Gustav Mahler, en el Luna Park

Alejo Pérez dirigirá el jueves y el viernes la monumental Sinfonía de los mil
Pablo Gianera
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21 de noviembre de 2010  

"Estuve a un ritmo de tsunami los últimos meses. No paro. No paro?" Como casi siempre, Alejo Pérez no durmió más de cinco horas, pero en la media luz de un bar del centro, habla con más resignación que cansancio. Acaba de terminar un ensayo y está a punto de viajar a Brasil, pero esta vez no por compromisos musicales. "No, no voy a dirigir. Se casa uno de mis hermanos, que vive allá, y soy el padrino", cuenta el director. Cuando vuelva, lo espera Gustav Mahler.

El jueves y el viernes, a las 20.30, el Teatro Argentino de La Plata llevará al Luna Park la logradísima versión que Pérez dirigió en septiembre de la monumental Sinfonía N° 8, de Mahler, conocida también como "Sinfonía de los mil". Actuarán nuevamente los cuerpos estables del Argentino, y María Soledad de la Rosa, Daniela Tabernig, Paula Almerares, Adriana Mastrangelo, Elisabeth Canis, Enrique Folger, Fabián Veloz y Hernán Iturralde como solistas vocales. La Octava fue, posiblemente, la empresa más ambiciosa desde que Pérez asumió la dirección titular de esta orquesta estable, cuyo trabajo es intenso, y su crecimiento, evidente para cualquiera que suela escucharla. Pérez vive, literalmente, viajando: por los distintos repertorios, y también de Buenos Aires a La Plata y de la Argentina al resto del mundo.

-¿Preservás alguna rutina al margen del trabajo?

-Trato de nadar. En una época, me entrenaba todos días. Pero es imposible tener una rutina. A veces llego a un lugar y, con el jet lag encima, tengo que ensayar sin haber dormido.

-A los viajes se agrega la elección de algunas obras que las orquestas no siempre están acostumbradas a tocar. Cualquiera pensaría que te gusta ponerte en dificultades.

-Hay algo que se siente como una misión. No todos tuvieron la suerte que yo tuve. Lo ideal es que esa suerte fluya y no se estanque en la experiencia personal. En cuanto al repertorio, siempre me alimentó la curiosidad. Más allá de que dirigí muchas obras del repertorio tradicional, no me atraen la rutina ni lo convencional.

-¿Por qué aceptaste el desafío de tomar la dirección de la orquesta del Argentino?

-La palabra es, justamente, "desafío": el desafío de hacerme cargo de un plantel orquestal con muchas posibilidades y con mucho por trabajar. Esto es importante en una etapa formativa. En las grandes orquestas del mundo, termina pasando que esas orquestas dirigen al director. La diferencia es la siguiente: cuando trabajás con una orquesta que ya funciona como un Rolls Royce, tenés el placer de ser el piloto estrella del fin de semana. En cambio, cuando estás a cargo de una orquesta o casa de ópera en la que hay muchas pequeñas batallas artísticas por ganar, tenés también la experiencia fundamental del mecánico, la de taller en el que se trabaja cada pieza del motor. Tiene algo de militancia. La diferencia entre las orquestas no es tanto el techo que alcanzan, sino el piso. Hay un piso básico bajo el cual una orquesta no se permite a sí misma descender. El trabajo de un director titular es elevar ese piso y que no se pueda bajar de ahí.

-¿Modificaste el enfoque de la Octava , considerando la situación acústica del Luna Park y la necesidad de amplificación?

-Hubo que ver cómo ubicar a la orquesta, al coro y a la banda de metales, pero en lo puramente musical, el enfoque no cambió. La idea es que el resultado acústico debe ser igual al de una sala de concierto. Estamos trabajando con Gabriel Anechina [el experto que se ocupó del sonido de Turandot que se hizo en el Luna en 2006]. Con él hicimos un rastrillaje de la partitura, compás por compás. En general, los sonidistas balancean todo para arriba. Anechina trabaja de manera más artesanal y se puede decidir qué se quiere hacer sonar.

-Además, el 7 de diciembre vas a dirigir a la Filarmónica de Buenos Aires en el estreno local de la Sinfonía N° 4 de Ives. Ligeti pensaba que el principio del collage vinculaba a Mahler e Ives. ¿Encontrás alguna conexión entre las sinfonías?

-Está la recurrencia de la cita. En Mahler se trata de una autocita, pero, con todo, no deja de ser muy novedoso usar un elemento de otro mundo sin intentar amalgamarlo; eso le da a ese elemento una fuerza expresiva que no tenía en su contexto original. En Ives pasa algo parecido. La Cuarta tiene un poder visionario apabullante; es increíble que haya escrito esa obra en la década de 1910.

Para agendar

Sinfonía N° 8 en Mi bemol mayor, de Mahler.

Luna Park, Corrientes y Bouchard. Jueves y viernes, a las 20.30. Entradas: de $ 15 a $ 400 (2x1 con Club La Nación).

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