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Los Caballeros de la Montaña y un volcán que no olvidarán jamás

Mientras preparan su regreso a Mar del Plata, los ciegos que escalaron el Lanín evocan su enriquecedora experiencia y proyectan nuevos desafíos.
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13 de marzo de 1999  

VOLCAN LANIN, Neuquén.- Hace 72 horas que pisé la cumbre del volcán Lanín acompañando a seis jóvenes no videntes y a sus cuatro guías.

También pasaron dos días desde que descendí de esa cima.

Ayer, mientras escuchaba, al pie de dicho monte, al jefe de la VI Brigada de Montaña, general Mario Castagneto, anunciar con voz entrecortada que el Ejército había dispuesto nombrarnos "Caballeros de la montaña", copié el gesto de mis compañeros de travesía y cerré los ojos mientras mantenía la cabeza gacha.

Así volví a la cumbre del Lanín y comprobé, una vez más, que las imágenes y las emociones que dejan los viajes se paladean con mayor intensidad a medida que pasa el tiempo, tal como se degusta un vino muy añejo.

También confirmé que tales sensaciones se acentúan a medida que uno se aleja de esos parajes y que, además, se recuperan las imágenes que permanecieron escondidas tras la ansiedad de los grandes momentos.

Afortunadamente, dicho fenómeno no sabe de exclusividades, por lo que aunque los relojes no se detengan, todos seguimos yendo y viniendo del volcán, pese a que a estas horas nuestros pasos nos devuelven a Mar del Plata.

Vivencia única

Por la ventana del vehículo algunos vemos alejarse el Lanín. Otros sólo lo presienten.

Todos volvemos a latir como un solo corazón, repartido en once cuerpos. Igual que cuando pisamos el hielo que cubre al cráter.

Por lo que hablamos, parece que la experiencia no sólo es unánime, también es inédita.

Sin egoísmos, ponemos sobre la mesa las vivencias que se compartieron durante los seis días que pasamos aferrados a su ladera norte.

Así, de la mano de cada uno de los miembros del grupo, vuelven las nevadas, los vientos, las tormentas, la vigilia dentro de los refugios y, por sobre todas las cosas, la cumbre, que parece dispuesta a no permitir que la abandonemos.

"¿Es cierto que una vez que se sube a la montaña uno puede llevársela adonde quiera?", preguntó uno de los muchachos.

El sí de los cuatro guías fue rotundo.

Y con ella no sólo poseerán las experiencias que dejo la ascención, también podrán guardar muy hondo las nuevas sensaciones.

Sentir la cima

Es que todos llegaron al Lanín conociendo el viento, los olores de algunos árboles y hasta la brutalidad del sol cenital.

Lo que faltaba se los dio la montaña: la textura y el sabor de la nieve, la aspereza de las piedras que la cubren, el zumbido que precede a las tormentas eléctricas y "el silencio terrible", que se adueña del resto del tiempo.

En la cumbre que regresa a cada instante a la memoria están contenidos estos ingredientes. Por eso es imposible alejarse de ella.

Es más, la charla repite hasta las mismas palabras que se dijeron ni bien se llegó a la cima.

Todos recuerdan con precisión matemática la descripción que se hizo de esa altura y de las imágenes que la ciñen.

Al escucharlos se confirma la presunción de que nuestro esfuerzo por poner ese escenario en palabras seguramente no alcanzó.

Pero no hay cuestionamientos a tales limitaciones.

Por el contrario, ya se habla de reunirnos para intentar otra ascención. Aconcagua, Tronador, Domuyo, son los nombres de los nuevos objetivos.

Reconocimiento

Mientras los proyectos se desgranan, todos los chicos aprietan con sus manos el diploma que los acredita como nuevos Caballeros de la Montaña.

Ese pedazo de papel y el cóndor plateado que próximamente les entregara el teniente general Martín Balza, seguramente serán algunas de las llaves que les permitan acceder, cuando quieran, al volcán que ahora están dejando atrás.

Aunque esta actitud parezca, para la mayoría, una obsesión, los montañistas saben que ésta es una de las maneras con que se guardan estos recuerdos.

Otro camino con idéntico destino pasa por el reencuentro con los compañeros de escalada, que, como siempre en estos casos, prometen estar en contacto pero saben que va a ser difícil.

Por eso, estoy seguro de que una vez en Mar del Plata, al cruzarme en cualquiera de sus calles, con Lelio, Jesús, Fernando, Gastón, el otro Fernando o Alejandro, ni bien reconozcan mi voz y tras el abrazo, juntos regresaremos, una vez mas, a la cumbre del volcán Lanín.

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