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Aires camperos en el mundo de la historieta

Pancho Talero, Anacleto Bataraz, Ñangapirí Tereré y Virola tienen un lugar en la memoria del humor gráfico
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4 de diciembre de 2010  

La ciudad construyó la imagen que tenemos del campo. Curiosamente, le dio el lugar de lo noble y auténtico y se reservó para ella el del pecado y la perdición. En la década del Centenario esta idea se acentuó, en buena medida porque el aluvión inmigratorio amenazaba la identidad forjada en el siglo XIX. Pero la amenaza no sólo la ejercía la presencia extranjera: la ciudad en sí olvidaba los valores de la tradición al proponer una “extraña” modernidad y hasta podía corromper al sencillo campesino que la pisaba.

Sobre esto trabajó el sainete en esos años y en la década siguiente el humor gráfico, que comenzó a desarrollar un género nuevo: la historieta de tira o de página. Por ejemplo, en 1925, Arístides Rechain inició la serie “La familia de don Sofanor” en la revista El Hogar. Se trataba de un núcleo de origen campesino que, por impulso del ascenso social, se había radicado en la ciudad, pretendía olvidar su origen y asumir una nueva vida. Así, la esposa y las hijas vivían pendientes de poder codearse con la aristocracia citadina, mientras el esposo -otrora capataz y payador- y el hijo iban de juerga en juerga. Por supuesto, lo pagaban con sucesivos chascos.

Igual vida intentaba darse la familia de “Las aventuras de don Pancho Talero”, creada por Arturo Lanteri en 1922 para la misma publicación. No se declaraba expresamente el origen, aunque el apellido era sugerente y a veces don Pancho calzaba espuelas sobre sus zapatos.

Ambos personificaban a los propietarios rurales que el auge económico de la época permitió radicarse en la ciudad y acceder, entre otras cosas, a una casa confortable y a un auto. Sus hábitos y gustos, por lógica, cambiaban y no eran pocos los que querían ocultar su procedencia para no pasar por “brutos” y ser víctimas de las burlas porteñas.

Anacleto Bataraz

Peor era el caso de Anacleto Bataraz, personaje también ideado por Lanteri, para Mundo Argentino. Anacleto, un hijo de estancieros, había venido a la ciudad para estudiar, aquí había aprendido todo lo malo y ahora era un “avivado”. De regreso al campo paterno, pretendía transformar la sencilla vida campesina con ideas que, por lógica, les resultaban mal: hacer de la pulpería un cabaret o arar el campo con una moto.

Recordemos que el enfrentamiento entre el padre “gaucho” y el hijo educado en la ciudad fue abordado en una obra cumbre del teatro rioplatense: M’hijo el dotor, de Florencio Sánchez, estrenada en 1903.

En cambio, otros personajes rurales residentes en la ciudad lograban mantener en ella el espíritu noble y limpio. Era el caso de Virola, creado por Néstor González Fossat, que trajinaba Buenos Aires con su ropa de gaucho, sus modismos y una honestidad que, ante cualquier percance, le garantizaba salir airoso. Se publicó en el diario El Pampero hacia 1940, donde también aparecía Ñangapirí Tereré, paisano correntino de Eduardo Ferro. Ñangapirí tenía buen corazón, se la pasaba haciendo gauchadas; a veces pecaba de ingenuo y otras tenía un toque pícaro.

Personajes de polémica

Ambos personajes estaban incluidos en una polémica entre nacionalistas y liberales (acentuada por el auge del fascismo europeo), en la que para los primeros lo criollo era lo auténtico y, para los otros, un campo fértil para el totalitarismo retrógrado. Un arquetipo que ambos utilizaban, aunque con diferente intención, era “Juan Pueblo” -expresión del pueblo llano-, al que los dibujantes vestían con alpargatas, bombachas y boina. Pascual Güida y Juan Sorazábal lo dibujaron en el diario Crítica, en la década del veinte. A partir de 1945 fue un recurso propagandístico del peronismo, en el que a veces Juan Pueblo era Juan Perón.

Más allá de eso, todos los artistas del lápiz debían conocer muy bien la geografía rural y sus habitantes, para poder abordarlos con justeza. Ferro vivió su infancia en el campo de Corrientes y ofreció con Ñangapirí un cabal retrato del gaucho correntino, así como en la sección “Pampa bárbara”, de la revista Patoruzú.

No era el caso de León Poch, eximio dibujante y pintor polaco, que se radicó muy joven en la Argentina y se insertó en medios de la época, como Crítica y Páginas de Columba. Realizó para la sección “Temas porteños”, de Patoruzú, una estampa risueña en la que un estanciero se apoya, vencido y sudoroso, en el obelisco porteño después de intentar vanamente cruzar la calle abarrotada por el tránsito vehicular.

Pero no le fue tan bien en otra oportunidad en la que Dante Quinterno, dibujante y propietario de la revista, le encargó ilustraciones para una sección dedicada a coreografías nativas. Quinterno le rechazó el trabajo con este argumento (agradezco el conocimiento de la carta a la familia Poch): “En primer lugar, la actitud del gaucho no es todo lo «machaza» que debiera. Además, el pañuelo jamás se lleva en la mano izquierda; la mano debe ir posada sobre la región lumbar y si el hombre ostenta el pañuelo, la compañera debe hacer lo mismo y no hacer castañetas”.

Bien dicho, aunque no deja de ser curioso en boca de un dibujante que creó un indio tehuelche con nombre de sonoridad guaraní y vestido con poncho y ojotas del tipo coya.

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