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Las huellas de Buenos Aires

Un recorrido por la ciudad junto a Daniel Schavelzon, director del Centro de Arqueología Urbana (CAU) de la UBA, revela sitios clave del pasado. ¿El resultado? Esta guía poco convencional y divertida: patrimonio cultural, a la vuelta de casa, para explorar en las próximas vacaciones
Emilse Pizarro
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11 de julio de 2010  

Hay una gruta en Constitución

Pavón y Lima. Hervidero: todas las líneas de colectivos, la C del subte y el ferrocarril Roca. Es difícil imaginar cómo fue a fines del siglo XIX. El arquitecto Schavelzon explica que en ese entonces importamos de Europa el estilo de grutas. La expresión máxima fue la mole de cemento que, en Pavón y Lima Oeste, decoraba la plaza que antes fuera de carretas y mercado de frutas. La gruta fue construida por pedido de Torcuato de Alvear, intendente porteño entre 1885 y 1888, que también hizo que le instalaran una en el jardín de su casa, en Cerrito y Juncal. "Tenía escaleras, pasadizos, un túnel interior, pasarelas colgantes y más vericuetos. Un recorrido por ella era algo así como ir a un Disneyworld del pasado; había aventura, asombro y entretenimiento para el ocio de la nueva burguesía", explica el arquitecto. Y agrega: "Sirvió para lo que se había planeado en origen: era un núcleo de reunión popular, de intercambio social, tema de discusión y polémica".

Pregunta obvia, ¿qué pasó? Un año después de la inauguración, otro intendente, Francisco Seeber, inició la demolición porque "afeaba" la plaza. Muchos alertaban sobre su derrumbe inminente, que nunca ocurrió. La tarea del destierro se completó finalmente en mayo de 1914, cuando la empresa Anglo Argentina, a cargo de la construcción del subterráneo Retiro-Constitución, la demolió.

La arquitectura de grutescos y rocallas, que recreaba la naturaleza, más sus escaleras y pasadizos, tuvo amantes y detractores. El estilo, que también llegó a la fachada de las casas, era considerado de "poca monta".

Si bien la de Constitución fue la más importante, se construyeron grutas en los paseos más notables de la ciudad; plaza Francia, por ejemplo, tuvo la suya.

Esclavos, tropas y toros

Plaza San Martín. En la explanada, la escena años atrás era muy distinta. Sobre la calle Maipú, barranca abajo, donde pisos de oficinas desafían la gravedad, estuvo la Casa del Retiro, residencia del gobernador Robles, que se transformó, en 1740, en la Compañía Inglesa, el mercado de esclavos más importante de la ciudad. "Buenos Aires era un puerto negrero. Se decía que entraba contrabando, pero no que era de humanos." Según Schavelzon, en la segunda mitad del siglo XVIII la población de color representaba entre el 25 y el 30. El mismo predio luego pasó a ser los Cuarteles del Retiro, donde el Gral. José de San Martín entrenó a sus tropas. Justamente en la plaza, en el Campo de Marte -y donde hoy tiene su estatua-, la gente se reunía para ver al Regimiento de Granaderos a Caballo. A pasitos de la zona que ocupó uno de los asientos negreros más grandes, donde el Libertador demostró su destreza y valentía, unos toros también demostraron la suya. Del lado que da al edificio Kavanagh existió, por el 1800, una plaza para las corridas. "Todo terminó en la época de Bernardino Rivadavia: se prohibieron las corridas. Entonces se demolió." Hubo lugar, también, para el museo nacional de Bellas Artes. Parados en el centro de la plaza, Schavelzon indica que estamos sobre los restos del Pabellón de París o Argentino. "El enorme y maravilloso edificio de hierro y cristal que se construyó para representar al país en la Exposición Universal de París de 1889, fue desarmado y luego lo trajeron aquí, hasta 1935, que se desmontó y se hizo Bellas Artes en Avda. Libertador".

Plaza de las paradojas

Avda. del Libertador y Avda. Sarmiento. Sí, Palermo fue de Juan Manuel de Rosas. El parque Tres de Febrero eran sus jardines. Su residencia, ubicada en la esquina sudeste de la intersección de esas avenidas, tenía 75 metros de frente. En lo que era el patio se levantó, en 1900, el monumento a su enemigo, Domingo Faustino Sarmiento, obra del escultor Auguste Rodin. En 1958 fue el turno de Justo José de Urquiza: el suyo se emplazó en Avda. Sarmiento y Figueroa Alcorta. Más tarde, mucho más tarde, el del dueño de casa: desde 1999 Juan Manuel de Rosas y su caballo de bronce miran a Sarmiento de frente desde la plaza Intendente Seeber. A 150 metros, el Monumento de los Españoles ve todo. "Ellos son la trilogía que dirigió el siglo XIX, y la independencia [Monumento de los Españoles] está en el medio: la historia está ahí", cuenta el arquitecto. Fuera de esta lógica queda la estatua de Caperucita Roja, muy cerca de todas las demás, pero sin vestigio alguno de sentido común.

En 1985 y 1988 el CAU trabajó en los suelos de la casa de Rosas, que luego ocupó Urquiza y que más tarde fue la Escuela de Artes y Oficios del Colegio Militar. Si bien no lograron dar con el pozo de basura -el tesoro más preciado por los arqueólogos; allí es donde todo se tira y todo queda-, sí pudieron establecer cómo se vivía en aquella época. Y lo que hallaron fue otra paradoja. Por 1835, Rosas dictó la Ley de Aduanas, una medida proteccionista del comercio local que gravaba el ingreso de la mercadería extranjera. Acá, 150 años después, "encontramos la vajilla en la que tomaba el té, que era francesa; los platos, ingleses, y las baldosas, también de Francia; vivía con gran lujo: era gaucho para afuera".

La Casa Rosada que no fue

Juramento 2180. La casona que hoy es el museo histórico Sarmiento "fue una especie de Casa Rosada: al firmarse la Constitución de 1853 la provincia de Buenos Aires no era parte de la Confederación -quedó al margen del país-, por lo que podría haber terminado siendo una república independiente, como Uruguay. Funcionó como Casa de Gobierno", dice Schavelzon. El museo abrió sus puertas en 1938, cuando se la declaró monumento histórico nacional. "Podría haber sido a cualquier otro tema, porque no es el monumento ni la casa de Sarmiento, es a donde fueron sus pertenencias. Eso tergiversó el sentido del edificio: Sarmiento pasó a tener más peso que la historia de la casona, la Casa de Gobierno de la República Argentina." Pero las memorias impalpables que pisoteamos desde arriba del colectivo 60 no se agotan en el museo. A una cuadra, en la zona de Juramento y Arcos, estaban las caleras. "De ahí salió toda la cal con la que se construyó Palermo." Toque timbre, grítele "parada" al chofer y baje en esa esquina. Cuando el semáforo del peatón indique verde, cruce. Caminará sobre unos adoquines más grandes que el resto de los que cubren la calle, y dispuestos como baldosas que unen las ochavas. No son arreglos de baches: usted está caminando sobre las trotadoras, como lo hacían los habitantes hace 120 años. Las trotadoras -esa línea de adoquines- fueron construidas por encima del nivel del empedrado para que cuando lloviera y se inundara la calle (no había pluviales), se pudiera cruzar. Recuerde este dato cada vez que tema por los amortiguadores de su auto, el viaje rutinario tendrá otro sabor.

Raíces que hablan

Plaza San Martín de Tours. Entre las calles Posadas y Schiaffino y la Avda. Alvear, la plazoleta sobre la barranca parece caer sobre una de las vías más opulentas de la ciudad. Cerca de la iglesia del Pilar, del Palais de Glace y de plaza Francia, los inmensos gomeros que cobijan del sol a los porteños permanecen desde mediados del siglo XIX, y aún hoy rescatan del suelo parte de la historia.

"Esta, en sus comienzos, no fue la zona más cara de la ciudad; había quintas. Aquí estaba la de Armstrong", señala Schavelzon. La Recoleta se pobló de adinerados cuando éstos escaparon de la zona sur, en 1871, por causa de la fiebre amarilla. Thomas St. George Armstrong fue un banquero y financista irlandés de peso en Buenos Aires, con contactos con el comercio londinense. De lo que pasaba en la residencia que utilizaba sólo en los veranos, los árboles y la arqueología se encargaron de contar algo en 2007, cuando un equipo del CAU excavó hasta 8 metros de profundidad en el sitio y dieron con fragmentos de loza, vajilla, huesos de animales, frascos de perfumes, vidrios de botellas de vino y hasta media vasija entera. "Se ve que esta gente tiraba toda la basura a la barranca; por eso continúa apareciendo material." Hoy, un siglo y medio después, las fortísimas raíces de los gomeros se empecinan en seguir arrancando desde lo profundo la vida del irlandés: fragmentos de botellas emergen de vez en cuando.

Por eso, ojo al caminar por la zona: además de cortarse, puede estar pateando la historia.

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