A los 89 años falleció ayer Félix H. Laíño

Durante medio siglo imprimió su sello personal a La Razón.
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8 de enero de 1999  

Félix Hipólito Laíño, fallecido en esta ciudad, ha sido una de las figuras arquetípicas del periodismo porteño de este siglo.

Fue -y no hay en esto exageración alguna- La Razón durante casi medio siglo, etapa en la que ese diario llegó a ser, por un largo lapso, el dueño de la tarde de Buenos Aires, la infaltable referencia entre la salida del trabajo y el regreso a casa, el gran informador cuando todavía la televisión no había consolidado su actual ascendiente, un vicio , como alguna vez lo definió el propio Laíño, ufano de su edición de 500.000 ejemplares, para entonces la mayor tirada periodística en nuestro idioma.

Inmerso en el éxito, había optado por una reserva cercana al misterio. Laíño era un periodista de la vieja escuela, renuente a aparecer, a mostrarse.

Se cuenta que jamás firmó una nota en aquella época y hasta los últimos años eran muy escasas sus fotografías. De hecho, el público no sabía de su existencia; su prestigio rondaba en los corrillos políticos, militares y gubernamentales, en charlas de redacciones y talleres, en anécdotas curiosas que lo mostraban, unánimes, como ejerciendo una autoridad implacable, sentencioso, asombrosamente lúcido, cáustico, escatológico y siempre avinagrado.

Al frente de la redacción

Su vida, su historia, fue el periodismo entendido como un ámbito de absoluta entrega profesional; del resto, apenas si se conocen datos inconexos. Había nacido en 1909, hijo de inmigrantes españoles. Vivió en Lanús muchos años y cursó estudios, unos aseguran que de humanidades; otros, de medicina. Fue -se dice- intérprete de violín, se afilió al Partido Socialista y tuvo pujos literarios; casi adolescente, aprendió el oficio de buscar noticias en el viejo vespertino Ultima Hora.

En 1932 se incorporó a La Razón y cinco años más tarde llegó a ser jefe de redacción, función que, con distintas denominaciones y a través de circunstancias en ocasiones difíciles, retuvo durante 47 años.

Titulero memorable, excepcional secretario de cierre, impuso características impares a ese medio, volcado por él al mentidero político, a un cauto sensacionalismo en policiales, a la información copiosa y omniabarcadora.

El estaba en todo: en el matiz del trascendido, en la línea editorial, en la evaluación del más mínimo texto, en la asignación de notas, en la elección de la profusa tipografía, en la meticulosa selección de fotos.

Un estilo informativo

Estableció la práctica del "recogido", creó la primera "última página" entre nosotros con su remate de frivolidades, así como la variante moderna de las revistas de diario con Siete Días, que La Razón sacó junto con la editorial Abril.

Era subdirector y sus tareas seguían siendo las mismas; sus hoscos aleccionamientos formaron a decenas de periodistas y su capacidad modeló un estilo informativo cuya influencia fue determinante en el periodismo argentino. Coincidían esos años, por otra parte, con un momento en el que se imponían los sobreentendidos y las deducciones: se decía -y no era falso- que leer La Razón era la mejor manera de conocer el pensamiento que prevalecía en el Ejército.

Pasó el tiempo: los hábitos cambiaron, la política cambió y asimismo el público. Hombre de caminar cabizbajo por Florida, solitario cliente de Richmond, no quería dejar su despacho de la Avenida de Mayo. La mudanza llegó, sin embargo, y lo llevó a Barracas. Era la vida y, en su caso, el fin de un ciclo.

Siete años más tarde -en 1984-, al convertirse en hacedor de La Razón Jacobo Timerman, precisamente uno de los periodistas formados junto a él, e irse los antiguos propietarios, se fue con éstos.

Después, casi impensadamente, los años lo volvieron una figura consular. Recibió premios y distinciones, actuó como consultor periodístico, se asomó a la docencia y fue incorporado a la Academia Argentina (hoy Nacional) de Periodismo, de la que era presidente. Ya anciano, había fijado su domicilio en el City Hotel y fue, hasta su muerte, asesor de La Prensa y de La Capital, de Mar del Plata.

Félix Laíño deja dos libros de memorias y reflexiones en los que, en el lenguaje escueto de su profesión, quedan consignadas algunas experiencias entrañables: "De Yrigoyen a Alfonsín", de 1986, y "Secretos del periodismo", aparecido un año más tarde.

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