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Anclados en París

Dejaron nuestro país en distintas épocas con el sueño de poder vivir de su talento. Cinco argentinos que hicieron de la Ciudad Luz su lugar en el mundo
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28 de febrero de 2010  

PARIS.- Llegaron a Francia porque eligieron irse de la Argentina. En algunos casos, como parte de una búsqueda profesional. En otros, por desacuerdo con la coyuntura política argentina del momento. Pensaban venir por un tiempo, pero se quedaron toda la vida. Argentinos de entre 40 y 65 años que con trabajo y esfuerzo lograron formar parte del engranaje cultural y social francés, destacarse, e incluso convertirse en referentes de sus disciplinas.

La creatividad de Emilio Trad, la fuerza de Felicitas Arias, la osadía de Marcial Di Fonzo Bo, la calidez de Jeanne Wietzerbin, la precisión de Pablo Katz. Argentinos que piensan en francés y buscan sus palabras en español. Un pintor, una astrónoma, un actor, una bioquímica y un arquitecto que se sienten muy integrados en la sociedad francesa, y que tienen en claro que en su país nunca podrían haber logrado el desarrollo profesional y el reconocimiento que obtuvieron en Francia, pero que aseguran también que la dualidad cultural los ayudó a distinguirse del resto.

A algunos les gusta volver a la Argentina, pero sólo de visita. Otros vivieron durante meses con la idea de un retorno inminente. Se estima que actualmente unos 15.000 argentinos viven en Francia. En esta nota, cinco ejemplos de quienes allí encontraron el lugar para cumplir sus sueños.

"Mi doble cultura me da una mirada particular"

Pablo Katz, Arquitecto

En casa, a los dos hijos más chicos de Pablo Katz les leen los cuentos en francés. Katz es argentino, y su mujer, alemana. Pero él no habla perfecto alemán, ni ella español. El francés es el único idioma que ambos dominan, y el que eligen transmitir. Los 28 años viviendo aquí le permitieron mejorar esos conocimientos básicos del francés, aprendidos en el Nacional de Buenos Aires, con los que llegó a París en 1982. Había empezado la carrera de arquitecto en la UBA, pero viajó hasta aquí por una "multiplicidad de razones, una de ellas sola no hubiera bastado". Sin el "mínimo proyecto" ni la intención de quedarse. Sin dinero ni trabajo. Empezó como dibujante y en 1987 se asoció con dos arquitectos; en 2001 fundaron GKP Architecture y en 2008 crearon su propio estudio. Desde principios de 2009 es presidente de la Sociedad Francesa de Arquitectos, primer extranjero que ocupa ese puesto. "Mi doble cultura me da una mirada particular. Lo veo como una ventaja." Construyó más de 2000 viviendas, un jardín de infantes municipal, un centro de convenciones y otro de comunicaciones, y restauró un edificio del siglo XV de la Opera del Rin, así como decenas de proyectos como urbanista. Además, enseñó en Stuttgart y en París. "Mi vida es en francés, con mis clientes hablo en francés, y sueño en francés. El español termina por emerger después de unos días de volver a Buenos Aires", admite. Durante 15 años no tuvo ningún contacto con su país: "Ni lo busqué ni lo tuve." Pero desde 1996 organiza programas de intercambio entre París y Buenos Aires, y dirige workshops en la UBA. Vive en una casa que él construyó. Vota aquí y sólo lee diarios franceses. Cuenta que en Francia la arquitectura tiene una función de interés público. Para él, en la Argentina es un negocio y una demostración de poder: "Cuantos más pisos y más metros, mejor. Las torres parecen tener un símbolo fálico". Pero cree que en nuestro país hay buenos profesionales. "Amo ese país; el potencial primero es la gente. Pero hay un gran problema con la dirigencia política. Y la sociedad se volvió individualista. Los argentinos tienen que redescubrir un proyecto colectivo."

"En Argentina no hubiera tenido los medios ni la posibilidad"

Jeanne Wietzerbin, Bioquímica (investigadora médica)

Recién llegada a París, un austríaco que dirigía un laboratorio le dijo: "Usted no va a volver nunca a la Argentina". Ella pensó que estaba loco. Hoy, nadie la conoce como Juana: después de 40 años en París, todos la llaman Jeanne. Diplomada en Farmacia y Bioquímica por la UBA, Jeanne Wietzerbin llegó a esta ciudad con su marido en 1967. Los dos habían ganado una beca y planeaban quedarse un año. Pero la coyuntura política argentina sumada a los logros profesionales en Francia los hicieron quedarse. De chiquitas, sus dos hijas paseaban en triciclo por una casa grande y vacía: "No comprábamos muebles, con la esperanza de volver. Pasaron diez años antes de reconocer que no volveríamos. Sentíamos mucha culpa". Mientras, Jeanne se especializó en el estudio de los interferones (una proteína que interfiere en la multiplicación viral y de células cancerígenas). Primero, en el reconocido laboratorio de Ernesto Falcoff, en el Instituto Curie, y luego, en una unidad del Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica, que terminó dirigiendo entre 1989 y 1993. Ese año se creó una sección especial para su proyecto de investigación, que encabezó durante 10 años. "Los inmunólogos están interesados en los jóvenes argentinos porque son excelentes, muy intrépidos y originales -afirma-. Los franceses desde que nacen piensan en ser directores. Los argentinos no se toman muy en serio y no tienen miedo." Fue presidenta de la Comisión de Inmunología y Enfermedades Infecciosas del instituto, es directora de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica, experta para varios organismos internacionales (entre ellos, la Organización Mundial de la Salud), y fue condecorada Chevalier de l´Ordre de Palmes Académiques, una distinción -cuyo origen se remonta a la época de Napoleón- destinada a quienes contribuyen de forma eminente con la comunidad educativa.

Jeanne viaja regularmente a la Argentina, y cada vez que va siente nostalgia, aunque reconoce que no hubiera podido hacer esta carrera en su país: "Y eso es una lástima. En Argentina no hubiera tenido los medios ni la posibilidad. Pero hoy soy optimista con la ciencia argentina. Allí hay voluntad de hacer cosas. La Argentina es un país donde todo es posible".

"Esta es una ciudad que devuelve"

Felicitas Arias, Directora de la sección Tiempo, Frecuencia y Gravimetría, del Bureau Internacional de Pesos y Medidas

Ninguno de los cinco o seis relojes que tiene en su oficina está en hora. Confiesa que llega tarde a todos lados: "Tengo una despreocupación total por la hora de todos los días". Su mousepad es el reloj deformado de Salvador Dalí. Pero a pocos metros de donde trabaja, en un laboratorio, tiene el segundo más perfecto: una fuente de cesio. Felicitas Arias es la directora de la sección Tiempo, Frecuencia y Gravimetría del Bureau Internacional de Tiempos y Medidas (BIPM), una organización intergubernamental -financiada por unos 80 países- que asegura en todo el mundo "la uniformidad de las mediciones y su trazabilidad al Sistema Internacional de Unidades". "Con esta coordinación, un kilo de papas, un litro de nafta o un metro de hilo representa la misma cantidad en todos lados", explica, en una clara intención de simplificar su trabajo. Astrónoma, de unos 50 años, Arias se encarga de la datación del tiempo: los relojes, como todo aquello que se basa en un sistema de unidades, tienen que tener coherencia. "Aquí construimos un segundo basado en todos los relojes del mundo", explica. Y esa afirmación parece estar a años luz de la Universidad de La Plata, donde estudió. Arias siempre tuvo relación con Francia. Cuando terminaba la universidad, fue invitada por el Observatorio de París para una práctica de seis meses. Se quedó cuatro años. En 1990 volvió a la Argentina. "El regreso fue un bajón. Me había acostumbrado a trabajar de otra manera: conectada al mundo y con recursos materiales." Ocho años más tarde se postuló "por curiosidad" a un cargo en el BIPM y resultó elegida. Su marido se negó rotundamente a dejar el país. Pero, claro, terminaron viajando los dos. Y hoy ni él volvería. "Siempre me sentí muy bien en la sociedad francesa. No tengo esa sensación de maltrato como en la Argentina, donde pagaba mis impuestos, pero me caía en los pozos de las calles. Esta es una ciudad que devuelve. Mi hija va a la escuela pública, y nadie hace diferencias", asegura. Dice que intentó hacer cosas en su país -al que ve grave y cada vez más abajo-, pero que no le dieron "ni la hora". Así que le encanta volver a la Argentina, pero sólo de visita.

"Aquí no todo se limita al acomodo"

Emilio Trad, Pintor

Busca sus palabras en español. Por momentos no las encuentra, balbucea, y se excusa. Su tono de voz es suave, alejado del porteño gritón, algo recurrente en quienes desde hace tiempo dicen bonjour en lugar de "hola". No extraña el mate ni el dulce de leche, y no entiende a esos nostálgicos. Dice haberse integrado muy bien en Francia. "No soy un argentino en París. Soy un francés aquí. Me conocen los franceses y no los argentinos."

Hace ya 31 años que Emilio Trad dejó la Argentina. Se fue con una valija llena de pinceles y pinturas, casi sin ropa, y con 300 dólares en el bolsillo. Durante los primeros años fue globetrotter, como él mismo se define: Italia, Holanda, España. Llegó a dormir en un parque, en una estación. En 1982 decidió que París, "la meca de la pintura", era donde quería instalarse. Vendía sus cuadros a menos de cien dólares, mientras vivía en el sótano sucio del atelier de un mexicano que había conocido en la calle. Pasaron diez años, y una de sus obras fue elegida para participar en el centenario Salón de Otoño de París, en el Grand Palais. La obra seleccionada es Au marché ("En el mercado"), de tres por dos metros. Un hombre con ojos cerrados y boca abierta, otro detrás de unas cajas con frutas, dos niños -uno de ellos sosteniendo una baguette-, dos palomas. Trazado geométrico y preciso. Alquiló un camión, la transportó y la colgó él mismo. Entre 3000 expositores, Trad ganó el primer premio por unanimidad. Dice que su hija Agathe, que había nacido una semana antes, vino con el pan bajo el brazo. "No me conocía nadie, era un anónimo, ni siquiera soy francés, pero me premiaron. Esto nunca me hubiese pasado en la Argentina. Aquí no todo se limita al acomodo. Es más universal. Tengo mucho amor por la Argentina, es mi país, pero allí nunca hubiese podido vivir de mi pintura." Desde aquel premio, las galerías le abrieron las puertas, y no paró de exponer: París, Londres, Beirut. "Siempre viví de mis cuadritos", dice, con verdadera modestia.

"Es lindo no sentirse de ningún lado"

Marcial Di Fonzo Bo, Actor y director de teatro

El imponente teatro Chaillot está vacío y oscuro. Un silencio aplastante, que de repente se rompe con el "un, dos, tres" -así, en español- de fondo. Es Marcial di Fonzo Bo que, con su Compagnie des Lucioles, ensaya La paranoia , de Rafael Spregelburd, obra que dirige y en la que actúa. Tiene 40 años y hace 22 que se fue de Buenos Aires. Dice que vivir cerca de un puerto, escuchando historias de inmigrantes, le creó ese fantasma de que el afuera es mejor. No fue por hasard (casualidad), como dice él, que vino a París. Aquí vivía parte de su familia -Manucha y Facundo Bo-, y empezó trabajando detrás del escenario, como "técnico de cualquier cosa". Cuatro años después entró en la escuela del Teatro Nacional de Bretaña, de la que salió en 1994 con una compañía y una socia, Elise Vigier. Un año más tarde ganó el premio de interpretación del Sindicato de la Crítica por Richard III, dirigida por Matthias Langhoff. Actuó en obras dirigidas por Claude Régy, Luc Bondy, Olivier Py (actual director del teatro del Odeón) y Christophe Honoré. Su compañía le permitió montar proyectos atípicos y más riesgosos: Eva Perón y La Torre de la Defensa -ambas de Copi-, Loretta Strong, Los Copis: los pollos no tienen sillas y La estupidez , también de Spregelburd. Lo que mostraba era polémico pero distinto. Así conquistó al público francés. Y a la crítica.

Cree que el acento lo ayudó; nunca se sintió al margen, pero sabe que no es francés. "Jamás seré aceptado como francés. Y en la Argentina tampoco soy argentino, porque no tenemos los mismos referentes. Pero es lindo no sentirse de ningún lado. No tener nacionalidad tiene su fuerza", asegura. Durante los primeros diez años no volvió a la Argentina. Se había ido del país enojado. De a poco, empezó a ir cada tanto. Hoy le encanta. El cine argentino le parece increíblemente creativo. Pero el gobierno actual no le gusta: dice que los que dirigen no son honestos y que la gente vive desinformada. Unas semanas después de esta entrevista, la obra se presenta. Los franceses son muy rigurosos a la hora de elegir los espectáculos por los que pagan. Pero aquí la sala está llena. Los franceses se ríen. Y aplauden de pie.

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