Una antigua colonia para leprosos se convirtió en la casa de 45 niños

Cambio de rumbo: hace 60 años albergaba en La Matanza a los hijos de los enfermos de lepra; hoy, viven chicos con problemas familiares.
Cynthia Palacios
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8 de febrero de 1999  

La Colonia Infantil Mi Esperanza fue fundada en 1939 para albergar a los hijos sanos de los enfermos de lepra. Hoy, 60 años después, esta enfermedad ya no es un enemigo. Los chicos de La Matanza tienen otros problemas que sí preocupan.

Por eso, la colonia sigue abierta, aunque ahora otros niños ocupan sus pabellones. La lepra ya no desvela a sus padres, que ahora tienen otras dificultades: los problemas económicos van de la mano con los conflictos familiares. Y las madres de estos chicos decidieron que Mi Esperanza es un buen lugar para esperar que pase el mal momento.

En la década del 40 llegaron a vivir en la colonia unos 300 chicos. Pero las actuales limitaciones monetarias de los voluntarios que la llevan adelante hacen que no puedan recibir en el predio a más de 50 pequeños. Hoy viven en Mi Esperanza 35 chicos, de entre uno y doce años, que tienen problemas familiares, y otra decena de niños pasa el día en la colonia, que depende del Consejo Federado Capital Federal de la Federación del Patronato del Enfermo de Lepra de la República Argentina.

Sólo quedan tres hijos de leprosos. Un chico de 11 años, cuyo padre se atiende y trabaja en un centro médico de General Rodríguez, y otros dos jóvenes, que ya no viven en la comunidad pero trabajan en ella como empleados.

El predio, de poco más de diez hectáreas, está ubicado en el kilómetro 22,500 de la ruta 3. Las deudas obligaron a que la colonia se reduzca. Hoy sólo se ocupan un par de pabellones y gran parte del terreno se vendió para que pueda seguir funcionando.

La mayoría son grupos de hermanos y hasta hay una familia completa. Seis hermanitos huérfanos viven en la colonia. "Antes de morir, la mamá los dejó con un vecino, pero él decidió que los chicos estarían mejor acá. Prefiere que vivan con nosotros y él los viene a visitar", explicó la hermana María Brun.

Brun está en Mi Esperanza desde hace 16 años. "Porque me gusta el trabajo con los chicos", confió. Fue protagonista del cambio de rumbo de la institución y ahora es la directora del lugar.

"Ayudamos a las madres que vienen desesperadas y les damos una mano para que salgan a flote -contó la religiosa-. En general, son hijos de mamás solas, que muchas veces no tienen casa ni trabajo. Cuando se reacomodan, los chicos vuelven con ellas. En realidad, son las madres las que necesitan más ayuda, pero sabemos por experiencia que ayudándolas a ellas ayudamos a sus hijos."

Así es que dos asistentes sociales y una psicóloga se encargan de contener y trabajar para que las familias puedan recomponer sus vínculos.

Si bien su ideal es que los chicos estén lejos de sus madres el menor tiempo posible, a veces pasan dos o tres años hasta que los problemas se resuelven. Sin embargo, los que trabajan en Mi Esperanza se sienten conformes con el trabajo realizado. Según explicó a La Nación la presidenta de la institución, María Elena Bosch, en estos cinco años unos 300 chicos volvieron con sus familias. La colonia también presta uno de sus pabellones a la escuela Nº 512 para chicos con discapacidades mentales. Y en el mismo predio también funciona la escuela 522, a la que concurren los chicos que viven en la institución.

Creatividad v. recursos

Sin subsidios, con la colaboración de unos pocos socios y algunas donaciones, es fácil imaginar las dificultades que atraviesa la comisión directiva para mantener la colonia.

Tal es así que apelaron a su creatividad. La falta de casas de retiros espirituales en la zona le dio una idea: están reciclando un edificio del predio en el que sueñan construir una casa de oración y recaudar fondos con su alquiler.

"La idea es que la casa de retiros nos permita mantener esto. Si no, se convierte en una empresa titánica", aseguró María Angélica Rossi de Camelli, protesorera de la federación (4821-5531).

"Esto se hace por amor a los chicos. Pero todo se vuelve más difícil cada día", dijo Dagoberto Fernández, que integra la comisión directiva hace más de diez años.

La colonia recibe el aporte solidario de seis voluntarios. Uno de ellos cuida de la pequeña huerta y cría animales, una tarea que los alivia de la compra de alimentos.

Las necesidades más urgentes de la colonia son alimentos y ropa para los chicos. "También nos gustaría que alguien nos donara una heladera, un freezer y una computadora porque devolvimos la que nos prestaban", detalló Camelli. "Necesitamos pintura y materiales de construcción para la casa de oración", pidió Fernández.

Las palabras de la hermana Brun son un buen relato del cambio de dirección que emprendió la federación. "Cuando ya no hubo más chicos de padres leprosos, la colonia quedó vacía. Las necesidades del momento nos hicieron cambiar. Teníamos tantos pedidos, tanta gente desesperada que no sabía qué hacer con sus hijos...". Hoy son otros los fantasmas que ponen en peligro a los chicos de la zona. Pero las ganas de ayudar parecen no haber cambiado en Mi Esperanza.

Un hogar agradecido

"Nos llamó mucha gente después de la nota. Para nosotros, la difusión es muy buena, no tanto por las donaciones que podemos recibir sino porque es indispensable para nuestro trabajo que la gente nos conozca", dijo a La Nación Juan von Engels, creador del Hogar MAMA.

Hace 14 años, este profesor de educación física reunió a sus alumnos de quinto año en un proyecto solidario: así levantaron entre todos el hogar Mis Alumnos Más Queridos (MAMA), en el que hoy viven 47 chicos de entre tres meses y 24 años. Además, como salida laboral y fuente de recursos, los jóvenes del hogar abrieron una panificadora.

La casa y la panificadora están en Villa Ballester (teléfono 4580-6001). El objetivo de Von Engels, su esposa Anna y sus alumnos colaboradores se cumplió con creces: estos chicos encontraron en MAMA una familia.

"La pobreza no debe ser motivo de la desintegración de una familia. Si los problemas tienen un origen socioeconómico, ayudamos a las familias a recomponer la situación", sostuvo Von Engels. Así, su trabajo se orienta también a reconstruir grupos familiares para evitar que los hijos se separen de sus padres.

Aunque no contabilizaron en detalle todas las llamadas recibidas después de que su trabajo se difundiera en La Nación , Von Engels aseguró que "fueron muchas más de 50".

Asistentes y trabajadores sociales se comunicaron con el hogar para conocer más de ellos: "Recibimos muchas llamadas interesantes, con buenas propuestas, no sólo de donaciones materiales", dijo Von Engels, que aseguró que, tras la difusión de su labor en Historias Solidarias, a fines de octubre último, las cosas resultaron más favorables.

Para dar una mano

  • Para reconstruir: la Red Solidaria y la Red Mundial de Emprendedores de la Asociación Ashoka participarán de la reconstrucción que comienza esta semana en Armenia y Pereira, las ciudades más afectadas por el terremoto en Colombia. Necesitan antibióticos y antiinflamatorios, agua mineral, frazadas (4761-7994 o 4816-4084).
  • Materiales de construcción: la Fundación Emanuel, de González Catán, tiene un hogar para 30 chicos. Como quieren terminar el edificio, les hacen falta tirantes de madera, arena, cal, cemento y membranas para los techos. También necesitan alimentos . Su teléfono es el 4661-7777.
  • Comunidad: Camino de Esperanza es una comunidad terapéutica para jóvenes drogadictos que funciona en Puerto Madryn. Tiene 20 internos, pero las instalaciones son muy precarias. Solicitan camas cuchetas, pintura, herramientas de todo tipo, cables, vajilla, sillas apilables y una computadora. Para ayudarlos: (02965) 450-118/4291-6288.
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