Albertina Carri y Marta Dillon: retrato de una nueva familia

El terror de la dictadura, el Bowie del gay power y la búsqueda de libertad se cruzan en la historia de amor de Marta Dillon y Albertina Carri, dos narradoras que, junto con el diseñador Alejandro Ros, gestaron a un niño con nombre de guerrero. La construcción de una nueva familia argentina.
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13 de agosto de 2010  • 13:32

"Dos mujeres poderosas, brillantes, inmensamente capaces, con todos los recursos a su favor… Y aun así, mirá lo difícil que les ha resultado. Imaginate qué le queda a toda esa gente sola y frustrada que hay en el mundo, sin medios, sin nadie que los ayude, temerosos de perder el trabajo si se atreven siquiera a admitir que son gays; ni hablemos de formar una familia... Los heterosexuales deberían ver que esto no es extraño. Creo que todo el mundo lo va a entender, excepto quizá la Coalición Cristiana y la extrema derecha."

El héroe de folk rock David Crosby a Rolling Stone, febrero de 2000, en una nota que revelaba su paternidad biológica de las dos hijas de la cantante Melissa Etheridge y la cineasta Julie Cypher.

Marta Dillon y Albertina Carri habían vivido unas cuantas vidas antes de conocerse y enamorarse una noche en el Urondo. Las dos eran hijas de militantes secuestrados y asesinados durante la dictadura, las dos fueron nenitas fugitivas del terror y sobrevivieron para ser narradoras de su tiempo. Esa noche de agosto de 2005, mientras le entraban de lo lindo a una botella de absenta, la nafta de los poetas malditos y los falsos brujos, el llamado milagro del amor y la calentura se mezclaban con la fuerza de una tragedia en común y el pálpito de un destino. Eran dos creadoras midiéndose la histeria, tocándose un poquito, poniéndose al tanto de sus vidas y de sus obras. Porque si bien ambas eran hijas de desaparecidos, sus caminos no se habían cruzado hasta entonces. Marta fue testigo del secuestro de su madre, un cuadro del Movimiento Revolucionario 17 de Octubre, cuando tenía 10 años. Y Albertina vio cómo se llevaban a sus padres, comandantes de Montoneros, antes de cumplir los 4. Marta, la mayor de cuatro hermanos, heredó el espíritu combativo de la mamá y fue referente de la agrupación H.I.J.O.S. desde su origen. Albertina, la menor de tres hermanas, pasó toda su infancia creyendo que sus padres tal vez estuvieran vivos en alguna parte; nunca activó en una organización, y la forma en que lidió con la orfandad y el vacío de respuestas quedó retratada en Los rubios, una película imprescindible para desmontar el discurso único alrededor de los hijos de los 70.

El 20 de noviembre de 2008, tres años después de aquel primer encuentro que terminó a los besos, Marta mandó un correo a sus contactos. Bajo el asunto "Buenas noticias", el mail decía: "Amigos, amigas, compañeros y compañeras de ruta, de trabajo, de vida, queridxs todxs... Hace mucho que no atiendo el teléfono, ni me comunico con nadie, apenas voy de casa al trabajo. Tanta concentración en el nido era necesaria para preparar la cuna de nuestro querido hijo que por fin, el lunes 17 de noviembre, ha nacido. Se deslizó desde el vientre de su valiente madre después de muchas horas de rogarle, entre pujos y gritos, que asomara su cabeza. Ahora toma la teta como si siempre hubiera estado ahí. Yo sigo sin saber del todo quién soy pero segura de que vale la pena estar aquí. No hace mucho me sentía un poco sola en este sinuoso camino de la vida. Y de pronto, he aquí mi numerosa familia: una hija, un hijo, una nieta, mi amor Albertina que me endulza la vida. ¿Qué más decirles? Excusarme por este acto de exhibicionismo; es que la emoción desborda y está bueno compartirla. Les mando besos, festejen con nosotras, Furio está en el mundo".

Ahora nos encontramos en una preciosa casa del barrio de Saavedra, muy cerca del parque, primer piso por escalera, patio con parrilla, una muralla de libros, bandita de perros –Favorita, Mala y Tres–, dos gatas –Canela y Pepita–, filas de embutidos sobre la mesada de la cocina a punto de saltar a un guiso y las señoras del hogar, Albertina y Marta, echadas en un sillón del living, fumando rubios, hablando de la vida doméstica y de las ventajas y desventajas de trabajar en casa: Carri tiene su estudio en la planta baja y Dillon edita Las 12 y Soy, los suplementos de mujeres y diversidad sexual, respectivamente, del diario Página/12, desde una piecita del primer piso. En la parte posterior de la casa, antes de la siesta de media mañana, un varoncito de veinte meses juega a los cochecitos. Si tenés un poco de suerte (sólo un poco, porque es generoso), te ofrece uno mientras te estampa una sonrisa ganadora. A su lado, en la postura del loto, con un gesto bastante parecido al del pequeño, está Alejandro Ros, autor de las tapas de buena parte de los discos de rock nacional que te compraste en los últimos diez años, de Narigón del siglo a Jessico, de Hijos del culo a Un mañana. El padre del nene.

La escena es cálida y rutinaria, sin demasiada mística, pero sucede mientras redoblan las campanas de una guerra santa, y en ese contexto, este cuadro costumbrista podría fundar una nueva Era de Acuario. Las familias suelen ser campos de girasoles o campos de batalla, y la mayoría alterna su existencia entre las dos variantes, pero lo que se percibe en esta casa es tan natural para cualquiera que se haya criado en un hogar constituido, que el prejuicio del "experimento queer" se rinde ante la sensación protectora y la organización aceitada que infunden las dos madres y el padre.

La vida de Furio empieza con el romance de Marta y Albertina. Pero si buscamos rastros prehistóricos, señales borrosas en el origen de este relato de superación, podemos remontarnos a 1998, año en que Dillon escribió una nota sobre gays y lesbianas de Argentina que habían formado familia en San Francisco. Si bien en Estados Unidos el matrimonio homosexual no es legal, sí existe la figura de la "second adoption", que permite a dos personas del mismo sexo compartir la adopción de un chico. La familia protagonista de la nota era la que habían formado dos mujeres junto con José María Francos, hermano de Fernanda, la primera novia de Marta (y la única hasta Albertina; Marta casi siempre salió con hombres). La hija que nació de aquella unión de tres hoy tiene más de 30 años y dos niños (modo de producción: heterosexual). "Hicieron una inseminación casera a fines de los 70", cuenta Dillon. "Intentaron primero tener sexo pero les daba tanta risa que no pudieron y optaron por la «copa de semen» –según sus propias palabras– y un «rociador de pavos»... una jeringa de uso no médico. David Leavitt cuenta en uno de sus libros, El lenguaje perdido de las grúas, lo difundido de este método en aquel entonces."

Del método de concepción que usaron Dillon-Carri-Ros nos ocuparemos más adelante, cuando el relato nos lleve a una noche de eclipse en un telo bajo la autopista. Lo que podemos decir de aquel 98 es que Alejandro, diseñador gráfico de Las 12, quedó fascinado con la historia familiar de California mientras la plantaba en página. En ningún momento, sin embargo, se le ocurrió que él podría estar involucrado en algo así. En aquella época, ser gay en Argentina anulaba virtualmente la posibilidad de ser padre. Además, la paternidad nunca había sido un anhelo para él. Y tampoco lo era cuando, algunos años después, Marta lo encaró en un pasillo de la redacción para preguntarle si quería tener un hijo con ella y Albertina.

"Ahora parece que sucedió todo muy rápido", dice Carri. "No fue muy complicado tomar la decisión, casi como que estaba escrito. Yo hacía rato que tenía ganas de tener un hijo, pero no había encontrado el formato. Sabía que sola era una locura. Y cuando lo decidimos con Marta, fue ella la que eligió que tuviera un padre. A mí en un principio me parecía un lío; una persona más... Pero después me gustaba la idea de que tuviera una familia fuera de casa. Tené en cuenta que ésta es una familia sin abuelos."

"A mí, la idea de concebir con un semen comprado siempre me hizo un poco de ruido, sin juzgar a quienes lo hacen", agrega Dillon. En ese plan, el perfil casi zen de Ros parecía cuadrar a la perfección: alguien que va liviano por la vida, con una visión positiva de las cosas, afectuoso pero nada posesivo, seguro de sí mismo y con una mentalidad libertaria. "Además –dice Marta–, tenía que entender que era un proyecto nuestro, que nosotras íbamos a decidir las cosas básicas de la crianza... El hecho de que tuviera un padre estuvo pensado como un regalo para Furio, no estaba siquiera en nuestro modelo mental de familia."

No casualmente ellas habían elegido a Ros como maestro de ceremonias de su "casamiento apócrifo". Después de una unión civil con convocatoria récord (la jueza de paz no podía creer la cantidad de gente que entraba esa mañana en el Registro Civil), las chicas arrearon a los íntimos al Urondo Bar, el restorán de Javier, hijo del periodista, escritor y militante desaparecido Paco Urondo. Ros llevaba puesta una túnica y unas orejas de conejita de Playboy, y se disponía a leer una versión ligeramente modificada de los votos religiosos. Estaba tan nervioso que la mayor parte del texto quedó en manos de una amiga, pero finalmente las declaró "mujer y mujer".

Al mediodía el vino ya había hecho efecto entre las contrayentes y los invitados. Había que salir a la pista. En el lugar sólo había dos discos –uno de Madonna, otro de Abba–, una grabación del bolero "Nací para ti" y un vals de Leonard Cohen. Se la pasaron bailando toda la tarde con esos pocos cartuchos. Estaban felices. Y como buenas recién casadas, ya pensaban en los hijos.

"No me acuerdo mucho de mis padres", dice Carri. "No tengo referencias de mí antes ni después. Yo me crie en esa ausencia, rodeada de relatos, cosas que escuché, fotos… Mis hermanas siempre los tuvieron muy presentes e insistieron mucho en sostener su presencia, un poco como hizo Marta. Hay recuerdos que ya no sé si son ficción, hay cosas que creo acordarme pero no sé si las viví o si las construí a partir de esta ausencia tan espesa y dolorosa."

La escena del secuestro la tiene en la cabeza. Su versión –que quedó relatada en Los rubios– es una mezcla de memoria temprana, reconstrucción y un ojo cinematográfico afilado. "La recuerdo como una película", dice. "No la recuerdo con angustia, sino como algo que le pasó a otro. Llegaba a mi casa con mi hermana del medio, Paula, era de día, y venían unos autos a toda velocidad. Paula me agarró del brazo, porque se dio cuenta de que venían a buscarnos, empezamos a correr, nos tropezamos, nos agarraron de los brazos. Paula lo recontraputeó al tipo, lo pateó, lo mordió, se soltó, se metió en la casa y yo me quedé ahí afuera. Después, mi memoria salta a cuando nos llevaban en el auto, que mi hermana gritaba y decía que en el otro auto estaba mamá, y uno de los tipos decía que no, que se callara, y mis dos hermanas lloraban y yo no entendía por qué lloraban. Pregunté adónde nos llevaban y me dijeron «con tus abuelos», y a mí me dio una alegría bárbara, porque se venía el «malcriadismo»."

Aquel 24 de febrero de 1977, el terrorismo de Estado se cargó a dos enemigos de peso: Roberto Carri, intelectual devenido comandante de Montoneros, y su mujer, Ana María Caruso, comandante segunda de la misma organización. Tratemos de situarnos en la vida real de esos años mitificados y pensar en dos padres jóvenes que, mientras criaban a sus tres chicas, le daban para adelante en la lucha armada. En Los rubios, una compañera de Caruso la recuerda en la cocina de su casa suburbana, las nenas dando vueltas por ahí, y Ana María que revolvía la pasta del gulasch mientras le "hacía el bocho" a su amiga sobre a quiénes había que apuntar. "Parecía Susanita –se ríe la mujer–, pero por momentos era Rasputín."

Después del secuestro, Albertina y sus hermanas se fueron a vivir al departamento de sus abuelos, en Barrio Norte. Durante todo ese año intercambiaron correspondencia con sus padres en cautiverio, hasta que perdieron el contacto. En el verano del 79, las chicas se mudaron al campo con unos tíos. Los años rurales de Albertina, que inspiraron su último largometraje hasta la fecha (La rabia), tuvieron mucho de iniciación en la adversidad, o al menos en el confuso vacío que había dejado el secuestro, y también en el amor redentor de sus tíos. Fueron, mayormente, días felices. A los 10 años volvió a Capital y fue a un colegio de monjas. Haciendo una sinopsis sintética hasta lo maleducado, digamos que después llegó la edad de las respuestas sobre el pasado, las malas noticias del presente, los cigarrillos, las primeras drogas, las salidas, las amistades pulenta, el despertar sexual y un par de años de Letras en Puan. A los 19 cambió por Cine en la FUC y ahí comenzó su prolífica carrera en el gremio, desempeñándose durante varios años como cámara de diversos directores. Fueron tiempos de rodajes, cocaína y mujeres, pero en un viaje a París se enamoró de un chico con el que se casó en una fiesta memorable. Un año después se divorciaba.

Albertina ya era la cabeza rapada más caliente del Nuevo Cine Argentino, una chica capaz de hacer un cortometraje porno con muñecas Barbie en stop motion y después narrar la desaparición de sus padres en un paradocumental donde lo político y lo privado no reconocen diferencias. Cuando estrenó Los rubios, la llamaron del suplemento Radar para entrevistarla. Ros estaba a cargo de la tapa, y decidió que la mejor imagen para ilustrar el tema eran los playmóbiles que protagonizan los separadores animados. Alejandro se presentó en la casa de Carri y dispusieron los muñequitos para las fotos. Marta y Albertina ni siquiera se habían conocido. Ni al más zarpado se le podía ocurrir que el semen de Ros y el útero de Carri, en prodigiosa combinación, terminarían gestando a un bebé con nombre de guerrero. Pero ahí estaban los dos, viéndose las caras por primera vez, jugando a los playmóbiles (los mismos con los que hoy juega Furio) como si, en efecto, todo estuviera escrito en alguna parte.

Dillon aprendió de chiquita a tratar con el peligro. Su mamá, Marta Angélica Taboada, era una abogada militante que activaba en el MR 17. Los meses previos a su detención, la madrugada del 28 de octubre del 76, fueron tiempos de aventura y temeridad para la pequeña. A los 9 años, según describe Laura Ramos en La niña guerrera, un libro de relatos non-fiction, Martita ya conocía técnicas para escabullirse de los grupos de tareas, tenía charlas políticas con las amigas revolucionarias y hacía viajes furtivos hasta Iguazú para sacar a algún compañero por la frontera. Sus padres se habían separado y ella era la única hija mujer de cuatro hermanos, la primogénita, y en esos momentos de complicidad femenina en acción, seguramente se sentaron las bases matriarcales del futuro.

"El secuestro para mí implicó no sólo que ya no estaba mi mamá, sino que ya no estaba nada del mundo que yo había conocido", dice Marta hoy. "Ni esa alegría, ni mis amigos... Fue arrasador."

Después de oír los ruidos del secuestro desde sus habitaciones, los hermanos se mudaron con su padre –también abogado, de pasado peronista y militancia vencida– y durante la adolescencia de Marta alternaron vivienda entre Buenos Aires y Mendoza (ella también pasó una temporada en un internado en Suiza, donde probó por primera vez un poco de la libertad vedada en la Argentina de plomo). Con la desaparición de su madre –detenida en campos como El Vesubio y El Banco–, los lazos que la unían con su familia se fueron desintegrando. "En mi casa, el relato enmudeció completamente", cuenta Dillon. "Entonces yo quedé agarrada a mi memoria y a eso que todo el tiempo está haciendo eclosión en la familia. A todos los hijos e hijas esa historia nos ha influido de algún modo particular, y todos compartimos algo de la experiencia. El aislamiento fue fortísimo para todos, no sólo para mí, que ya era una nena grande y me acuerdo. Por eso fue tan fuerte la experiencia de H.I.J.O.S.: porque era encontrarte con gente a la que no tenías mucho que explicar. Esa fue la parte más poderosa de todo eso, saber que hay un lugar al que pertenecés. Y hay personas de ahí que van a ser mis hermanos siempre."

La adolescencia coincidió con la primavera democrática, el rock, el auge de la merca y la revolución sexual en diferido. Marta cursó un poco de Ciencias Políticas en Mendoza, algo de Sociología en Buenos Aires y, después de un par de trabajos malos, comenzó a ejercer como periodista en el diario Sur. A los 20 se fue a vivir con un chico y a los 21 tuvo a su hija, Naná Dillon, a la que crió básicamente sola mientras el padre trataba de saldar sus cuentas con la ley.

Marta sabía lo que era ejercer la maternidad en pleno combate: lo había aprendido de su vieja. Sólo que, a comienzos de los 90, en lugar de esconder camaradas en el sótano y firmar hábeas corpus para militantes secuestrados, Dillon machacaba olivettis en las redacciones y en su departamento; escribía crónicas policiales y cuentos eróticos, se organizaba con familiares de víctimas de la dictadura y, sin saberlo, diseñaba los orígenes de una pequeña leyenda periodística, rompiendo corazones de lectores y reporteros gráficos con la misma puntería. Los años de fiesta fueron intensos y seguramente inolvidables. Y si bien su convicción libertaria la eximía de comprar moralejas al costo, el resultado positivo de su análisis de VIH, en 1994, le hizo cambiar algunos hábitos. Por esos años el SIDA todavía era el terror, y en la terapia personal de Dillon, además del cóctel farmacológico, la comida saludable y los ejercicios matutinos, sobresalía la columna con que desembarcó en el suplemento No: "Convivir con virus", uno de los grandes aportes del periodismo joven de los 90, una bitácora proto-blogger de supervivencia activa.

A lo largo de su vida, a Naná le preguntaron unas quinientas veces si seguiría los pasos periodísticos de su madre. "Pero no, el periodismo no es para mí", dice con esa voz dulce y ligeramente cantarina que hereda de Marta. Naná trabaja como empleada administrativa en la Secretaría de Derechos Humanos que, cerrando una nueva parábola del linaje, está a cargo de Eduardo Luis Duhalde, abogado del mismo estudio al que pertenecía Taboada, su abuela desaparecida.

Naná superó a Marta en términos de maternidad precoz: tuvo a Jade hace tres años, a los 20, con lo cual Marta fue abuela antes de tener a Furio, su segundo hijo. Y lo que permite que un borrego de un año y medio sea el tío de una rubiecita de 3. Naná se separó del padre de Jade cuando la beba tenía seis meses, y hoy vive con un MC de 24 años y su hijo de 4. De pronto Naná, la que heredó el nombre de la heroína de Emile Zola, es, a los 23 años, la joven matriarca de una familia tipo.

Naná se crio entre pancartas, asambleas interminables y escraches a genocidas. Del mismo modo en que su abuela había involucrado a Marta en la actividad política, ella se vio inmersa en las marchas por juicio y castigo desde muy pequeña. "Me acuerdo de una charla en la que mi mamá me contó que a mi abuela se la habían llevado por pensar distinto de los militares", dice Naná ahora. "Y yo le decía: «¿Y cómo sabemos que eso no va a volver a pasar?». Y mi mamá me decía que no, que ahora el pueblo es más fuerte, blablablá. «Pero si pasa –le decía yo–, a nosotras nos van a hacer pelota.» Me daba un miedo terrible. Y mi mamá resolvió esa conversación diciéndome: «Bueno, Nani, mirá, si los militares vuelven al poder, te juro que el primer avión que sale nos lo tomamos nosotras». Y ahí me quedé tranquila. Lo único que me faltaba era que mi mamá se quisiera quedar a combatir."

Cuando Marta empezó a salir con Albertina, Naná todavía dormía en el cuarto adolescente de su casa en La Boca. "Al principio mi mamá me decía que había conocido a un «director de cine» –cuenta Naná–. No sé exactamente por qué, porque yo ya le había conocido una pareja mujer, Fernanda, cuando yo tenía 9 años. En ese momento mi mamá tampoco me lo dijo de entrada, y ahí sí fue todo un tema, me molestó muchísimo. Porque yo creía que era la amiga, hasta que un día las descubrí in fraganti. Eso fue terrible, y empecé a hacerle la vida imposible. Después me sentí culpable porque, con los años, antes de que llegara Albertina, yo sentí que Fernanda había sido una de las mejores parejas de mi mamá. Con los novios hombres que vinieron después, Dios… ¡cómo quiero a las mujeres!"

Carri quedó tocada después de aquel encuentro con Marta en el Urondo. Tiempo después escribiría sobre aquellas horas posteriores al flechazo: "La mezcla de Rivotril y absenta me está haciendo pésimo, debería volver a la cocaína, me dije, y eso hice, durante los días que no me llamó". El comienzo del romance fue descontrolado, lo más parecido a "alguna película de Tarantino –en palabras de la propia Carri–, porque la vida cuando emociona tanto se parece un poco a la muerte".

Después de la mudanza, los viajes y la unión civil, después de convertirse en una verdadera pareja, era el tiempo de la procreación. La primera vez que se reunieron con Alejandro para hablar seriamente del proyecto, había un cuarto elemento infiltrado, y la cosa no terminó bien. Ros estaba con su novio de entonces, que en realidad no quería saber nada del tema. "Terminamos todos peleados, y dijimos «no, así no hay manera»", recuerda Dillon. "Pero estuvo mejor", dice Alejandro, que al poco tiempo rompió y volvió a aparecer como el semental del triángulo. "En ese tiempo se asentó la decisión. Podía haberse disuelto, y no."

Desde que Furio llegó al mundo, las preguntas que flotaban en el viento eran: ¿cómo lo hicieron?, ¿inseminación?, ¿sesiones de sexo pragmático? "El sexo normal nunca estuvo en los planes", descarta Dillon con una sonrisa, poniéndole un límite concreto a la cuestión. Los primeros intentos fueron caseros. Iban a la casa de Alejandro, él les daba un frasquito con el esperma –por lo general con algún diseño alusivo, un mapa de Tokio forrando el envase o una etiqueta rotulada con el nombre FURYO– y, con una jeringa normal, la pareja hacía el procedimiento a puertas cerradas. "Nosotras habíamos hablado con la ginecóloga, a ver cuánto duraba el semen, esas cosas", cuenta Marta. "Y nos dijo que duraba 48 horas fuera del hombre y cinco días dentro del cuerpo de la mujer. Después de ese primer ensayo, que nos pareció demasiado hippie, hicimos dos intentos con un médico. Pasábamos a buscar el frasquito por lo de Ale y nos íbamos a un consultorio. Previo a eso, a Alber le hacían ecografías para ver cuándo ovulaba."

Las sesiones en el consultorio desalentaron a Albertina: "Después de la segunda vez, yo dije «no, así no». Exponer tu cuerpo a la medicina nunca es lo mejor, y menos en este caso. Era todo muy desangelado". Sin embargo, el paso por el método científico les permitió saber las fechas de ovulación, y también aprendieron a inseminar dentro del cuello del útero mediante una sonda. La evolución del rociador de pavos, digamos. El do it yourself de la concepción con macho in absentia.

Con el conocimiento de su lado, las chicas viajaron a Cabo Polonio –"nuestra playa torta, casera, seminudista"– y después de unos días cayó Ros para aportar lo suyo. La muy promovida magia de "el Cabo", con su horizonte tan vasto y su famoso desprecio por la energía eléctrica, prometía grandes cosas para el plan de gestación. En un par de noches de fogón, baile, risas y pastillas, la inseminación dejó de ser un procedimiento mecánico para convertirse en un momento de amor y celebración. "El intento fue tan divertido que ya era un desastre", recuerda Dillon. "Nos reíamos, el espéculo salió volando; creo que la mitad del frasquito quedó afuera", cuentan entre risas.

Volvieron a Buenos Aires ilusionadas y Albertina viajó a Berlín para presentar La rabia. Cuando se indispuso, la frustración empezaba a tocar un primer límite. "Yo dije: «Hacemos un intento más y paramos, porque empezaba a ser un poco angustiante»", rememora Carri. Dillon agrega: "Pensá que seis intentos son seis meses de tu vida que se cuentan de a quince días. Quince esperando la inseminación, quince esperando a ver si quedaste embarazada. Tratás de no tomar alcohol, de hacer vida sana... Y nosotras tampoco somos tan recatadas en ese sentido".

En esa búsqueda de la fertilidad placentera, el siguiente intento fue menos chic y más ligado a la fecunda tradición de la porteñidad sexual. "Nos fuimos a un telo", dice Marta, como si eso lo hubiera destrabado todo. En una noche de eclipse lunar, las chicas pasaron por lo de Alejandro y retiraron un frasquito estampado con la leyenda "OUTLET". Fueron al albergue temático Osiris, por la zona de Puerto Madero, bajo la autopista, y entraron en la habitación egipcia. Era tan espantosa que salieron corriendo y le pidieron al conserje que las cambiara. El tipo les dijo que la tenían que pagar igual, se pelearon un rato, pero al final terminaron pagando dos habitaciones de 250 pesos para evitar la egipcia. "Después de esa vez fuimos a comer y ahí tuve la clara sensación de que quería tener un hijo", dice Marta. "Por momentos, dudaba, porque bueno, a los 40 años, estando tan bien las dos solas… Pero después de esa noche de hotel tan empática y divertida, tuve la sensación de que se formaba en mi cabeza la imagen."

Semanas después, Dillon escribió en su diario de embarazo, dirigido al poroto que germinaba en la panza de su mujer: "En el Cabo rezamos, en el telo lo hicimos. ¿No es un excelente comienzo?".

Estamos en un campo de detención del ejército japonés, Segunda Guerra Mundial, y el capitán Yonoi, herido en su honor por no haber sido mártir, maneja el pelotón de prisioneros británicos con el rigor sensible de su tremenda katana. Todo va más o menos bien –mutilados, ejecuciones por homosexualidad, lo rutinario en estos casos– hasta que llega Jack Celliers y le mueve la estantería. Celliers es un soldado inglés de mirada intensa, rebelde, misteriosamente bello, con un pasado lleno de secretos y un código marcial propio. Pero, aun con sus pestañas de geisha y su fajina entallada, Yonoi es todo un reprimido; está claro que Celliers lo vuelve loco, y entre la atracción prohibida y el comportamiento renegado del inglés, el japo empezará a dibujar las líneas de su haraquiri sentimental.

La película es de 1983 y se llamó Merry Christmas, Mr. Lawrence, aunque casi todo el mundo la conocía como Furyo, una voz japonesa que representa a un joven rebelde y pandillero. Dirigida por Nagisa Oshima y protagonizada por David Bowie (Celliers) y Ryûichi Sakamoto (Yonoi), Furyo es un relato con final trágico y cargado de tensión homoerótica, y para Dillon, como para muchos jóvenes de la época, fue transformador. "Esa película fue un fetiche de mi temprana adolescencia, primero porque Bowie con su juego de géneros y su estética era algo que me encandilaba mientras vivía en la oprimente Mendoza del fin de la dictadura", dice Marta. "En la película, además, él es un rebelde, cosa que no tengo que explicar demasiado. ¡Y esa imagen de su cabeza en la playa con los pelos parados y los ojos azules!"

Furyo fue el primer nombre en el que pensaron. Y no es difícil imaginar a Carri en acuerdo absoluto, considerando que los discos de Sakamoto –autor del soundtrack del film– la acompañaron toda la vida. El gran artista japonés, además, le cedió a Albertina el tema "Amore" para Los rubios (que cierra con la versión de "Influencia" de Charly García). Tampoco es difícil encontrar la conexión entre aquel Bowie y la obra gráfica de Ros, el tipo que modernizó el diseño en Argentina. "Es un nombre fuerte, guerrero, distinto de todos", dice Dillon. "Fuimos y vinimos mil veces. Pero terminamos creyendo que era un buen legado con el que enfrentar al mundo, a pesar de que el mundo en general se atreve a cuestionar el nombre elegido en voz baja y alta como si alguien más tuviera derecho. Sabemos que él lo va a resignificar a su modo, como sucede con todos los nombres."

No todo fue tan fácil de acordar. El esquema parental de 2 + 1 provocó durante el embarazo algunas discusiones. "El primer choque se dio porque Ale quería presenciar el parto. El parto es una cosa muy íntima, y la verdad es que el proyecto era de nuestra pareja", cuenta Marta. "Algún día se los voy a perdonar", dice Alejandro con una risita, más divertido que despechado.

Aquel 17 de noviembre de 2008, las contracciones empezaron a las seis de la mañana y Furio salió al mundo a las once de la noche. Fue un parto largo, natural y hecho en casa, en el mismo living de Saavedra donde estamos ahora, y cualquiera que haya sido testigo de la odisea de un nacimiento debería respetar el umbral de dolor de Carri, que se bancó el trámite sin anestesia peridural. Y, por si fuera poco, dispuso dos cámaras para filmarlo todo. El resultado: tomas oscuras y confusas, gritos de aliento, emoción y dolor. Como deber ser: "Un relato no lineal", en palabras de Albertina. "Pero no puedo ver esas imágenes ahora, me parece que le pasó a otra persona."

"Toda esa secuencia es como tomarte una droga en la que entrás y no para", comenta Dillon. "Fueron como doce horas... Alber caminando en bolas por toda la casa; de pronto estábamos regando las plantas y al rato ella agarrándose de la partera con una contracción. Yo siento que parí con ella, hice fuerza todo el tiempo, y en el momento en que salió sentí una especie de desconcierto… Porque decís «ése es mi hijo» y a la vez te da una extrañeza... Más porque yo tenía la experiencia del parto, de cuando nació Naná, y ahí es todo más inmediato. En cambio, esta vez hubo un momento como de adopción."

Los dos partos de Dillon –el que vivió en carne propia y en el que hizo de copiloto– no pudieron ser más distintos. El de Naná, en un sanatorio, terminó con una enfermera clavándole un Lexotanil, diciéndole "tenés que descansar" y llevándose a la recién nacida a pasar la noche en la nursery. "Cuando me la trajeron a la mañana, me desperté con el olor del meconio y recién ahí caí: «¡Tengo una hija!»." Cuando nació Furio, en cambio, llamaron por teléfono a Alejandro para que fuera corriendo, pusieron la mesa, sirvieron una carne medio quemada que tenían en el horno y descorcharon un champagne. Con Furio succionándole una teta, Albertina le preguntó al neonatólogo si podía tomar una copa para brindar. "Y... después de esto, lo mínimo que podés hacer es emborracharte", le dijo el doctor. Así que ahí estaban las dos madres, el padre, el neonatólogo, la obstetra y la partera cenando a la medianoche con los primeros llantos del bebé como musiquita de fondo. "Nos acostamos y Furio durmió toda la noche arriba mío", recuerda Marta. "Alber estaba muerta, durmiendo al lado."

Alejandro Ros, tucumano, hijo de un patrón de finca y de una bailarina, llamó para contarle a su padre que había tenido un hijo con una amiga. "¿Y cómo sabés que es tuyo?", le preguntó el viejo. "Mirá, papá: es mío", le aseguró Ale. Don Ros, un hombre duro, cerró la conversación con dulzura: "No importa de quién sea. Si lo querés, está todo bien".

Las cosas van bien para la familia. En el barrio casi todos asumen la doble maternidad con bastante naturalidad, pese a que Norma, la carnicera, siempre le tira a Marta un "¿Y, cómo anda tu amiga?". "Ay, Norma, no es mi amiga, es mi esposa", le dice Marta, aunque la corrección no vaya a surtir mucho efecto. "Pero no es vivir en conflicto permanente", aclara Albertina. "La mirada externa a veces percibe que uno trae un hijo al mundo para estar en guerra. La verdad que no es así. Es todo muy natural."

El mes pasado, la recta final del proyecto de Ley de Matrimonio Igualitario activó la gigantesca maquinaria de la Iglesia para imponer su cosmovisión sobre los derechos civiles. Convocatoria de firmas en colegios, sermones, multitudinarias marchas de feligreses, llamados a "la conciencia" de los representantes del pueblo. En el medio había familias reales que seguían criando chicos reales con derechos restringidos.

Este año Furio empezó a ir a un "jardín rodante", una alternativa pre institucional en la que un grupito de chicos sub-2, a cargo de una "seño", se junta a jugar y a socializar turnando la sede en las distintas casas. A Dillon se le ocurrió convocar a los padres de los amiguitos de Furio a la marcha del 28 de junio. Carri dudó: a diferencia de Marta, su instinto de militante no-orgánica le sugería que era una invitación demasiado comprometida para una relación en pañales. Pero al final repartieron la notita, y la reacción superó las expectativas. "La respuesta fue conmovedora", escribió Marta unos días después, en una columna en el diario. "Apenas llegamos a la plaza estaban todos ahí, los adultos y los niños, desafiando el frío con mate y galletitas… Fue una caricia inmensa que hayan dejado en claro que no se trataba de un compromiso personal con nosotras, sino con la construcción de un mundo más amplio para la generación a la que estamos acompañando a crecer."

¿Qué diferencia a esos padres de familias tradicionales de los miles y miles de católicos que hablaban del orden natural y de la Ley de Dios en la marcha de la víspera de la votación? No sólo ciertos reflejos progresistas por su condición sociocultural. La gran diferencia es que los papás del jardín rodante de Saavedra tuvieron la oportunidad de conocer a Furio y a sus madres. Y a su padre. El demonio homo que turba el sueño de muchos creyentes, en cambio, no tiene cara ni historia. Sólo tiene sexo, un sexo desviado y contagioso, dispuesto a contaminarlo todo y a pervertir la inocencia de los niños. Esa ignorancia que se resume en la pregunta de Mirtha Legrand a Roberto Piazza, sobre el peligro de que dos padres gays violen a su hijo varón.

"El gran tema son los hijos", apunta Dillon. "Hay una idea de hagan en la cama lo que quieran, pero nada de chicos. Como si una pareja y una familia fueran sólo una cuestión de la cama."

"Eso es lo que hay que desarticular", dice Carri. "Ser lesbiana no es exclusivamente lo que hacés en la cama, sino que también es una postura política, por sobre todas las cosas."

"Es una elección vital", completa Marta. "Y sin duda, todo sexo es político. Esas expresiones de cómo uno prefiere vivir son públicas, no privadas. No es una cuestión de la intimidad decidir ser gay o lesbiana. Es una expresión de identidad."

En la tarde del 14 de julio, el día de la votación histórica, mientras los porotos en la Cámara Alta se contaban de a uno, Marta y Albertina se daban calor en la Plaza de los Dos Congresos. Se tomaron un par de tragos y, a pedido de alguien del INADI, subieron al escenario. Carri salió de su perfil bajo habitual y desenfundó: "¡Vivan los putos, vivan las tortas, vivan las travas, vivan los transexuales, vivan los intersex!", mientras la platea le devolvía el eco de su arenga. Y cerró bien arriba: "Ya que todos hablan en nombre de los niños, yo también lo voy a hacer: ninguno se merece tener una madre como Mirtha Legrand". La multitud coreó: "¡Vieja puta!". Así terminó el acto del INADI.

A las dos de la mañana, las chicas esperaban el resultado en un bar, agotadas, heladas y nerviosas. Daniel Filmus se cruzó con Dillon, que lo atacó a preguntas. "Estábamos un voto arriba, pero según el senador podía revertirse y terminar en derrota", cuenta Marta. "Nos fuimos, no íbamos a aguantar el frío con amargura. Nos metimos en la cama y entre sueños miramos el resto del debate hasta la hora de la votación."

El final feliz estuvo en la tapa de todos los diarios, en los videographs, en los bares. La discusión había ganado la calle y otra vez se respiró clima de política grande en una madrugada de narices frías y corazones en llamas. "No podíamos creer el resultado", dice Marta. "Queríamos salir gritando a la calle pero era imposible. Alber me preguntó si me quería casar con ella y nos dormimos."

A la mañana siguiente Marta vio a Furio –ahora sí: Furio Carri Dillon, o Dillon Carri, como ellas decidan– con otros ojos. "¡Voy a ser la mamá legal de mi hijo!", me escribió Marta la mañana del 15, mientras revisaba las 34 llamadas perdidas y los 25 mensajes de texto que le quemaban el celular. "No termino de explicarme qué ha cambiado, pero estoy emocionada a más no poder." No era el final de la historia. Era un nuevo comienzo.

Mientras editaba a los tacos los textos que llenarían la edición más emocionante de Soy, Marta le dijo a Albertina que tenían que hacer una gran fiesta, la fiesta que se habían prometido. Nada de dos discos de Abba y Madonna, nada de "Nací para ti" en repeat. "No podemos hacer tantas fiestas, nos tenemos que casar, eso ya va a ser una fiesta importante", le dijo Albertina. "Bueno, para eso hay tiempo", dijo Marta. "No tanto: tenés que adoptar a Furio", le recordó Albertina. Y Marta se puso a llorar como una nena.

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