Francisco Varallo, potencia y jerarquía al servicio del gol

A los 100 años, murió quien era el último sobreviviente del primer mundial y un artillero histórico de boca
Daniel Meissner
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31 de agosto de 2010  

A los 100 años, falleció ayer en La Plata Francisco Antonio Varallo, último sobreviviente del primer Mundial de Fútbol, realizado en 1930 en Uruguay. Delantero y goleador, actuó en Gimnasia (ganó el título amateur de 1929), en Boca (fue el máximo goleador del club en el profesionalismo durante varias décadas) y en Vélez, durante una exitosa gira americana. También vistió la casaca del seleccionado nacional, en el que además de obtener el subcampeonato del ´30, ganó la Copa América de 1937. Había nacido el 5 de febrero de 1910. Sus restos serán enterrados hoy, a las 10, en el cementerio de la capital provincial.

* * *

Parece una verdad de Perogrullo, pero la curiosidad de sus interlocutores siempre lo hacía empezar por el principio. Y entonces, Don Pancho Varallo volvía a refugiarse en las fuentes. Contaba con orgullo que había nacido en Los Hornos. Que era platense, sí, pero que había visto la luz en esa ciudad, donde tiró sus primeros pelotazos para moldear desde bien temprano el apodo de "Cañoncito", con el que se lo iba a conocer.

Tratar a Don Pancho era entrar en su mundo sin necesidad de acreditaciones. Cuando el tema era el fútbol, abría su corazón a modo de anécdota y rememoraba sin rencor. Aun, cuando le tocaba relatar por enésima vez aquella final del Mundial de 1930 que debió recorrer una y mil veces para la requisitoria periodística y para los fanáticos que siempre querían saber más. "¿Qué te puedo decir? Algunos compañeros míos aflojaron las piernas por el ambiente. Fue muy duro", decía con una sonrisa silenciosa y sin pasarle facturas a nadie a la vuelta de los años, pero con una molestia que hasta sus últimos días le generaba un nudo en la garganta. Como si no la hubiese asimilado nunca. Como si aquella vuelta olímpica de Uruguay después del 4 a 2 del partido decisivo todavía pululara ante sus ojos. Entendiéndola, pero sin aceptarla. Ratificándola, pero sin darle crédito a la lógica que -según él- debió imperar aquel día en Montevideo. Le dolía especialmente porque, lesionado en la rodilla derecha, entendió que el esfuerzo valía la pena y salió a jugarla. Relataba que no entendió aquel golpe artero del charrúa Lorenzo Fernández hasta que el propio jugador se lo dijo: "Te vamos a sacar de la cancha". Varallo recuerda que eso, a sus 20 años, no lo amilanó, pero que la tensión que se dibujaba en el aire oriental terminó por reducir el espíritu de algunos de sus compañeros que, tras el primer tiempo, le bajaron la persiana al esfuerzo.

Pero aunque sistemáticamente debía volver a ese 30 de julio de hace 80 años, su carrera se jalonó con una y mil conquistas, desde que sus goles empezaron a llamar la atención en el modesto club 12 de Octubre, desde donde lo divisó la dirigencia de Gimnasia y Esgrima. Allí empezó a destacarse, a inquietar a los arqueros, a tutearse con la fama y a darles satisfacciones a los hinchas. A tal punto, que en 1929, el "Lobo" celebró el que hasta hoy es su único campeonato gracias a sus conquistas.

Amigo de Carlos Gardel, Varallo era sinónimo de gol. Se adaptó a sus compañeros a la par que lograba que éstos, a la vez, jugasen para él. Un intuitivo al que no le faltaba razón, vista la sencillez con la que penetraba en las defensas, haciendo gala, además, de un portentoso estado físico. Apoyándose en rudimentos básicos sobre los que él hilvanaba jugadas con texturas siempre distintas que lo hacían impredecible ante el arco oponente. A Boca llegó cuando el profesionalismo empezaba a desandar un camino desconocido para el fútbol argentino. Y volvía a sacudir redes hasta ganarse la idolatría de una hinchada exigente y sumar tres títulos más. Las 181 conquistas en los 210 partidos con los xeneizes sólo dejaban lugar para la admiración.

Después, Vélez lo pedía para una gira continental y 20 goles más, en sólo 27 partidos, iban a parar a su cuenta, la que nunca conoció sequías prolongadas. El retiro le llegó a los 30 años por una lesión en aquella rodilla que lo traicionó en Uruguay. Fue entonces cuando se abrió la senda de los reconocimientos. En 1994, fue galardonado con la Orden del Mérito FIFA, como Pelé, Beckenbauer y Müller; en Boca lo homenajearon reiteradas veces, inclusive hasta cuando Martín Palermo -en marzo de 2009- batió su récord de goles en el club, y en La Plata, una calle lleva su nombre y se lo declaró ciudadano ilustre.

Su nombre, no obstante, y haciéndole una gambeta a la justicia de una campaña cargada de éxitos, quedó ligado para siempre a aquella dura, enrarecida y siempre difícil de recordar final del Mundial del 30.

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