La cultura joven a través de una rapera

La reciente tercera edición del festival Ciudad Emergente convocó a la rapera Miss Bolivia para una de sus jornadas. La vida, el trabajo y los obstáculos que enfrenta esta artista iluminan la problemática de muchos de los creadores jóvenes que aún no son conocidos por el gran público
Leonardo Tarifeño
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19 de junio de 2010  

La diminuta chica con dreadlocks que canta "Jálame la tanga" en escenarios de mala muerte es una psicóloga de línea deleuziana, que alguna vez dio clases de la materia Problemas Antropológicos en Psicología de la UBA y, durante la catástrofe de Cromagnon, ayudó a las madres de las víctimas a reconocer a sus hijos muertos en la morgue metropolitana. La artista que se toma los senos con las manos mientras rapea "no tengo miedo, no tengo miedo / voy montada en un caballo de viento" estaba en México de vacaciones cuando aquí estalló la bomba del corralito, y ante la perspectiva de volver a un país -su país- que acababa de dejarla sin trabajo, decidió quedarse seis meses en el Distrito Federal, reconvertida en la moza que, por argentina en la mala, recibía más propinas que nadie en un restaurante uruguayo del zócalo de Coyoacán. La psicóloga de emergencias y catástrofes, la recepcionista despedida y la camarera de ocasión hoy conviven en Paz Ferreyra, más conocida como la rapera Miss Bolivia, miniestrella especial de la última edición del Festival Ciudad Emergente y una de las principales referencias en la fusión local de la electrónica y el hip hop. Paz vive en La Boca, a media cuadra de la plaza Solís y a un costado de la parada final del colectivo 168, y para que salga a abrir la puerta de su casa hay que gritar su nombre desde la calle porque el timbre no anda. Otra alternativa es avisarle a través de un sms que uno está allí, o llamarla. En eso estaba yo cuando primero oí que bajaba una escalera y después sentí una extraña versión en Funmachine de "Bombón asesino". Pero por ahí no había ningún Funmachine; la cumbia que sonaba venía del ringtone de su celular.

Paz tiene más de bombón que de asesina, aunque ya me daría cuenta yo de que sobre el escenario la ecuación se invierte. Es hiperdelgada y muy bajita, y parece extraño que una sonrisa extra large le quede tan bien, cuando definitivamente no es su talle. Desde hace seis meses vive en esta ex panadería de La Boca, que el padre de la cantante Paula Maffia le regaló a su hija, y que la propia Paula rebautizaría como "La Casa Mostra" en honor a su banda de rock, La Cosa Mostra. Hoy Paula le enseña canto a Paz, y ésta le paga con clases de ashtanga yoga, disciplina que aprendió tras tomar un postgrado de medicina ayurveda en la facultad de psicología. "Después de lo de Cromagnon me quedé muy mal, estuve varias semanas sin poder dormir -cuenta Miss Bolivia mientras prepara la rutina del día, que incluye una clase de yoga en Villa Crespo y grabación de su disco en un estudio de Castelar-. Ahí, con esas mujeres, entendí lo que significa ser madre. Yo ya había visto partos y trabajado con locos, pero nunca había oído gritos como ésos. Eran gritos animales, ancestrales, con resonancias del fracaso en la preservación de la cría. Los recuerdo y se me pone la piel de gallina."

-Si fue tan importante para vos, ¿por qué cambiaste la psicología por la música y la cultura hip hop?

-Porque en un momento me di cuenta de que los guetos de la psicología reproducían la lógica perversa del capitalismo. Pero todo lo que hice y estudié me sirvió muchísimo. Tanto, que para mí yo aún hago psicología, sólo que de una manera transversal. En el rap trabajo con la palabra, como en la psicología, y con la música intento hacer estallar el canon hegemónico. Las verdades son infinitas y tienen que ver con las rupturas.

El búnker

En La Casa Mostra hay maniquíes, viejos sillones de peluquería, muebles antiguos y rotos o más rotos que antiguos, calcomanías de bandas underground (Suspensivos Inflamables, Las Bellas Vinagres) , bicicletas y un galpón que Paula y los suyos transformaron en salón de fiestas mensuales. Con esos eventos, los habitantes de la casa pagan las cuentas, o al menos eso intentan, y de paso crean un espacio para que las bandas underground tengan dónde tocar. En su primer concierto como Miss Bolivia, la psicóloga (y, también, ex baterista) Paz se escondió detrás de un parlante para que nadie viera quién cantaba esas rimas incendiarias. Ahora, dos años después de esa noche, para ella cantar "es como estar en mi salón de juegos. En los momentos en los que no tengo ni para el colectivo me pregunto para qué, por qué hago música. Y cuando subo al escenario, no importa dónde, siempre encuentro la respuesta". Mientras habla y gesticula, una calcomanía pegada en la heladera resume el espíritu de la casa: "los productos de consumo masivo son armas de destrucción masiva". ¿Algún día la música de Paz será de consumo masivo? Es difícil saberlo. Por ahora, la chica duerme, sueña y compone en un cuarto pequeño como ella, con un colchón en el piso y un escritorio improvisado sobre el que maqueta las canciones que luego graba en Castelar. "Emerger es lo más dificil para un artista, porque hay pocos lugares para tocar, los medios no cubren los conciertos y las radios no pasan esa música -explica-. Además, aquí no se contempla el salario del artista. Al menos en mi caso, yo trabajo mucho y mirá cómo vivo. Doy mis clases de yoga y en los shows me pagan muy poquito. Para pagar la luz de la casa tenemos que hacer las fiestas, y se hace cuesta arriba convocar cuando estás en el medio de La Boca"

-¿La escena underground está mejor o peor que hace unos años?

-Mejor en algunas cosas, peor en otras. Lo malo es que después de Cromagnon se perdieron muchos lugares para tocar, y para algunos parece que una banda en vivo es sinónimo de bardo . Lo bueno es que cada vez hay más comunicación entre el underground y el mainstream , y eso es genial. Yo acabo de abrir para los colombianos Bomba Estéreo en Niceto, en pleno Palermo, pero mañana voy a tocar a un lugar punk de San Telmo, pasado mañana me presento en un concierto contra el paco aquí en el barrio y dos días después me voy a una gira de 20 días por México. Supongo que la clave es no creérsela, porque la verdad es que en la casa toco para pagar la electricidad, y dos veces a la semana tengo que ir a comer a lo de mi mamá.

Almuerzo al paso

Antes de ir a Castelar, Paz corre el 152, se baja en el Luna Park, toma el subte, llega a Angel Gallardo y de ahí camina con una mochila bastante más grande que ella hasta Lavalleja y Córdoba, adonde da su clase de yoga. Una hora y media después se toma el mismo subte y desde Corrientes y Pueyrredón camina hasta Once. Antes de entrar a la estación compra una trenza o una bolsa de chipá de tres pesos, y con ese almuerzo emergente enfila al furgón del tren Sarmiento. Es la hora pico, y algunos se suben con un diario que apoyan en el piso para sentarse en el suelo mientras los demás cuelgan bicicletas, tiran latas de cerveza por la ventana o fuman lo que no deben entre amigos y desconocidos que reclaman su pitada. Paz es la única mujer del furgón y nadie le falta el respeto; si le piden un cigarrillo dice que no fuma, y si le ofrecen cerveza agradece con un "no, papi" que sólo ella es capaz de pronunciar con la entonación justa. En Castelar se queda hasta las once de la noche, y a las doce y media camina por la oscuridad de La Boca con su compu repleta de música escondida en la mochila. "Una sola vez me quisieron asaltar, y en ese momento salió un tipo desde un balcón y gritó: ´a la flaca dejala que yo la juno´. El chico, que estaba medio drogado, salió corriendo, y desde entonces no tuve problemas". Aunque al día siguiente debe presentarse en el Ciudad Emergente, Paz no cena porque está demasiado cansada para cocinar algo. Con sus auriculares escucha las pistas que acaba de producir y se duerme mientras en sus oídos ella misma se canta "apágalo / apaga la mente / busca tu llama interior".

En el festival Ciudad Emergente hay recitales gratuitos, invitados internacionales como Mad Professor, un espacio donde se puede escuchar a bandas que aún no han grabado ningún disco, una muestra de fotografías de rock y encuentros de poesía, entre otras atracciones. De todas maneras, lo mejor de las jornadas parece el encuentro entre las diversas tribus juveniles, que en la ciudad tienen pocos lugares donde mezclarse y verse sin prejuicios ni recelos. En los camerinos del desfile de indumentaria, Miss Bolivia se prepara junto a los modelos improvisados, que incluyen un cantante de reggae, dos niños y amigos y amigas de los diseñadores. Las estrellas tienen que cambiarse a la vista de todos, strip tease involuntario que genera bromas más nerviosas que divertidas. Paz compró su pantalón en el Once, el top se lo trajo su mamá de España y el resto de la ropa es made in Liniers. A último momento llega Señorita Carolina, la cantante que de día es secretaria en un consultorio médico de Palermo y de noche se transforma en corista de Miss Bolivia. Apenas llega, las dos se abrazan como si hiciera años que no se vieran, y aunque el show sólo incluirá tres o cuatro canciones parecería que están a punto de saltar al Madison Square Garden. Cuando íbamos en el subte hacia Angel Gallardo, un vendedor ambulante me ofreció un encendedor gigante a 10 pesos. "Mirá, alta llama", me dijo Paz, para citar el nombre de una de sus canciones más conocidas. Con esa frase en la cabeza, yo quise comprar el encendedor para llevármelo de recuerdo, pero Paz no me dejó. "Psst, diez pesos es mucho -me retó-. Si por lo menos fuera recargable...". Mientras la veía sobre el escenario de Ciudad Emergente, me pareció ver que otra llama era la que contaba su propia historia. Aquella que surgía de su voz, de su vida, de las letras con las que interpelaba a un montón de chicos que no la habían visto nunca. Y que tal vez no la olviden, si buscan en su llama interior.

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