Un millonario que va por más

Quiere tener en su campo un Mundo Marino para sus nietos
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1 de febrero de 1999  

Hasta hace menos de un año, Jorge Gregorio Perez Companc (Perez sin acento, Goyo para los íntimos, El Cardenal para sus pares) era el más desconocido entre los grandes empresarios argentinos.

Lo que se sabía de él era poco. Por ejemplo, que era el único latinoamericano habitué de los rankings de multimillonarios que publican anualmente las revistas de negocios Forbes y Fortune ; que tenía una fortuna estimada entre los 4400 y los 5200 millones de dólares; que era hincha de River y filántropo, y que los rubros en los que invertía estaban diversificados e iban desde la prospección petrolera hasta los servicios, pasando por la alimentación y la producción agropecuaria.

Perez Companc cultivaba un perfil bajo y disfrutaba del anonimato, y a lo largo del tiempo había tejido a su alrededor un aura de secreto y de misterio.

Pero desde hace menos de un año, para sorpresa de todos, él mismo decidió descorrer el velo que cubría su vida. Primero empezó a vender compulsivamente empresas y acciones, después cambió drásticamente sus intereses de inversión, y por último se permitió excentricidades de megamillonario que hasta entonces no se había concedido. El resultado es que hoy, a los 64 años (cumplirá 65 el 12 de octubre), se transformó por propia elección en un hombre público.

El hijo pródigo

Primer dato por tener en cuenta: el propietario de la mayor fortuna individual de la Argentina no nació en cuna de oro. Según consta en su acta de nacimiento, es hijo de Benito Bazán y Juana Emiliana López, y adoptado a los 11 años por los Perez Companc.

Durante su adolescencia estuvo pupilo en un colegio religioso de Córdoba, hizo la secundaria en el Marín de San Isidro, y sufrió un problema óseo que lo obligó a utilizar muletas. Cuando egresó del Marín quiso estudiar agronomía para criar vacas y ovejas en la Patagonia, pero sus hermanos no se lo permitieron: querían sacarlo bueno en el manejo empresarial, y cumplir con el deseo de su madre.

Se dice que fue reconocido como un miembro pleno de la familia a los 24 años, después que su madre adoptiva, Margarita Companc de Perez Acuña, les había hecho jurar a sus tres hijos que lo tratarían como a un hermano de sangre y que lo incluirían en los directorios de las empresas familiares.

Margarita Companc había sido, en realidad, la fundadora del imperio. Cuando su esposo murió sólo le había dejado como herencia dos casas modestas, una de ellas hipotecada, y la mujer trabajó como profesora de francés y hasta como lavandera para educar a sus hijos.

El hombre de los Ford T

Gregorio Perez Companc, el hombre que compró en 635 mil dólares una Ferrari F50 de colección y en 45 millones un Boeing 737 con capacidad para 140 pasajeros, está casado con María del Carmen Sundblad y tiene seis hijos. Otra hija, Margarita, murió en un accidente a los 19 años.

Tiene una heladería artesanal sobre la ruta 25, frente a Escobar, que el primer año dio pérdidas. En la misma zona está una de las estancias de Goyo, de 262 hectáreas, y en esa vecindad hizo un amigo: el ex comisario Luis Abelardo Patti. Allí, guarda sus trece autos de colección. Como no quiere sacarlos a la ruta, se construyó un autódromo propio.

Cuando no está en la estancia, en alguna de sus empresas en la Patagonia o en la villa Quina-Quila, de San Martín de los Andes, donde veranea, Perez Companc vive en su casa de Barrio Parque, en plena Capital, y asiste a misa a diario.

De sus obras en la Patagonia, una llama la atención más por su audacia que por su tamaño: al oeste de San Julián, en plena meseta desértica santacruceña, ha encontrado agua y sembrado alfalfa para alimentar ganado.

Todo San Julián se modificó por su toque mágico. Es el pueblo más cercano a la mina de oro y plata Cerro Vanguardia, de la que es copropietario.

La inefable Amalia Fortabat, que ha dicho de él que "se tuvo que comprar un avión tan grande porque tiene muchos nietos", ha dicho también: " Goyo no es Yabrán; Goyo es la Iglesia".

En verdad, a Perez Companc lo llaman El Cardenal por su profunda fe católica y por su acercamiento a la jerarquía eclesiástica. Una de las particularidades de su grupo empresario es el estilo imbuido de austeridad mística, y otra, las obras benéficas que gran parte de las veces no tienen publicidad: cuando Margarita murió los hijos crearon la Fundación Perez Companc a su memoria, y se supone que la entidad gasta 15 millones al año en ayuda social. Con excepciones: para la construcción de la nueve sede en Pilar de la Universidad Austral, del Opus Dei , Perez Companc donó la mayor parte de los 80 millones de dólares que costó.

Goyo , el hombre que fuma y bebe, pero poco; que controla sus empresas con mano de hierro, tiene una asignatura pendiente: está a la espera de una resolución de la Subsecretaría de Pesca y Recursos Naturales que le permita instalar piletas con mamíferos acuáticos en su campo de Escobar. Hasta que esa resolución no salga, la fantasía de un Mundo Marino propio para sus nietos seguirá siendo el único sueño que no pudo realizar.

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