El terremoto en Chile: crónica del desastre en primera persona

En 8.8: El miedo en el espejo (Interzona), el reconocido escritor mexicano Juan Villoro vuelve al género periodístico para entrelazar el relato de su propia experiencia del feroz sismo de febrero pasado con los testimonios y las vivencias de quienes lo rodeaban. Aquí, dos fragmentos
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6 de noviembre de 2010  

Los cataclismos ya no son como antes. Las desgracias afectan de nueva manera el entorno en el que vivimos. Sin embargo, hemos reflexionado poco al respecto. Un problema nos impide ir de compras; cuando al fin podemos ir ahí, consumimos con voracidad compensatoria, sin pensar que tal vez de ese modo contribuimos a un drama posterior. El automatismo con que encendemos focos, cargamos pagos a la tarjeta de crédito, reservamos un vuelo del que no estamos convencidos, contestamos mensajes de texto sin reparar mucho en el contenido de pronto se topa con un límite. Algo estalla y obliga a detenernos.

La crisis de la influenza en 2009; los terremotos de Haití, Chile y China, y la erupción del volcán de Islandia en 2010 mostraron que el planeta duerme sin tomar en cuenta las aventuras de la naturaleza.

Paul Virilio, "filósofo de la velocidad", ha propuesto la creación de un Museo del Accidente. No se trata de una atracción para morbosos, sino de un sitio para estudiar la repercusión del desastre en las nuevas condiciones de vida.

"Cada tecnología inventa su accidente", ha dicho el autor de El crepúsculo de los lugares . La prevención automática en los artefactos, ajena a los designios del usuario, protege de daños mayores, pero también industrializa los accidentes. Los sistemas de control artificial que fracasan para remediar una falla incrementan los impactos negativos.

La era postindustrial está sujeta a la incertidumbre de las máquinas y a una menospreciada influencia externa: el aire se calienta, las mareas suben, el hielo se derrite. El clima, que determinó las pinturas rupestres y el arte de la conversación en Inglaterra, tiene consecuencias específicas para una sociedad obsesionada por el desplazamiento y los aparatos.

Los virus, los terremotos y las cenizas volcánicas no son desgracias locales. Su dimensión trágica también tiene que ver con la fractura de un orden global. Cuando la interrelación que damos por supuesta fracasa, lo que se anula es inconmensurable: el vuelo se cancela, la pantalla se apaga, un país se aísla, el celular no tiene cobertura.

Walter Benjamin se refirió al progreso como un vendaval que todo lo arrasa. En ese avance incontenible, la posibilidad de error no se calcula y solo se lamenta cuando la Tierra alza la voz.

Los edificios de doscientos pisos crearon riesgos novedosos. Después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York se replanteó la conveniencia de la verticalidad arquitectónica. ¿Hemos aquilatado los desafíos de cambiar de escala? Para Virilio, la tecnociencia es un dopaje: acelera el rendimiento sin calcular los efectos secundarios.

La globalización ha traído una sensación de finitud. El planeta se ha articulado y los mapas se han vuelto progresivamente interiores. Google Earth permite trasladarnos a Australia y ubicar una ferretería en Bombay. ¡Bienvenidos a Claustrópolis, el gueto colectivo! Todo está unido o parece estarlo.

Por lo general, esta articulación se considera un beneficio. Se repara poco en la nueva ecología de las amenazas y los sustos. El efecto "mariposa" o "dominó" de los desastres sólo se discute cuando algo sale mal. Y sin embargo, cada "falla de origen", para usar un término caro a la televisión, tiene un impacto remoto. Lo que antes era una catástrofe limitada se trasforma en un fenómeno incalculable. Acaso esto sea lo más revelador de los nuevos problemas: somos incapaces de asignarles una dimensión y un tamaño.

¿Cuál es la verdadera magnitud de lo que ocurre? En la era de la información carecemos de medida. Un desastre natural es el prólogo de otra historia, completamente incierta. Imposible saber cuántas cosas dejarán de funcionar.

Las prótesis tecnológicas pertenecen a nuestra segunda naturaleza. ¿Es esto tranquilizador? De nuevo Virilio: "Los aparatos dejan de ser inteligibles cuando su uso se vuelve necesario", es decir, cuando los damos por sentados. No podemos prescindir de ellos, pero ellos ya prescindieron de nosotros. Cada aparato de última generación parece llegar al mercado para superar un modelo anterior. Rara vez el usuario considera que esto responde a necesidades preexistentes. El nuevo artilugio cumple con el designio de su estirpe; se supera a sí mismo; su mejoría sigue una ruta autónoma (casi se antoja escribir "personal") que el comprador confunde con sus propias necesidades.

La tecnología borra las alternativas anteriores para hacer lo mismo. Quienes estuvimos en Chile durante el terremoto salimos de ahí en vuelos "inexistentes". No había computadoras y no hubo forma de crear un registro alterno. Quienes se quedaron varados en Europa por las cenizas del volcán no pudieron salir por mar porque esas rutas se han cancelado. El cataclismo ocurre en un escenario inédito; afecta una tecnología sin vocación de error, ajena al concepto de accidente. ¿Necesitamos un temor preventivo ante los inventos, similar al que provocan las placas tectónicas?

Los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra , de Julio Verne, van a Islandia a sumirse en un volcán. El profesor Lidenbrock y su sobrino Axel toman "lecciones de abismo" para soportar el descenso por las cavidades del impronunciable monte Snæfellsjökull.

En 2010, bajo el indiferente cielo de abril, otro volcán de Islandia puso a prueba la calma y la dicción. El Eyjafjallajökull recordó que el vulcanismo está en plena forma.

No hay nada raro en ello; lo raro es que no concibamos su impacto en la excesiva urgencia de desplazarnos ni en la "vida en red" que construimos como una fuga hacia delante. ¿Es necesario que cada año veinte millones de personas visiten un país? ¿Es un consuelo saber que tu maleta se perdió con otras diez mil?

De acuerdo con el antropólogo Robin Durban, los primates se relacionan con un número de congéneres proporcional al tamaño de su cerebro. Sus investigaciones, hechas en los despaciosos años noventa, informan que el Homo sapiens puede mantener relaciones emocionales con unas ciento cincuenta personas. Más allá de ese límite (ya excesivo para los tímidos, los misántropos o los muy ocupados), el trato tiende a disolverse. Y sin embargo, las redes sociales de Facebook permiten tener tres mil "amigos" o más. Los sms, los tweets y los chats articulan una tribu desbordada, superior a cualquier cálculo antropológico. ¿El cerebro ha cambiado lo suficiente para vincularse con esa galaxia de direcciones electrónicas que tal vez sean personas?

Aunque los cataclismos del presente son globales, la respuesta no ha consistido en revisar la evolución histórica de los accidentes ni su impacto en las costumbres contemporáneas. Las autoridades de la aviación europea solicitaron más rutas aéreas para enfrentar otra crisis como la de abril de 2010. Es obvio que así multiplican los efectos potenciales de un colapso futuro, pero la época se ha sometido a un automatismo de la innovación y juzga terrible volver a la carreta.

La lección del volcán islandés y la del terremoto en Chile: el vértigo ha dejado de estar en las profundidades. Hay que tomar lecciones de abismo para habitar la superficie de la Tierra.

"REZAMOS POR USTEDES"

A las 3:34 de la mañana del 27 de febrero de 2010 Chile sufrió un terremoto de magnitud 8.8 en la escala de Richter.

El sismo modificó el eje de rotación de la Tierra y el día se acortó en 1,26 microsegundos.

La ciudad de Concepción se desplazó 3,04 metros hacia el oeste, en dirección al mar. Santiago se desplazó 27,7 centímetros. Los gps tendrán que ser ajustados para reubicar a estas ciudades movedizas. El terremoto duró siete minutos en su epicentro y fue percibido como una subjetiva forma de la eternidad en diversos lugares. Esto lo convierte en uno de los más largos de la historia.

El sismo tuvo su epicentro a noventa kilómetros de Concepción. A un terremoto con epicentro marino le sigue un maremoto. El océano se replegó en el sur de Chile. A pesar de la oscuridad, los lugareños que estaban despiertos y se acercaron a la orilla descubrieron en la arena húmeda rocas que nunca habían visto. Poco después oyeron un rumor desconocido. El mar regresaba. Era totalmente blanco, como si solo constara de espuma.

Desde la Estación Espacial Internacional el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió el cataclismo y mandó un mensaje: "Rezamos por ustedes".

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