Iglesias, un caballero de escenarios

Recital de Julio Iglesias, acompañado por Rafael Ferro García y Peter Brian Wallace en teclados, Daniel L. Warner y Antonio de Corral M. de Villena en guitarras, Herbert Heck en bajo, Michael D. Scaglione en saxo, Michael G. Harvey en batería, Anna Mjöll Olafsdottir, Wendy Renea Moten y Pamela. E. Stadler en coros y los bailarines María Guillermina Quiroga y Roberto V. A. Reinoso. En el teatro Gran Rex. Nuestra opinión: bueno.
Adriana Franco
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14 de marzo de 1999  

Julio, caballero de escenarios, aparece en él y se impone. No por el exotismo o la exacerbación de modales, ni por la estridencia de los amores. Lo suyo es el gesto contenido, el canto muchas veces susurrado, su formalidad austera y pulcra de saco oscuro y corbata.

Su voz, por instrucciones suyas, suena fuerte, apoyada por una cámara que la vuelve casi omnipresente, imposible de descuidar y que muchas veces le quita sutileza y la aleja de las versiones originales. Pero que también lo coloca bien lejos de esos cantantes que provocan tanto fervor en su público que su cantar queda perdido en un tumulto de gritos y alaridos histéricos. Cómplice, de vez en cuando pide silencio a la platea. Para que escuchen sus palabras y sientan, dice, que en ellas verán reflejadas las vidas e ilusiones de sus hijos. O para regalarles algunos pasajes de una canción en portugués que ha incorporado recientemente. O regalarles un verso a capella, alejando su micrófono como quien se desnuda de artificios.

Aquí ha llegado esta vez, en una más de sus ya muchas visitas, para presentar "Mi vida", su último disco, que es un resumen de su historia de hacedor de éxitos y que anda llevando por el mundo. Pasan por su voz "Galicia", "Agua dulce", "Natalie", dos veces "La carretera", "Ae Ao", "Caruso", "Vuela amigo" y "Bamboleo", entre otros, acompañado por sus ocho músicos, coro y una impresionante puesta de luces.

Seducción madura

La de Julio es la seducción del hombre alcanzable, no la del ídolo que es casi un producto combinado de estrategias de marketing y fantasías ancestrales. Por eso, ni siquiera baila, sino que apenas insinúa unos pasos, unos movimientos. Le basta con poner la palma de su mano abierta sobre la cintura para sugerir los pases de baile o amores. El resto queda por cuenta del que imagina. A la mayoría de las presentes parece alcanzarle.

Por eso, seguramente, no acepta ser fotografiado desde las primeras filas y prefiere la distancia que vela o revela otras verdades. Para algunos, será sólo un truco burdo para esconder las huellas de una edad que suponen no quiere admitir. En un momento hasta juega con el tema, menciona hijos, y se sabe que los tiene y muy famosos, y arroja unos 37 años que todos saben que no son ciertos y cuya mentira-chiste el saxo se encarga, se ocupa de señalar con un sonido estridente.

Entonces, una chica grita desde el fondo un apasionado "grande, suegro", y otras, más creciditas, piden silencio. Que es a él a quien quieren. Al hombre maduro y parco, al caballero respetuoso que guarda secretos para pocos. En la platea, está Zulemita y, al verla, un paralelo aparece entre su padre y el cantante. Tan seductores con tan poco.

Le basta, para desatar sueños, con un gesto que todos esperan. Mientas canta "All of You", baja hacia la platea con Wendy, una de sus coristas, y le da un beso en la boca.

Es, todo, cuestión de amor. Dice, previsiblemente, que ama a este país, que sus mujeres son las mejores, pero que le debe un disco al suyo. Así como le dedicó uno a México y otro a la Argentina hará el correspondiente para España.

Un español cantando tango

Está el tema del tango, claro. El hombre se apodera de esta música tan nuestra, aquí, sin pudores, en plena calle Corrientes. Dice que Gardel es el cantante más importante del siglo y que él se siente su hijo. Arriesgada opinión que es preludio de versiones edulcoradas de "A media luz" y "El día que me quieras". Claro que, ya cerca del final, cuando para acompañar "El choclo" convoca a dos muy argentinos bailarines, ya no se sabe quién hace menos honor a esa música dramática que ha gestado el país. Porque ella, la bailarina, con un tajo que va más allá de lo sugestivo, es el vivo ejemplo del tango inventado para solaz de extranjeros.

El, en cambio, desconoce fronteras para llevar todo hacia su voz, y no sólo el tango. Todo puede ser un clásico como "Unforgettable", en el que permite que se luzcan sus coristas, u "Oye como va", el tema de Santana que mantiene su ritmo afro-latino en la parte instrumental, pero que él, en su voz de español indudable, hace rotar desde el ritmo alegre del original hacia el más sentido y dramático modo europeo de cantar las penas.

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