El camino de un luchador

Mabel BellucciPara LA NACION
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4 de diciembre de 2010  

Hacia 1983, después de retirada la dictadura militar en la Argentina, la transición democrática necesitó probar lo nuevo bajo las secuelas dejadas por el terrorismo de Estado. Entre otras tantas cosas, significó la salida al ruedo de las primeras agrupaciones y referentes homosexuales. La voluntad política de su adalid, Carlos Jáuregui, primer presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en 1984, permitió que el destape de su comunidad no quedase vinculado al sida, que en esos años irrumpía en la prensa internacional y aumentaba la condena.

Eran tiempos adversos y poco propicios para dar la cara. Así, las primeras intervenciones públicas de Jáuregui estuvieron marcadas por su firmeza en generar políticas de visibilidad. Sin embargo, el principio de la diferencia y la pluralidad eran elementos escamoteados por la sociedad democrática de entonces. A poco de ser fundada la organización, Jáuregui y Raúl Soria aparecieron en la tapa de la revista Siete Días , lo que constituyó la primera exposición pública de dos hombres abrazados en actitud cariñosa. De inmediato, se publicó en un diario nacional la primera solicitada de la CHA con el lema de "Con discriminación y represión, no hay democracia". En efecto, esas interpelaciones de relieve expresaban las necesidades más urgentes de los homosexuales (visibilidad, lucha contra la discriminación y la represión). Por lo tanto, el activismo de Jáuregui esclarecía en torno a la especificidad identitaria con acciones que reclamaban igualdad de derechos y de oportunidades. Jugarse a instalar la noción de la libertad sexual asociada a la de derechos humanos no fue tarea sencilla. El punto aquí era definir un espacio propio por parte de los gays dentro del amplio casillero de conflictos que se le presentaba al Estado durante la posdictadura: etapa difícil, en la cual, si un homosexual se mostraba como tal, de inmediato era identificado como un portador de VIH positivo.

Al comienzo de su mandato como presidente de la CHA, los discursos y las acciones de Jáuregui daban en tierra con la figura hegemónica del gay visto como anormal o transmisor de sida. De hecho, en la búsqueda de las mayorías por una apertura democrática, las minorías percibían su exclusión. Por lo tanto, la prédica homosexual se debatía en el dilema entre demandar derechos a un Estado que se abría al conjunto de la ciudadanía y su condición potencial de ser personas sospechosas para una sociedad que, al mismo tiempo, reclamaba libertad y tolerancia. Jáuregui creció por su comprensión de la coyuntura histórica, que lo habilitó a ampliar las fronteras de su entorno, lo que permitió reconocer a sus variados interlocutores. Sus luchas fueron precisas y amplias a la vez.

El 1° de junio de 1988 fue azotado quizá por el golpe más duro que tuvo que enfrentar y que le dio un vuelco a su activismo. Su pareja más importante, Pablo Azcona, fallecía de sida. Jáuregui aprendió, poniendo el cuerpo, de la importancia de la igualdad de derechos: la familia de Pablo, con quien había compartido años de convivencia, le reclamó el departamento que ambos habían sostenido como la pareja que fueron. "Yo sentía que ese lugar me correspondía y, de hecho, si hubiésemos estado casados legalmente me hubiera correspondido", escribió Jáuregui. Años después, él confirmó que su experiencia, que lo dejó en el desamparo y sin vivienda, se repetía de manera constante dentro de la comunidad. Por ejemplo, el equipo de profesionales de su nueva agrupación, Gays por los Derechos Civiles (Gays DC), fundada en 1992, trabajaba con una línea telefónica de consulta contra la discriminación. Las llamadas más frecuente estaban relacionadas con el sida.

En 1994, en una entrevista, Jáuregui sintetizó los cambios radicales que marcaron la lucha de las minorías sexuales frente a la pandemia: "Años atrás, la represión policial era nuestra principal preocupación. A partir del sida, nuestro mayor problema es la herencia". Entonces, Gays DC intentó dar una solución a las desigualdades económicas provocadas por la enfermedad en un vínculo homosexual. Así, armó un proyecto de ley tendiente a crear un contrato de unión civil que permitiese el reconocimiento legal de una pareja del mismo sexo. La homofobia y el machismo impidieron que fuese tratado en el Congreso.

En Estados Unidos, el sida obligó a la comunidad gay a replegarse. Las secuelas dejadas por la epidemia motivaron cambios tanto en las prácticas públicas como privadas. Retornaron a instituciones que poco tiempo atrás habían sido impugnadas por su espíritu conservador y de normativa sexual, tal como son la familia y el vínculo conyugal.

Pero la pandemia volvería a tocar a la puerta de los Jáuregui. Tras cinco años de dar batalla, su hermano Roberto murió el 15 de enero de 1994. Roby se convirtió en el primer ciudadano que reconocía públicamente su condición de portador de VIH positivo. Se tornó la cara visible de la Fundación Huésped, nacida para canalizar la ayuda de familiares y amigos de los enfermos que asistían al hospital Juan A. Fernández, reconocido por su servicio de infectología hacia los años 80.

Lleno de convicciones, jugado hasta la inmolación y el sacrificio, el 20 de agosto 1996 Carlos Jáuregui fallecía a causa del sida. A quince años de ese desenlace, y con la ley de matrimonio igualitario ya vigente, hacer memoria de su compromiso de honestidad brutal con causas que aún despiertan vigilias es luchar contra el olvido. Escribir sobre él cuando se acaba de conmemorar, el miércoles, el Día Mundial de la Lucha contra el Sida, es otra forma de recordarlo con gratitud. © La Nacion

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