Un documental de detectives

A partir de un caso policial, Piñeyro crea un film tan entretenido como necesario
Natalia Trzenko
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16 de septiembre de 2010  

El Rati Horror Show (Argentina/2010). Guión y dirección: Enrique Piñeyro. Codirección: Pablo Tesoriere. Con Enrique Piñeyro, Germán Cantore, Agustín Negrussi y Andrés Bagg. Fotografía: Sol Lopatín. Música: Eduardo Criscuolo. Edición: Germán Cantore. Dirección de arte: Lorena Maggi. Presenta: Distribution Company. 90 minutos. ATP

Nuestra opinión: muy buena

"Hay que pensar una forma de decir todo esto", dice Enrique Piñeyro hacia la mitad de este documental, que entre muchas otras cosas demuestra que el objetivo se cumplió. Todo lo que se exhibe aquí fue pensado y resuelto para que el espectador se meta de lleno en una historia que involucra la muerte de tres personas y una conspiración policial que terminó con la condena a treinta años de cárcel para Fernando Ariel Carrera. Un hombre inocente que estuvo en el lugar indicado en el peor momento posible y fue implicado en una tragedia provocada por el accionar de efectivos policiales de la comisaría 34 de Pompeya. Una historia triste, dura, que involucra al sistema judicial, pero que Piñeyro y su equipo consiguieron hacer entretenida sin renunciar a una investigación meticulosa y didáctica.

Cineastas y detectives

El relato -lleno hasta reventar de pruebas periodísticas y judiciales- se apoya en recursos originales, como la animación y la utilización de muñecos en representación de los jueces que intervinieron en el caso, y otros más usuales, como el material de archivo periodístico. Cada uno de esos elementos se pone en acción por la presencia de Piñeyro. La omnipresente figura del director, guionista, productor y actor es en gran medida uno de los mayores aciertos del film, que codirigió Pablo Tesoriere.

Piñeyro resulta un investigador apasionado, un personaje que pelea por contar lo más completa e interesantemente posible un drama real que involucra a un inocente condenado y a una fuerza policial más que sospechosa.

Claro que, sin perder el eje de lo que quiere contar, por momentos el personaje detectivesco del director le gana al cineasta. Al enfrentarse con los personajes principales detrás de la conspiración que ni el guionista más creativo podría haber escrito más maquiavélica, el realizador utiliza la ironía con una soltura que a veces transforma en burla. Por momentos graciosos, sus comentarios también pueden sonar algo engreídos cuando se detiene en detalles no demasiado centrales a su causa.

El documental busca mostrar el revés de una trama, de una tragedia y una condena que tienen una historia oficial y otra real exhibiendo el interior de su propio proceso de producción. Así, pone a la vista las grabaciones de la voz del locutor, despliega computadoras como si se tratara de una publicidad de Apple y hasta exhibe el trabajo de su editor, Germán Cantore, que también funciona como el Watson de su Sherlock Holmes.

Cada hipótesis intenta probarse y es desarrollada frente a la cámara de un Piñeyro que demuestra sentirse cómodo tanto en el lugar del director como en el del investigador que no teme poner el cuerpo -él mismo prueba las armas y hasta le dispara a una res para mostrar cómo su escucha un tiro de verdad- para sostener lo que piensa.

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