El caso Pinochet, alerta para ex jefes de Estado

Jorge Elías
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28 de marzo de 1999  

SANTIAGO, Chile.- El caso Pinochet hizo estallar rayos y centellas en un año electoral que, cual cruz, tendrá como protagonista al mismo hombre que ha sido la figura central de Chile en el último cuarto de siglo. Pero también encierra una advertencia hacia afuera: "Ningún jefe de Estado podrá abandonar su país, ya que corre el riesgo de ser sometido a proceso, incluso por abusos policiales de los que no tiene conocimiento".

La letra, adaptada con música por la derecha chilena, es made in London : se trata de la conclusión de los conservadores británicos después del fallo de los lores, considerado por ellos, en especial por Margaret Thatcher, como un signo de tristeza que perjudica las relaciones con Chile y desestabiliza su democracia.

Desde la tapa del tabloide La Segunda, el ministro secretario general de la Presidencia, John Biehl, ex embajador en Washington, postula: "El gran derrotado es el juez Garzón".

Pinochet y O. J. Simpson

Y, en su afán por defender los principios de soberanía y territorialidad, compara a Pinochet con O. J. Simpson, el ex astro del fútbol americano que resultó inocente del crimen de su mujer y del amante de ella: "¿Quién no sabe en el mundo que O. J. Simpson mató a su ex esposa? Pero eso no significa que los Estados Unidos vayan a tener que llevar sus casos a otro país".

Todo mueve a confusión. Y, en definitiva, parecen codearse en el mismo escenario los presidentes de facto y los democráticos, como si fuera lo mismo Pinochet o Fidel Castro que Bill Clinton. Y como si fuera lo mismo la muerte de Marcos Quezada Yáñez, de 17 años, picaneado hasta la agonía en la comisaría de Curacautín, que el circo televisivo en el que derivó el proceso de O. J.

Quezada Yáñez, estudiante del Liceo Industrial, militante del Partido Por la Democracia (PPD), fue detenido en la madrugada del 23 de junio de 1989 bajo la sospecha de robo. Al día siguiente, por la noche, lo llevaron al hospital. Un médico extendió un certificado de defunción que decía que había muerto por un shock de electricidad. Los carabineros, a su vez, adujeron que se había suicidado en su celda. El caso fue cerrado en 1990 por la justicia militar.

No obstante, su caso es hoy el abuso policial del que, según los conservadores británicos y la derecha chilena, no tenía conocimiento Pinochet. Quedó en pie, entre más de 30 descartados por los lores, porque se produjo después de diciembre de 1988, cuando se suscribió la Convención contra la Tortura en las Naciones Unidas.

Odio visceral

Desde la tapa del tabloide La Tercera, Pinochet parece lanzar un lacónico pedido de clemencia. "Hay un odio visceral contra mí", confiesa con grandes letras rojas. Son, en realidad, extractos de las charlas que mantuvo en su residencia de Virginia Water, cerca de Londres, con Arturo Frei Bolívar, primo del presidente Eduardo Frei y candidato independiente a sucederlo en las elecciones de fin de año.

Desde la tapa de La Hora, otro tabloide, el canciller José Miguel Insulza no se muestra satisfecho ni contento: "Siempre he dicho que es un tema que me entristece, porque hay de por medio asuntos no resueltos de muchos seres humanos -revela en la entrevista-. Voy a estar contento cuando en Chile se sepa la verdad de los desaparecidos y de los ejecutados políticos".

Tensión militar

Son las imágenes contradictorias que genera Pinochet, hoy senador vitalicio (una carta en su manga en caso de que sea juzgado aquí), con un gobierno que promete someterlo a los tribunales chilenos, en cuanto vuelva, por los casos que le imputa Garzón, y que, a su vez, debe defender los principios jurisdiccionales por los cuales ningún compatriota, aunque se trate de quien se trata, puede ser arrestado y sometido a juicio fuera del país.

Entre los militares, por lo pronto, hay cierta tensión, ya que, según confió ayer a La Nación una fuente allegada ellos, no quedaron conformes, como sucedió con la derecha y con la izquierda por igual. Confiaban en que Pinochet iba a abordar el miércoles el avión de la Fuerza Aérea que estaba esperándolo en Londres. Y, por si fuera poco, habrían tildado de blando el discurso que pronunció Frei después del fallo.

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