La generación Lost

Disfruten de la increíblemente psicodélica y confusa temporada final de Lost: no volverán a ver un programa de televisión tan limado.
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8 de marzo de 2010  • 16:27

Alguien le preguntó una vez al legendario productor de televisión Sherwood Schwartz por sus mayores éxitos, La isla de Gilligan y La tribu Brady: ¿por qué todos los episodios empiezan con una canción que resume las premisas del programa? Schwartz respondió: "La gente confundida no se ríe". Sabias palabras; sin embargo, el éxito de Lost demuestra que hay otra alternativa. A veces, a la gente confundida le gusta confundirse un poco más.

Es difícil hablar de Lost sin dar la impresión de que uno ha estado fumando del fasito de la iniciativa Dharma, pero así son las cosas. En términos generales, es un programa de ciencia ficción pensado para fanáticos del porro y de los videojuegos, repleto de paranoia y de chistes psicodélicos para entendidos. (Mi preferido: el nombre de Richard Alpert, el Otro que nunca envejece, es un homenaje al pionero del LSD de Harvard).

Pero a través de toda esa bruma nerd, se vislumbra que Lost tiene alma. En términos más profundos, la serie se trata de la forma en que procesamos y recordamos los traumas que sufrimos, y cómo a veces eso puede hacernos aun más daño que los hechos que los provocaron. Se trata de un grupo de personas que en el pasado vivieron experiencias jodidas, y que no se permiten los unos a los otros olvidarlas. Tratan de conciliar el pasado con el presente, pero ni siquiera pueden ponerse de acuerdo en qué es el pasado. Esta gente se pasó cinco temporadas trabada en la frase con que empieza la canción de La isla de Gilligan, tratando de descubrir qué fue los que les pasó. ¿"Siéntense a escuchar el relato de un viaje fatal" ["Just sit right back and you’ll hear a tale"]? En Lost, eso es lo difícil.

Así que los sobrevivientes se la pasan volviendo a representar esa escena originaria del accidente de avión, ya sea de manera literal (subiéndose a otro avión que vuela por la misma ruta, con la esperanza de que vuelva a caerse) o figurada (che, hay una bomba de hidrógeno; ¿alguien tiene un fósforo?). Incluso cuando vuelven al pasado, nunca pueden hacer borrón y cuenta nueva, y siempre terminan encontrando las huellas que dejaron la última vez que estuvieron ahí.

Es cierto, nadie se da cuenta qué es lo que está pasando; pero ésa es la razón de ser de la serie. En la isla, uno está atrapado entre la memoria de la tribu y la individual, pero en realidad no puede fiarse ni de una ni de la otra. Eso puede resultar enloquecedor; hay tantas líneas de tiempo y derivaciones de la trama contradictorias entre sí, que uno se ve forzado a elegir su propia aventura.

Lost no es un programa para espectadores esporádicos. No hacen episodios unitarios, como a veces hacían Los expedientes secretos X, para que los neófitos pudieran ver a Mulder y a Scully perseguir al monstruo del Lago Ness sin preocuparse por si el Fumador había matado o no a John Fitzgerald Kennedy. En Lost, todo es a largo plazo, y la serie lleva a los espectadores a través de un jardín de senderos que se bifurcan.

Los creadores del programa no sienten la necesidad de explicar por qué aparecen osos polares en la isla, o qué es el Humo Negro. Simplemente se dedican a pergeñar los enigmas y dejan que el público se imagine solo las soluciones, analizando las pistas y estableciendo conexiones. En el momento en que Hurley encuentra un ejemplar de Temor y Temblor de Kierkegaard en la mochila de un muerto, en todo el país puede oírse a gente tecleando monografías con títulos como "Hurley como el Paladín de la Fe", o "La resignación infinita en Mr. Cluck’s Chicken Shack".

Esta temporada largó con todo, saltando de una línea temporal a otra. En una, estamos en 2004 y el avión nunca se cayó, pero los caminos de los pasajeros se siguen cruzando, como si la isla fuera una especie de fuerza demoníaca dentro de ellos. Mientras tanto, en la selva es 2007 (y todo está mucho más interesante). Los sobrevivientes están atrapados en el Templo de la Perdición. Juliet murió, y eso es algo muy malo, porque la da a Josh Holloway una buena excusa para sobreactuar todavía más, aullando como un plomo contrariado de Molly Hatchet.

Luego de seis años de construir su propia e hipercompleja mitología, quizá fuera inevitable que Lost se metiera con uno de los grandes mitos religiosos: la muerte de Dios. Jacob, la divinidad de la isla, es asesinado por su antiguo y humillado esclavo, Ben. John Locke, que se la pasa diciéndoles a los demás que todos están en la isla por un motivo, ahora hace dos personajes: su propio cadáver, y un Anticristo resucitado, que les dice a los habitantes de la isla que, ahora que su Dios ha muerto, son finalmente libres.

Quizá sea una locura que un programa de televisión se meta con temáticas tan ambiciosas; sin embargo, Lost es ridículo a una escala que ningún otro programa de la tele podría igualar. ¿Y acaso el ridículo no es la razón de ser de la TV? Incluso si no sos fan de Lost, vas a extrañar la serie cuando termine. Porque posiblemente nunca volvamos a ver un programa de televisión tan limado. Capaz que la gente confundida no se ríe, pero si se los sabe manipular, es posible hacer que se obsesionen.

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