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Una elección que significa mucho

El final de más de dos décadas de hegemonía en la conducción de la UCR bonaerense trasciende al propio partido
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18 de junio de 2010  

Sobre la reciente elección de autoridades de la Unión Cívica Radical en la provincia de Buenos Aires parece que ya no queda nada por decir. La sorpresa del triunfo de Ricardo Alfonsín; la alteración que ese resultado impone en el balance de poder interno del partido; la perspectiva de que emerja una nueva precandidatura presidencial, alternativa a la de Julio Cobos; la reanimación del Acuerdo Cívico y Social con la Coalición Cívica de Elisa Carrió y con el socialismo de Hermes Binner tuvieron un abundante tratamiento por parte de la prensa.

Sin embargo, existe un aspecto de esos comicios que quedó en la penumbra. Es el motivo por el cual los afiliados de esa agrupación fueron llamados a las urnas, es decir, la designación de las autoridades. Sólo si se lo observa sin detenimiento el resultado de la elección podría pasar inadvertido. La conducción que por 23 años estuvo al frente del radicalismo bonaerense terminó su reinado y esa novedad podría trascender los límites de la UCR y de la provincia.

Es temprano para aventurar cuáles serán las consecuencias concretas de ese relevo. Pero existen innumerables razones para identificar sus potencialidades, es decir, para decir qué cabe esperar de él. Si gracias al recambio en el liderazgo de la principal fuerza de oposición, la provincia de Buenos Aires recupera un nivel razonable de competencia política, el resultado de esas elecciones locales será visto como un hecho trascendente para la vida de toda la Nación.

Para comprender esta dimensión hay que advertir que durante más de dos décadas, es decir, desde que Antonio Cafiero venció a Juan Manuel Casella en la disputa por la gobernación en 1987, la provincia de Buenos Aires se vio privada de debate político. Con motivo del plebiscito constitucional que Cafiero convocó en 1990 para obtener su reelección, la UCR bonaerense se puso a la sombra del liderazgo peronista y se conformó con ejercer una oposición complaciente y anodina.

Este aletargamiento se verifica en innumerables indicios. El radicalismo no pudo generar en todo ese tiempo un solo candidato competitivo para ejercer la administración del estado provincial. La consecuencia inmediata es que los bonaerenses quedaron al margen de uno de los beneficios de la república: la alternancia en el ejercicio del poder. Los principales líderes del partido en la provincia prefirieron fugarse hacia la más cómoda agenda de problemas nacionales, en vez de generar un diagnóstico inteligente y novedoso sobre los males del distrito que les permitiera convertirse en una alternativa de gobierno.

La falta de riqueza en la vida legislativa bonaerense es otra consecuencia de estos vicios. Desde hace más de una década -y esto es un secreto a voces- la Legislatura provincial es la sede de un pacto corporativo-parlamentario del que pocos diputados o senadores están excluidos.

Este anquilosamiento de la política en el distrito más gravitante del país entrañaría sólo una preocupación teórica si no fuera porque durante el mismo lapso en que se produjo, la vida de la sociedad bonaerense se degradó de manera preocupante. Los niveles de pobreza y marginalidad crecieron sin cesar. También la inseguridad se transformó en una pesadilla, sobre todo para las familias de más bajos recursos. Las finanzas públicas muestran una administración siempre al borde de la quiebra. El juego, con todas sus lacras, se expandió con una velocidad capaz de convertirlo en una de las principales fuentes de riqueza de unos pocos y de pobreza de miles. La droga, en sus modalidades más dañinas, como el paco, hace estragos, sobre todo entre los más pobres. La proliferación del secuestro extorsivo, los asesinos a sueldo y la expansión del negocio de los desarmaderos de autos son también fenómenos recientes, pero con tendencia a estabilizarse.

El conurbano bonaerense, que por su propia densidad produce patologías específicas; la corrupción, ya no entendida como método para obtener negocios sino como negocio en sí misma; su consecuencia inmediata, la aparición de mafias que se van constituyendo en una nueva clase social establecida en los intersticios del poder; las irregularidades sistemáticas de la policía; el clientelismo entendido como manipulación de las necesidades básicas a cambio de lealtad electoral y la emergencia de nuevos actores sociales, como los piqueteros, son fenómenos que requieren todavía de una comprensión clara en toda su complejidad.

En la provincia de Buenos Aires está pendiente también una amplia reforma institucional que incluya un límite a la reelección de los intendentes, una mayor autonomía para los municipios y un nuevo diseño territorial. Las eternas continuidades de muchos caudillos locales hablan de que la restricción del juego político ha ido generando una verdadera oligarquía cuyo objetivo principal es mantener sin cambios el estado de cosas. Ese cometido sería más difícil de lograr si en el distrito existiera una oposición independiente y competitiva.

Sólo una visión superficial de la historia y de la vida pública podría suponer que la calidad de la política está desligada de la calidad de vida de los ciudadanos. La historia reciente de los bonaerenses y de su dirigencia viene a desnudar la conexión profunda que existe entre esos dos órdenes. El cambio de responsabilidades dentro del radicalismo podría ser, además de un llamado de atención, una oportunidad para la democracia de nuestro país.

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