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La física que fue reina de belleza

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13 de noviembre de 2010  

Era una niña relativamente atípica. Jugaba a las muñecas, pero no para peinarlas o vestirlas. Las desarmaba, quería averiguar cómo funcionaban, qué misterioso mecanismo las hacía hablar o caminar. Rubia, de ojos claros, facciones delicadas y físico bien desarrollado, a los 16 años Karen Hallberg fue reina de la Fiesta Nacional de los Estudiantes en representación de Jujuy, la provincia donde se crió. De pronto, tuvo entre sus manos el mismo cetro que un año antes había sido para Daniela Cardone y que más de una década después recibiría Carolina Ardohain, "Pampita".

Casi al final de la secundaria, ¿a qué querría dedicarse esta joven descendiente de suecos y británicos, que jugaba al tenis y tocaba el piano, y cuyo abuelo materno (un ingeniero inglés llegado en 1900, con los ferrocarriles) se llamaba Charles Chaplin, como el mítico artista? Quería ser física. Y así fue. Karen Hallberg se especializó en cuántica. Pero esta mujer que hoy tiene 46 años y no deja de sonreír no pasa su vida sólo entre ecuaciones: es representante argentina ante las Conferencias Pugwash, un grupo de expertos totalmente alineado con el desarme.

-Usted no es física nuclear...

-No, claro que no. En Jujuy, cuando supieron que me iría al Balseiro [el instituto de la Comisión Nacional de Energía Atómica en Bariloche], empezaron a decirme "la atómica". Pero mi tema de investigación es el mundo teórico de lo nano, lo infinitamente pequeño, la millonésima del milímetro?

La mujer que pasa horas detrás de alguna nueva idea tan teórica que cuesta concebir "real" es la misma que pedalea los dos kilómetros que separan el Centro Atómico Bariloche de su casa, en un barrio con calles de tierra. Ya se fueron Kevin y Tania, de 21 y 18, a un departamento que Karen y su marido, Ingo Allekotte -que también es físico y argentino, hijo de alemanes-, les alquilaron en Buenos Aires. En la casa quedaron las mascotas: Dundie, el ovejero alemán, y los gatos, Mushi y Cherry. Ella dice con orgullo que sus chicos son estudiantes de la UBA, en carreras que no se cursan en universidades cercanas a Bariloche: ciencias de la computación (Kevin) y el CBC para medicina (Tania).

Karen llegó con casi 20 años al Balseiro, a integrarse a un grupo de mayoría masculina.

-¿Cómo recibieron los compañeros a la lindísima reina de los estudiantes?

-Las mujeres tenemos que aprender a manejar ciertas cosas, más en un ambiente de hombres. Y lo de linda es relativo: en el mundo de la ciencia, no alcanza con una cara bonita. Hay que abrirse paso con el conocimiento y el trabajo. Además, enseguida conocí a quien sería mi marido, que ya estudiaba allí.

Karen se casó a los 23 años. Llegaron los hijos y el traslado a Alemania, donde ella y su marido cursaron posdoctorados, y el regreso.

-Dijo que trabajaba en dimensiones muy pequeñas. ¿Existen los nanoobjetos, o son postulados teóricos?

-Sí, son concretos. Se los puede ver, manipular con instrumentos especiales. Nano es 10 a la menos 9. No lo percibe el ojo humano. Es un milímetro dividido un millón.

-Algo difícil de imaginar?

-Pensemos en la dimensión de una raqueta de tenis, comparada con la distancia que separa a la Tierra de la Luna. Es lo mismo que tomar un nanómetro y compararlo con un metro. Pero es una escala en la que se puede trabajar; hay experimentos, mediciones, microscopios de fuerza atómica que mueven los átomos.

Conocimiento colectivo y desarme

Karen Hallberg valora el carácter colectivo que, según afirma, tiene el conocimiento científico: dice que más allá de los genios que aparecen de vez en cuando, detrás de cada avance o descubrimiento siempre hay trabajo de muchos, y que el conocimiento publicado se convierte en universal. Además, sostiene que el método científico involucra la humildad de aceptar que uno se equivocó y propende a la honestidad intelectual. "Por otra parte, se construye sobre lo que ya está dado, sin destruir o erradicar lo anterior: la física de Newton no servía para dar respuestas que sí pudo aportar la teoría de Einstein, pero no por eso los aportes newtonianos dejaron de usarse para trabajar en ciertas dimensiones."

Si bien no ha sido elegida de manera formal, ella es la representante argentina en la Comisión Directiva de las Conferencias Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales, que desde 1957, y a instancias de Albert Einstein y Bertrand Russell, convocan a científicos de todo el mundo para posicionarse frente a problemas candentes. Por ejemplo, el desarme.

"Las armas nucleares no entran en la categoría de defensa; violan cualquier convenio o tratado de guerra, porque destruyen indiscriminadamente; producen genocidios. El arma convencional puede ser usada de esta manera, pero el arma nuclear necesariamente se utiliza así. Por eso son inmorales, y la única solución es el desarme total. Hay pocos países que mantienen una hegemonía muy importante con un arma mil veces más poderosa que la que cayó sobre Hiroshima. Si no se desarman, otros querrán tenerla, también. Llegamos a una paz armada que nos muestra los dientes; un equilibrio de terror imposible.

-¿Sirve desarrollar reactores nucleares con un fin que no sea la bomba?

-Sí, con fines energéticos, algo que se reactiva en el mundo por el cambio global. En la Argentina, se obtiene así el 15% de la energía. Hay dos reactores; se está terminando Atucha 2 y planificando uno más. No es energía renovable, pero se utiliza muy poco uranio y hay tecnología segura para disponer los combustibles gastados.

-¿Hay machismo en las ciencias?

-Hay machismo en todos lados, más o menos explícito. Pero no es el tipo de exclusión que más me preocupa en la ciencia, porque existen mecanismos que incentivan la participación de la mujer y en ciertas áreas son mayoría. Me preocupa más que haya grupos minoritarios excluidos por nivel económico. Los chicos pobres nacen con un estigma: no van a poder seguir una carrera por falta de oportunidades. Me preocupa aumentar la proporción de profesionales en ingeniería o ciencias exactas respecto de los de abogacía o ciencias humanas, para aumentar el desarrollo tecnológico. Y me preocupa la educación. Hoy nadie quiere ser maestro; se desvalorizó. Hay que volver a hacer de la docencia una auténtica profesión.

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