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Parte del horror

Marcos Aguinis
Marcos Aguinis LA NACION
Los años setenta en Chile, en una narración que combina lo testimonial y la ficción para pintar una época compleja y contradictoria
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22 de octubre de 2010  

La vida doble

Por Arturo Fontaine

Tusquets

302 páginas

$ 68

Esta novela merece perdurar. Basada en hechos reales, penetra como un tirabuzón las honduras de la condición humana de todos los tiempos. Sacude, asombra, desconcierta, revela y mantiene un fuerte suspenso del comienzo al fin. Recrea la década de 1970 en Chile y avanza sobre los años siguientes, para también enfocar sus consecuencias. Sobre ese tramo de la historia se ha escrito mucho, pero La vida doble lo utiliza para ir más allá de los hechos, y ofrece la histología de ilusiones, sometimientos, culpas, alienaciones e increíbles fragilidades. Además de haber reunido numerosos testimonios, el autor pareciera haber recorrido casi toda la literatura que documenta ese período cruel. Algunos lectores quizá se han cansado de leer sobre el tema. La vida doble, en cambio, aparece como un libro distinto. Excede a Chile y excede su tiempo. Nos frota la alienación en que se puede caer en cualquier lugar y momento, para servir a causas opuestas, incluso de forma alternada. El odio y la crueldad se revisten de nobleza. Y a menudo la pierden. En los dos extremos se cumplen órdenes o se supone obedecer a un mando intachable.

La fluidez narrativa zurce diferentes momentos, que van hacia delante o hacia atrás, sin que se pierda la ilación. Al contrario, busca -y consigue- sorprender e iluminar. El lenguaje es rico y adquiere intenso color al ser adobado con chilenismos propios de distintos estratos sociales. Los personajes son verosímiles, provistos de una sólida carnadura. Un escollo que el autor sortea con oficio es la provisión de datos que hubieran podido generar una desviación hacia el género del ensayo. Los datos son importantes, pero están lanzados y comentados con habilidad. Se convierten en elementos que convulsionan a los protagonistas y, a través de ellos, al lector. La muerte y la esperanza, la entrega y la resistencia alcanzan momentos conmovedores. La protagonista logra salvar su vida y narrarla desde el exilio. Pero confiesa: "Yo estuve ahí. Sí. Yo fui parte del horror. Yo viví en el corazón del mal. Yo viajé por los intestinos de la Bestia". Pero no todo es infierno. Hay períodos de calma, de poesía, de erotismo intenso y hasta una tórrida sexualidad.

Arturo Fontaine (Santiago de Chile, 1952) consigue pintar un vasto fresco del idealismo que motivó a mucha gente, en especial a los jóvenes. Resucita con palabras justas las consignas que tuvieron una vigencia poderosa, que contagiaron como el flautista de Hamelin, que se basaban en textos sagrados y prometían la segura redención. Por esa causa, todo era lícito. Sin esa causa la vida perdía sentido. Borraba las incertidumbres y las hesitaciones. El combate era santo, cada uno deseaba participar en él. Pero acechaba la traición, en especial cuando alguno de estos ángeles caía en una redada y era obligado a confesar bajo tortura. Entonces algunos se dejaban matar o se suicidaban, pero otros quedaron vivos.

En el campo represor, que parecía monolítico y perverso por donde se lo mirase, conoce, luego de la traición, algunas de sus fisuras y también llega a sorprenderse por muchos resentimientos. El discurso de los torturadores tiene por momentos un extraño parecido con el de los idealistas. Desde ambos extremos se erigen razones y justificativos. También felonías.

Al terminar la lectura de La vida doble, queda la sensación de haber realizado un viaje tenebroso y esclarecedor. Honesto y equilibrado. Narrado por un novelista que supo convertir su abundante material en una partitura de fascinante sonoridad.

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