cierta sensiblería de madre de familia acomodada que de la risa vital e iconoclasta de la "negra Tarsia". No es la primera vez, ni será la última, que se busca neutralizar con indulgencia la energía anarquizante y perturbadora de artistas como Macedonio, que serán cualquier cosa menos unos pobres diablos. De hecho, ninguno de los escritores que lo trataron lo vio así. No lo hicieron Borges ni Gómez de la Serna, tampoco Leopoldo Marechal, Carlos Mastronardi o Juan Ramón Jiménez. No, la leyenda debió de nacer una vez pasada la generación a la que él había hecho pensar y reír, concretamente durante los años posteriores a 1967, tras la aparición de Museo.. . Y si no su germen entero, al menos una parte de él fue la asimilación precipitada de la Eterna -personaje femenino central de la novela-, con Elena de Obieta, la esposa fallecida en 1920. Eran los primeros pasos de Lacan en el país y las letras contaban mucho. Se dijo pues que toda e-e-a equivalía a toda otra e-e-a, como lo mostraría la sinonimia de melena, pelea y remera, por ejemplo. Anotado el hallazgo, los tópicos del hazmerreír popular del Cazador de Estrellas se reaglutinaron alrededor del nuevo prototipo: el Viudo Triste, que todo lo que quería era ver en el cielo reaparecer a la Esposa o, en última instancia, a la Madre (o al Padre; en fin, alguien de la familia). Y eso y reducir la obra a un puñado de síntomas fue todo uno en Macedonio Fernández, la escritura en objeto , de Germán García, libro de 1975 reeditado hace poco como si fuera una obra de arte: sin registrar los hechos que la crítica reciente opuso a la leyenda y sin siquiera corregir los gruesos errores de la primera edición, tales como sostener que en parte la locura le venía a Macedonio de haber perdido a su padre a los tres años cuando en verdad eso le había acaecido a los 17.

Eterna era Elena; Museo... , un catafalco y su autor, el abogado quejumbroso que, metido a poeta, no pudo versificar sino querellas (y aclaro: la versión de Ricardo Piglia en La ciudad ausente , además de ser infinitamente mejor que la leyenda, es ficción y como tal excede a toda esta historia). En cualquier caso, la ofuscación contra la muerte de su esposa condecía con aquella su porfiada negación de la Realidad. Ahora, en este último punto no hay excusas, pues los textos filosóficos, que estaban disponibles, no se dejan simplificar de esa manera sin algo de mala fe o de ignorancia. Sí las hay en lo tocante a Museo... , ya que tan sólo en 1993, con la edición crítica realizada por Ana Camblong, los lectores tuvieron ocasión de saber que unos ocho años después de la muerte de su esposa, Macedonio había iniciado una exaltada relación que sobreviviría hasta su muerte, o hasta la muerte de ella pocos meses después de la de él, o para siempre si él estaba en lo cierto cuando, tratando de vencer la incredulidad de ella, le escribía en su novela: "¡cual si muerte pudiera haber!". Y eso sin contar los factibles romances con otras mujeres en el interregno -como el que noveliza en Adriana Buenos Aires o el que habría deseado tener, a juzgar por el testimonio dudoso (es fuerza reconocerlo) de Jorge Luis Borges, con su hermana Norah-. No obstante lo cual incluso esta excusa es poco sustentable ya que, desde la publicación del epistolario en 1976, era posible saber que mientras redactaba Museo... , ya había en su vida la que algunos amigos denominaban "la Señora".

La "Señora" era Consuelo Bosch, viuda de Sáenz Valiente, rica y culta hija de una familia patricia, veinte años menor que el "Maestro", como ella lo llamaba, y que parece no haber querido, y él tampoco, que su relación trascendiera del círculo íntimo. Así fue como varios textos de Museo... que en los manuscritos iban dedicados a Consuelo, a quien allí se denomina en forma explícita "Eterna", aparecieron en la edición primigenia de 1967 dedicados a Eterna. Adolfo de Obieta, responsable del disimulo, no hacía con ello sino cumplir con aquel pacto de silencio (todavía vigente, ya que la correspondencia que debió de existir entre los amantes sigue sin aparecer). En la edición de 1993, realizada con la anuencia de Obieta, los textos originales fueron restituidos. Y con ellos, otros documentos que obligan a conceder no sólo que en el personaje Eterna Macedonio elaboraba más bien su pasión por Consuelo, sino sobre todo que antes de que esa pasión se desatara (entre fines de 1928 e inicios de 1929), en el proyecto de novela no figuraba al parecer ningún personaje de ese nombre ni siquiera en el título, que todavía a comienzos de 1929 era Niña de dolor, la Dulce Persona de un amor que no fue conocido .

Nueva perspectiva

Los datos que justifican este cambio radical de perspectiva son abrumadores. Muchos están en la obra de Ana Camblong, Macedonio. Retórica y política de los discursos paradójicos (2003); otros, en Memorias errantes (1999), de Adolfo de Obieta, libro palpitante. En ellos se puede aprender que Macedonio se enamoró de Consuelo a fines de la década del 20 y que eso fue para él una transfiguración, al estilo de la de los enamorados de Boiardo o del Tasso. De allí proviene el personaje Eterna y el proyecto definitivo de Museo... , donde este personaje y el Presidente desplazan a un segundo plano a la pareja Deunamor-Niña de Dolor, relativa, acá sí, a marido y esposa fallecida. Pronto Macedonio se trasladó a una casita aneja a la residencia de los Bosch, en Pilar, donde pasó largas temporadas y, ya a mediados de 1929, Consuelo pasó en limpio de su puño y letra una versión de Museo... , lo que explica esta frase al inicio de los capítulos: "Escribes el manuscrito de ésta tu novela en que te doy mi espíritu como el tuyo me diste". Los hijos de Macedonio compartirían por fin, allá en La Verde, en Pilar, algunos días felices con su padre. Más adelante Adolfo suplicó a Consuelo que lo convenciera de ocuparse del libro (un libro, escribía Macedonio en Museo... , que ni Eterna ni él necesitaban), o al menos avenirlo a regresar a Buenos Aires para vivir con él, tan dispuesto a sacrificarse por la obra de su padre, como lo demostró después.

Quizá no ha pasado suficiente tiempo desde que las revelaciones fueron hechas. Es alarmante empero cuánto se hacen esperar los logros de esta pequeña revolución: ediciones críticas, artículos, nuevas tesis que terminen de romper con la leyenda. Si no hay nada mejor, que venga la "negra Tarsia" a reírse de las caídas del hombre en los brazos de la vida. Porque es preferible esa risa a la admiración luctuosa de un Macedonio de ultratumba, anémico, mordaz por infeliz y descreído, abjurador de la vida, del cuerpo, del otro y de la política al que se nos tenía acostumbrados. Aunque se puede aspirar a algo mejor: un crítico sutil y sistemático, un humorista generoso, un místico asombrado del cuerpo ineludible y del tortuoso poder de la conciencia, un observador meticuloso del goce y del dolor, un trovador de la Pasión y sobre todo un aspirante a ella: a la entrega abnegada como camino de liberación, un pensador de lo ético entonces, de la política, de la historia como exigencia constante del logro de lo Humano. Lo Humano que, como escribió alguna vez pensando en esos carteles de fiado de los almacenes de antes, "siempre empieza mañana".

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