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Historia de amor cantada para domingo

Andrea Bonelli y Nacho Gadano, micrófono en mano
Pablo Gorlero
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11 de julio de 2010  

Parece mentira, un amor cantado . Con Andrea Bonelli y Nacho Gadano. Piano: Aníbal Zorrilla. Vestuario: Pablo Ramírez. Peinado: Diego Impagliazzo. Luces: Omar Possemato. Sonido: Leonardo Campastro. Asistente: Jazmín Esteve. Producción ejecutiva: Bárbara Bofill. Dirección: Bonelli & Gadano. Domingos, a las 20.30, en Clásica y Moderna, Callao 892 (4812-8707). $ 40. Nuestra opinión: buena.

En los años 90, Betty Gambartes impuso un subgénero musical casi artesanal, en el que, a través de boleros o tangos -según el caso-, trazaba una leve dramaturgia que servía para el lucimiento de actores-cantantes. Así pasaron por sus manos Arráncame la vida, Tus besos fueron míos, Yo que tú me enamoraba o No te prometo amor eterno . Muchas propuestas nacieron a partir de esa impronta, aunque pocas lograron una dramaturgia consistente que las volviera un hecho teatral musical asequible y agradable. En Parece mentira, un amor cantado , el dúo de actores que integran Andrea Bonelli y Nacho Gadano supieron revivir aquella magia. Y aunque Betty Gambartes nada tiene que ver con el espectáculo y ellos no se basaron en ninguna de las obras mencionadas, cabe el paralelo ya que es sobre ese modelo de columna vertebral en el que se estructura este atractivo y agradable café concert.

Ni Bonelli ni Gadano son pretenciosos. Ellos son actores que cantan; por lo tanto, es a partir de sus interpretaciones que surge espontáneamente la musicalidad. Son afinados y poseen agradables voces, pero no intelectualizan el hecho de cantar. Lo hacen naturalmente, como salga, confiando en su afinación y en que su instrumento es otro, nada más ni nada menos que el que hará vivos esos decires, esos sentimientos, esas historias.

La estructura de la obra es delgada y, tal vez, sea allí donde hubiera sido necesario profundizar más. Una historia de amor, de barrio, fulminante, sus contratiempos, su ruptura y su reconciliación. Está estructurada en dos partes. La primera, con sabor a arrabal, zaguán y empedrado, compuesta por tangos más antiguos, con un fuerte acento en el aspecto humorístico. Allí Gadano arranca las primeras sonrisas en su presentación de "La canchera" (de Alberto Hilarión Acuña y Orlando Solabarrieta) y Bonelli despliega su perfil más hilarante en "La mina del Ford" (de Antonio Scatasso y Pascual Contursi) y "El que atrasó el reloj" (de Guillermo Barbieri y Enrique Cadícamo). Juntos interpretan uno de los mejores momentos, al intercambiar sus roles en "Sentimiento gaucho" (de Francisco y Rafael Canaro y Juan Andrés Caruso) y "Hambre" (de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo).

La segunda parte, a partir de la crisis de la relación, contiene temas de la década del 40 en adelante, donde la gracia les cede tranco a la reflexión, a la pena, al realismo más psicológico. Sólo, sentado a una mesa, muy cerquita del público, Gadano hace una sensible y emotiva versión de "Nada" (de Horacio Sanguinetti y José Dames) y de "Una canción" (de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo), mientras que Bonelli sorprende con "Los pájaros perdidos" y en un final potente y desgarrado con una yapa especial: "Youkali", de Kurt Weill.

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