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Respaldo, emoción y proyectos

La Presidenta se mostró conmovida, pero firme; el Gobierno ya habla de reelección
Mariano Obarrio
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29 de octubre de 2010  

Cristina Kirchner veló por más de 11 horas el féretro cerrado de su esposo, Néstor Kirchner. Se sentó y se levantó. Lloró y sonrió. Recibió vítores, gritos de apoyo, ruidosos aplausos, vio pasar frente a sí a miles de personas; se abrazó a visitantes ilustres y a ciudadanos comunes que lloraban. Y mientras el doloroso velatorio ocurría, el Gobierno lanzó por medio del canciller, Héctor Timerman, el objetivo de la reelección en 2011.

Así, como lo hubiera deseado el ex presidente Kirchner: frente a su propio cajón. "Dijimos que iba a ser pingüino o pingüina. Y va a ser pingüina", dijo Timerman a la cadena CNN en español, fuera de la Casa Rosada. "Cristina será la candidata de los argentinos y la ganadora de las elecciones, sin lugar a dudas", agregó el canciller.

Nadie lo dudaba ayer: el operativo reelección empieza a gestarse. ¿Cómo está ella de ánimo?, preguntó LA NACION al vocero Alfredo Scoccimarro. "Con una fortaleza tremenda", enfatizó.

En medio de la congoja -y entre cánticos con contenido político de militantes kirchneristas-, al caer la noche la Presidenta se retiró a la residencia de Olivos. Eran las 22.40.

La mandataria había llegado a las 11.20, quebrada emocionalmente pero firme, a la capilla ardiente montada en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada. Se fue distendiendo y animando con los minutos y los gritos de respaldo. En la primera hora alternó lágrimas con saludos a la gente con la palma de la mano derecha sobre su pecho. Después de ese lapso, esbozó su primera sonrisa plácida y agradecida a los militantes. Como si un atisbo de paz la hubiera invadido. Vestía de negro; llevaba lentes oscuros, producto del llanto recurrente y de una larga noche de escasísimo sueño.

No aceptó saludar a todos. El secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, ofició de maestro de ceremonias; se le acercaba a informarle al oído quien llegaba. Sólo si ella daba el visto bueno, los arrimaba. Privilegió, entre otros, a los presidentes extranjeros, a las Madres de Plaza de Mayo, a Lidia y Osvaldo Papaleo, a Diego Maradona, a Marcelo Tinelli, Alberto Samid, al cuerpo diplomático y a obispos, rabinos y religiosos ortodoxos y musulmanes.

No cruzó saludos con ningún dirigente de la oposición, pese a que varios se acercaron a expresar sus condolencias. Y el jefe de la CGT, Hugo Moyano, pasó unos minutos junto a la conducción cegetista; le habló al oído, pero ella no continuó la conversación. La frialdad de ese saludo fue uno de los comentarios obligados entre la concurrencia a la capilla ardiente.

La Presidenta había llegado de El Calafate pasadas las 2 de la madrugada de ayer. No pasó por Olivos. Se dirigió a la Casa Rosada junto a los restos de Kirchner. Depositó el cajón en el Ministerio del Interior, junto a su hijo Máximo, y luego se retiró a descansar. Se recostó en un sillón de ese ministerio y durmió entre las 3.30 y casi las 5.

A esa hora le avisaron de la llegada de su hija Florencia a Olivos. Se trasladó entonces en helicóptero hacia la residencia presidencial con su hijo. A las 6, el féretro fue depositado en la capilla ardiente.

La Presidenta, extenuada por las difíciles horas recientes, hizo en la quinta un cambio de ropa y descansó para luego, acompañada de ambos hijos, regresar a media mañana a Balcarce 50.

Nunca se separó de sus hijos durante el velatorio. Buscó apoyo en ellos. Se dejó abrazar y besar en la cabeza por Florencia en media docena de oportunidades. El dolor, el llanto y los sollozos unieron a ambas. Máximo parecía el más entero para sostener a la madre, aunque se quebró en varias oportunidades, sobre todo cuando grupos de militantes amigos se acercaron a abrazarlo, entre cantitos de tinte político.

El entorno familiar completaba la escena. La hermana del extinto presidente, Alicia Kirchner, estaba acompañada de sus hijas, Romina y Natalia Mercado, sobrinas cercanas en lo afectivo. La novia de Máximo, María Rocío García, completaba la escena junto a ministros, gobernadores, secretarios de Estado, diputados e íntimos.

"Se sintió fuerte"

Con las horas, la Presidenta, apostada detrás del cajón, lució más repuesta. Se retiró a almorzar a su despacho a las 13.50, con sus hijos, y regresó a las 15.05. Les pusieron unas sillas a ella y a sus hijos para tolerar la espera. "¡Presentate, presentate!", le gritó un simpatizante. Ella respondió: "Sí, una más". Timerman luego lo diría en forma oficial.

"Es lo que querría Néstor", dijo un funcionario a La Nacion. "Se sintió fuerte con la muestra de calor de la gente", completó.

Daniel Scioli, el hombre al que muchos imaginan como posible candidato a la presidencia, entendió el mensaje y se encolumnó en sus declaraciones.

Cristina Kirchner se persignó en varias oportunidades. Acarició el cajón permanentemente. Recogió regalos de la gente: rosarios, pañuelos y banderas. Y los colocó sobre el féretro del líder fallecido. Decenas de veces respondió a los aplausos con besos al aire; otras decenas se acercó a la gente y se fundió en abrazos, en especial si había un discapacitado.

"Pasará el fin de semana en su casa de El Calafate; retomará sus actividades el lunes próximo", dijo el vocero Scoccimarro.

A media tarde, Cristina Kirchner abrazó con fuerza y emoción al obispo emérito de Morón, monseñor Justo Laguna, que había asistido junto al titular de la Pastoral Social, monseñor Jorge Casaretto, y representantes de las iglesias cristianas ortodoxas.

Se supo también que, como todos comentaron en la Casa Rosada, ella también se emocionó con la presencia masiva de jóvenes en el último adiós a su marido.

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